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COLUMNA

El ciclista rezagado

Los avances educativos no han sido suficientes, pero la política actual los está poniendo en riesgo

Ni el ministro de Educación, José Ignacio Wert, ni el Gobierno del que forma parte tienen la culpa de que España sea el tercer país de la UE en abandono escolar. Tampoco son responsables de las malas calificaciones de los alumnos españoles en los informes internacionales que analizan el nivel de conocimientos. La educación es una inversión a largo plazo y sus virtudes y defectos son también de efectos retardados. Muchas de las deficiencias de nuestro sistema educativo vienen de lejos. Mientras en otros países europeos se invertía de forma sostenida en educación, aquí la pobreza, la ausencia de una clase media potente, la incultura generalizada y el gran bache de la Guerra Civil, con la depuración de miles de maestros, lastraron la formación de la población, lo que frenaba a su vez la competitividad y el crecimiento económico.

La mejora educativa llegó a España con muchos años de retraso y se debió, en gran parte, al empeño de los que sufrieron las penurias de aquella época de dar estudios a sus hijos. Los resultados de esa nueva sensibilidad y los esfuerzos de sucesivos gobiernos son evidentes. El dato más expresivo es un menor abandono escolar, que se ha mantenido durante años por encima del 30% y ahora está en el 26,3%. Pero aún seguimos por detrás, como el ciclista que, rezagado desde el principio del grupo que corre en cabeza, se ve obligado a pedalear un poco más que los otros para poder alcanzarlo.

Los datos actuales demuestran que aún queda un buen trecho y que, por tanto, el ciclista puede perder el terreno ganado en cualquier momento. Así será si se mantienen las políticas iniciadas en 2010 por muchas comunidades autónomas y promovidas ahora desde el Gobierno de Rajoy. Este está aplicando un recorte de 3.000 millones en dos años que se suman a los 3.243 anteriores. Son razones sobradas para la indignación de los docentes y también para la de los alumnos y padres, que se han lanzado a unas protestas con pocos precedentes. Estos últimos, agobiados por la carestía de las tasas o los libros de texto, temen, además, por el futuro de sus hijos. España está aumentando ahora la competitividad casi en exclusiva a base de reducir los salarios. Los padres —y muchos estudiantes— saben que solo una buena competencia en conocimientos les podrían salvar de la precariedad laboral que se extiende como la pólvora gracias a leyes y decisiones políticas que se están tomando aun siendo de una injusticia flagrante.

En este contexto, la responsabilidad de Wert es doble. Acomete esos tijeretazos que cree necesarios y actúa de agitador, lo que es innecesario; salvo que lo que busque el verdugo sea notoriedad a base de acrecentar la irritación de las víctimas. Los ejemplos son, en menos de un año, demasiado numerosos. Wert modificó la asignatura de Educación para la Ciudadanía porque dijo que adoctrina a los alumnos. Ahora ha proclamado que hay que adoctrinar a los catalanes en la “españolización”. Rey del eufemismo, llama reformas a los recortes, flexibilidad al aumento de alumnos por clase y mejora de la calidad educativa a la reducción de profesores o recentralización de temarios. Frente a las protestas, asegura que de mejorarse la eficiencia aún hay margen para más recortes, y su secretaria de Estado Monserrat Gomendio tilda peyorativamente de “políticas” las movilizaciones porque se realizan “a favor del socialismo”. Eso absolvería a las movilizaciones del bando propio en un nítido ejemplo de sectarismo, justo lo que suele evitar una educación de calidad.

Los padres de alumnos están pidiendo la dimisión de Wert. Pero no conviene llamarse a engaño. La torpeza de su verbo y su arrogancia son palmarios, pero su política está sólidamente entroncada con la del Gobierno al que sirve. Y lo que aquí nos estamos jugando es que la educación quede aún más rezagada, lo que hipoteca el futuro económico de un país. Pero es un detalle que no parece quitarle el sueño a los políticos en el poder, que prefieren apostar por el ladrillo, bien amnistiando lo edificado en suelo público en la costa, bien abriendo sus puertas a ese rancio proyecto del paraíso del juego que es Eurovegas. Es el regreso a las esencias patrias, a esa España de emigrantes —casi un millón de salidas en menos de dos años— y de escasa competitividad por falta de valor añadido.