No, perder peso no depende de mi fuerza de voluntad

La obesidad es un problema colectivo cuya expansión tiene más que ver con las ciencias políticas que con la biología

Richard Drury / getty
Natalia López Pevida

Corría el año 1920 cuando el doctor Gregorio Marañón advertía en su ensayo Gordos y flacos sobre los riesgos de la grasa abdominal, su relación con la diabetes y la importancia de la prevención de la obesidad infantil. Cien años más tarde, las campañas sobre la necesidad de mantener un peso saludable apenas han cambiado. Pero los resultados son tan nefastos como entonces. La verdad es así de cruda: ningún país del mundo ha conseguido reducir los índices de sobrepeso y obesidad, de modo que el problema se extiende como una mancha de aceite que ya alcanza al 10% de la población mundial. ¿Es que acaso hemos tirado la toalla?

El endocrino Federico Soriguer, miembro de la Academia Malagueña de Ciencias y autor de La obesidad más allá de los estilos de vida (Ed. Díaz de Santos), apunta que el fracaso es, sobre todo, de los programas de salud pública. Y remarca la importancia de entender la diferencia entre el abordaje clínico, que debe ser tomado caso a caso, frente al poblacional, que desde la estadística examina la panorámica general de la prevalencia. Hay dos formas de entender el fenómeno cuando se pone el foco en la población. Está la perspectiva neoliberal, dominada por el laissez-faire y que promueve lo individual por encima de lo colectivo; desde esta posición, los kilos de más serían responsabilidad de la fuerza de voluntad de cada uno. Luego hay una perspectiva social, que entiende que la pandemia de la obesidad no es un problema meramente biológico, sino también económico, cultural, geográfico y climático.

De esta segunda concepción se alimentaba un célebre informe de la consultora Mckinsey, de 2014, en cuyas 106 páginas los analistas abogaban por medidas como la creación de impuestos para las bebidas azucaradas, la prohibición de la publicidad de alimentos no saludables destinada a menores y bajar los precios de las frutas y verduras para que no sean más caros que los ultraprocesados. La propuesta es una referencia para la OMS y organizaciones científicas de primer nivel, como la Lancet Obesity Commission. Todo para demostrar que, a pesar de que las cifras de la obesidad se han triplicado en todo el mundo desde 1975, no nos da igual estar gordos. Lo que ocurre es que es muy difícil no acabar cayendo en las garras del sobrepeso.

Rosa Baños, investigadora de las variables psicológico-conductuales que influyen en la obesidad y jefa de grupo en el Centro de Investigación Biomédica de la Obesidad y la Nutrición (Ciberobn), lo explica así: “No es que la sociedad haya tirado la toalla, sino que la falta de políticas públicas, enfoques sociales y financiación hacen que la gente no haya podido cogerla con la suficiente fuerza. Pero ni los ciudadanos han bajado la guardia ni se ha normalizado el tema”. A su juicio, los culpables se infiltran en el “ambiente obesogénico”, una mala interacción con el entorno alimentario resultado de un modelo que confunde confort (lo que nos gusta) con bienestar (lo que nos gusta y nos cuida).

Errores, sesgos machistas y conflictos de interés

Néstor Benítez, dietista-nutricionista de la Academia Española de Nutrición y Dietética, añade a la fórmula la desconfianza hacia las dietas y los profesionales de la nutrición. A los lógicos cambios de criterio (la ciencia se actualiza constantemente), hay que sumar mitos tan extendidos como el de que las calorías son unidades exactas, cuando ya se sabe que el cuerpo no asimila igual las de un dónut que las de un filete de pollo. Es un ejemplo que no está puesto al azar. “Hay una larga tradición en la ciencia de considerar a la biología como una maquina termodinámica. Tanto entra, tanto sale. Pero la biología humana es una lucha contra las leyes de la termodinámica. Por eso la obesidad solo puede entenderse desde un punto de vista evolutivo y político”, valora el endocrino Soriguer. Y, además, ha habido muchos fiascos.

Entre los más sonados está el que destapó la revista JAMA en 2016 al publicar una extensa investigación que afirmaba que, durante décadas, trabajos de referencia sobre la obesidad habían estado sufragados por la industria del azúcar, con pagos de millones de dólares a departamentos de la Universidad de Harvard y a la revista New England Journal of Medicine. El objetivo era minimizar el vínculo entre la sacarosa y las enfermedades cardiacas, señalando a las grasas saturadas como principal determinante de estas patologías. Varias investigaciones recientes, entre ellas un ambicioso estudio con más de 339.000 participantes publicado en la revista The British Medical Journal, concluyen que no hay una evidencia tan directa entre el consumo de grasas saturadas y los trastornos coronarios. Sin embargo, el reclamo “sin grasa” sigue funcionando en los envoltorios como una alegación de salud cuando, a veces, es muy matizable.

Otro gran problema de raíz en la lucha contra la obesidad es el infradiagnóstico histórico de las enfermedades cardiovasculares en mujeres. Habla Benítez: “Es probable que durante años no se diera importancia ni al exceso de peso en las féminas ni a su empeoramiento a largo plazo, pudiendo comprometer la salud cardiovascular”. Una sucesión de pifias que se resume bien en esta afirmación de Tim Spector, profesor de Epidemiología Genética en el King´s College de Londres, a la revista The Economist: “En ningún otro área de la Medicina ha habido históricamente tanta falta de rigor como en la ciencia de la nutrición”. Hay quien mira con recelo a la industria de los ultraprocesados como uno de los grandes beneficiarios. Cuidadosamente ideados para ser deliciosos, fáciles de preparar y baratos. Es la clave del éxito de esos productos rebosantes de azúcar, sales y grasas, listos para tragar.

El auge de precocinados, bollería y platos de rápido consumo encaja en una sociedad dominada por el estrés, las jornadas de trabajo extenuantes y la soledad —somos la primera civilización que come sin compañía de manera rutinaria, rompiendo los vínculos de la comensalidad—. Es decir, las razones de su boom van más allá de la proliferación de cadenas de comida rápida, máquinas expendedoras, publicidad agresiva y lineales de supermercado sumamente tentadores. La comida basura es incluso un elemento de la cultura pop, que ha llegado a infiltrarse en el arte con el pop art, o en la propia economía con la existencia del Índice Big Mac, elaborado anualmente por The Economist para comparar las diferentes unidades de divisa en función del coste de la famosa hamburguesa.

Todo está montado para que nos atiborremos a helados industriales, con una tramoya que atañe directamente a la psique: en las sociedades contemporáneas se introduce desde la infancia la vinculación entre felicidad y atracón. Rosa Baños, la psicóloga investigadora en Ciberobn, destaca el error socialmente perpetuado de acostumbrarnos desde niños a relacionarnos con la comida como refuerzo positivo cuando nos enseñan a comer; ese “si te portas bien te compro una golosina”, que a la larga lleva a refugiarnos en ellas para tapar emociones negativas, como el estrés o la tristeza. Es un desajuste en la alimentación que repercute directamente en la fisonomía y la fisiología, definiendo el habitual efecto yoyó: cuando te encuentras fuerte adelgazas, y en momentos de angustia vuelves a engordar. Una escenificación terrenal del mito de Sísifo, según Soriguer: la condena eterna del titán a subir una montaña cargando sobre sus espaldas con una piedra que, antes de llegar a la cima, caerá cuesta abajo, creando un círculo vicioso de esfuerzo inútil.

Falsos amigos y ‘foodies’ petulantes: el enemigo está fuera del plato

Una foto en Instagram de un “antes y después” con la promesa de bajada de kilos en poco tiempo siguiendo planes específicos de restricción alimentaria y ejercicio; los gurús de las dietas con sus cantos de sirena, o las expresiones grabadas a fuego en el público general como “operación bikini”, “cuerpo de playa” o —ahora— los “coronakilos”. Es el universo de lo que el mundo anglosajón denomina Diet Culture (“cultura de dietas”): según los críticos, el negocio de vender expectativas condenadas al fracaso. Baños ahonda en los motivos: “Cuando tenemos hambre no podemos pensar en otra cosa que en comida. La paradoja de estos sistemas es que, al contar con tantas restricciones, convierten a los alimentos en lo más importante del día y hacen que no puedan salir de nuestras cabezas. Es la antesala de una conducta de atracones”. En lo que tiene que ver con el ejercicio, el problema es parecido: aceptar soluciones rápidas para problemas de calado es una forma de autoengaño. Baños explica que, en general, estamos predispuestos al sedentarismo, así que la única manera de combatirlo es la incorporación gradual y realista de nuevos hábitos, empezando por bajarse dos paradas antes del autobús o por utilizar las escaleras en lugar del ascensor.

Otro punto inquietante en este camino de trampas es el vínculo de lo moral con la cultura de dietas. En esta línea, Rafael Euba, profesor de Psiquiatría en el King´s College, equiparaba en el portal académico The Conversation ciertas conductas de la obsesión por comer sano a las renuncias al hedonismo establecidas durante siglos por las religiones, algo en lo que coinciden muchos estudios antropológicos. E igual que hoy paleos, realfooders y veganos presumen continuamente de lo que comen y critican alimentaciones inconvenientes, la lectura del Quijote nos enseña que lo mismo hacían los conversos alardeando de los duelos y quebrantos, esa enigmática preparación con carne y grasa de cerdo. El dietista-nutricionista Benítez añade: “En la actualidad da la sensación de que estamos continuamente intentando diferenciarnos con la alimentación. Y, en algunos casos, imposibilitando la discrepancia”.

Un problema a la altura del hambre o el cambio climático

Los últimos datos de la OMS —del año 2016— calculan que 3 de cada 10 habitantes del planeta sufren sobrepeso, y más de 796 millones, obesidad. A pesar de las cifras, son muchas las voces que lamentan que se hable más de comer en exceso que de ausencia de alimentos. Pero los números lo vuelven a confirmar: los individuos con obesidad —considerada por la OMS como una forma de malnutrición— superan hoy a las víctimas de la hambruna.

El asunto cobra una especial dimensión en los países en vías de desarrollo, donde es frecuente que los casos de kilos de más y desnutrición coincidan en un mismo núcleo familiar. Habla Soriguer: “La obesidad es el síntoma de un malestar social provocado también por el cambio climático, dentro de lo que The Lancet denomina sindemia global”. Entre las conexiones del desastre medioambiental y el sobrepeso, la prestigiosa publicación médica destaca el hecho de que si las sequías y fenómenos meteorológicos extremos afectan a la agricultura, subirán los precios de frutas y verduras, influyendo tanto en la obesidad como en la desnutrición. “Pero es más fácil soñar con una píldora milagrosa que cambiar el modelo de sociedad…”, critica el endocrino y académico.

Mientras llega o no la transformación, la capacidad de acción individual está sostenida por la evidencia científica, que determina que la dieta mediterránea (frutas, verduras, frutos secos, pescados, huevos y carnes de ave, siempre con AOVE como buque insignia) es un escudo contra el sobrepeso y, a su vez, un elemento a favor de la sostenibilidad, según la FAO. Y quizá hoy sea el día para empezar a abrazarla. De hecho, estudios sobre el impacto en la dieta que tuvo el SARS en la sociedad hongkonesa en 2004, sugieren que uno de los legados de la covid-19 podría ser, a medio plazo, la motivación de hábitos saludables, impulsando el abandono del tabaco y la adopción de actividades físicas al aire libre, además de llevarnos a velar más por la dieta propia y la de nuestros allegados. En la obesidad, como en la pandemia, en equipo casi todo funciona mejor.

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