Argentina, una pandemia a dos velocidades

El interior del país apenas padece la propagación del virus, mientras Buenos Aires y su área metropolitana concentran nueve de cada 10 nuevos casos

Dos clientes toman café en un bar de la ciudad de Mendoza (centro oeste), el pasado 29 de mayo.
Dos clientes toman café en un bar de la ciudad de Mendoza (centro oeste), el pasado 29 de mayo.STRINGER (Reuters)

La nueva normalidad en el interior de Argentina se parece mucho a la vida de siempre, pero con un montón de reglas, un par de guantes y una mascarilla. “Tres clientes máximo, por favor espere afuera”, dicen los carteles de las tiendas en el centro comercial Patio Olmos en Córdoba, la segunda ciudad más grande del país por detrás de Buenos Aires. Al menos medio centenar de personas se paseaba este lunes por los pasillos del lugar. Todos con tapabocas, manteniendo una distancia prudencial y siguiendo unas flechas que indican el sentido del paso, para evitar cruces o aglomeraciones. Desde hace algunas semanas, Córdoba ha iniciado su regreso a la normalidad. Pero con precaución: pese a que solo ha registrado 1.000 contagios en la provincia desde el inicio de la pandemia en marzo, el miedo a los brotes persiste.

Argentina registra 100.000 casos de coronavirus. El interior del país concentra puntos preocupantes, como la provincia de Chaco (norte), con 2.500 contagios, pero el resto de los 22 distritos suma menos de 5.000 infectados. Las cifras totales apenas superan el número de positivos registrado en una sola jornada entre la ciudad de Buenos Aires y su extrarradio, donde viven 14 millones de personas (un tercio de la población total del país). Alejandro Costa, subsecretario de Estrategias Sanitarias del Gobierno nacional, dice que el 85% del territorio argentino registra casos aislados de coronavirus, sin circulación comunitaria sostenida del virus. “La diferencia entre la región metropolitana de Buenos Aires y el resto del país está en la cantidad y densidad de población. Otro punto es la movilidad y circulación de personas. En Buenos Aires hay una alta concentración de la actividad industrial y comercial, y el flujo de mercancías para exportación”, explica.

Catamarca detectó su primer caso de coronavirus hace solo 10 días y hoy suma poco más de 40 positivos. Durante el fin de semana pasado, todos los test dieron negativo. La vida en esa provincia del noroeste es tranquila para sus 400.000 habitantes y la pandemia apenas ha alterado las rutinas sociales de pueblos y ciudades. “Tomamos las primeras medidas una semana antes que el Gobierno nacional”, dice el gobernador Raúl Jalil, en referencia a la cuarentena que la Casa Rosada dispuso el 20 de marzo. “Como teníamos casos de dengue en las provincias vecinas ya habíamos cerrado las escuelas y controlábamos la frontera. Con el coronavirus fuimos los primeros en decretar el uso del barbijo [mascarilla], pero mantuvimos una vida normal, con los bares y los gimnasios abiertos y las caminatas de ocio permitidas”, explica Jalil.

La última semana, con la aparición de algunos casos, se encendieron algunas alarmas. Catamarca dispuso entonces el cierre de comercios y limitó la movilidad, pero el Gobierno confía en que las restricciones durarán poco tiempo. “Por ahora solo tenemos contagios por contacto estrecho. Estábamos funcionando en un 90% y pensamos que de acá a una semana, si no tenemos circulación comunitaria, vamos a volver a un 90%”, dice Jalil. La ciudad de Córdoba (centro del país) tiene casi cuatro veces la población de toda Catamarca. Aun así, ha logrado dejar atrás el confinamiento obligatorio que dispuso desde el inicio de la pandemia. “Es el resultado de una política agresiva de testeos”, explica Diego Cardozo, ministro de Salud de la provincia. “Nosotros hacemos entre 10.000 y 12.000 pruebas a la semana y el 95% de los diagnósticos que damos son presintomáticos”, agrega. Los pocos casos se reflejan además en la baja ocupación de camas en los hospitales, que se mantiene en un 10%, asegura el funcionario.

La nueva normalidad, sin embargo, se tambalea ante la aparición de nuevos brotes en los últimos días, con 44 el lunes y 43 el martes. Las cifras están a años luz de los 3.500 casos positivos que cada día suman entre la ciudad y la provincia de Buenos Aires. Pese a eso, el miedo existe. “No queremos interrumpir las actividades productivas, pero sabemos que un condicionante es que la gente cumpla las normas”, dice Cardozo. En el centro de la ciudad, son evidentes las secuelas de tres meses de parálisis. “La gente se está cuidando muchísimo, no quiere entrar si no se ponen alcohol en gel en las manos”, cuenta Florencia, empleada de una tienda de productos de cuero de Patio Olmos. Los comercios de la capital cordobesa volvieron a abrir en mayo, pero la afluencia sigue siendo bajísima. “Hay muy poca gente en las calles, algunos no tienen plata y otros le tienen miedo al virus”, agrega.

“Somos unos valientes”, bromea Rocío Núñez, una mujer de 54 años que ha salido con su marido a comprar unos zapatos y ha terminado sentada tomando un café en un comercio cercano. La escena de la pareja parece normal, excepto el metro y medio de distancia que mantienen entre ellos y las mascarillas, que solo se quitan para dar un sorbo. “Da un poco de miedo, pero en algún momento había que empezar a salir”. La apertura de los bares, autorizada la semana pasada, está condicionada a la evolución de la situación.

“El miedo para nosotros es absoluto”, reconoce Sebastián Gullo, dueño de siete bares en la ciudad. “Estamos todos fundidos, debemos muchísima plata que no hay forma de pagar ni en 10 años. Queremos trabajar”, dice sentado en la mesa de uno de sus establecimientos. A su alrededor, los meseros ofrecen a los clientes leer el menú en sus celulares, a través de códigos QR, y les solicitan completar una declaración jurada en la que deben reportar si tienen síntomas o no. Las mesas están distanciadas por dos metros y en la puerta un hombre toma la temperatura de quienes entran. “Nos preguntamos si la gente iba a tener ganas de vivir toda esta situación, pero la gente tiene tantas ganas de salir que el primer día ya teníamos las reservas de toda la semana”, cuenta.

La mayor parte del interior argentino ya ha vuelto a la actividad. Buenos Aires, en cambio, está paralizada desde hace casi cuatro meses y hace dos semanas ha vuelto a una cuarentena más restrictiva tras unos tímidos intentos de apertura. Alejandro Costa, sin embargo, advierte de que es pronto para declarar al resto de las provincias a salvo de la pandemia: “Vemos brotes, reducciones de casos, rebrotes. Todo eso puede variar con el tiempo”. El empinamiento de la curva no trae buenos augurios.

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