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Recordar el pasado para afrontar el futuro de Europa

Miles de jóvenes acuden en Mauthausen a la conmemoración de la liberación del campo nazi

La ministra de Justicia, Dolores Delgado, en los actos de recuerdo a las más de 8.000 víctimas españolas del nazismo. En vídeo, declaraciones de Delgado.

Han madrugado este domingo y desafiado a la lluvia para recordar a los que fueron exterminados por la maquinaria nazi en Mauthausen (Austria). Son miles de personas, muchos de ellos jóvenes estudiantes, venidos de toda Europa, que han querido rendir homenaje a las víctimas, pero que sobre todo pelean por que el recuerdo ejerza de vacuna para un futuro en el que el fantasma de los totalitarismos vuelve a recorrer Europa.

El 5 de mayo de 1945 Mauthausen fue liberado por las tropas aliadas. Cada año se conmemora y esta vez, el acto ha tenido una destacada presencia española. La ministra de Justicia en funciones, Dolores Delgado, cientos de estudiantes, asociaciones de defensa de la memoria y familiares de deportados, entre otros, han participado en un recorrido estremecedor por el campo de la muerte.

Este campo de concentración nazi fue el que recibió más españoles, un total de 7.533. Eran exiliados republicanos, luchadores antifranquistas que huyeron a Francia tras perder la guerra en España y que acabaron deportados a campos de exterminio. La dictadura franquista les arrancó la nacionalidad. La suya fue una doble condena. Unos 4.000 fueron asesinados en Mauthausen y Gusen, el campo vecino. Dachau, Buchenwald o Sachsenhausen fueron otros de los campos nazis en los que fueron encerrados.

Junto a los luchadores antifranquistas y antifascistas, había otros presos políticos, judíos, gitanos, homosexuales, criminales. Aquí trabajaban a la fuerza cargando bloques de granito que extraían de la cantera y arrastraban hasta la extenuación por los 186 peldaños de la escalera de la muerte. Y aquí, a los españoles se les colgaba un triángulo azul, que indicaba que eran apátridas.

“Lo que pasó aquí sentó las bases de la democracia española y europea”, dijo la ministra española, quien depositó coronas de flores ante varios de los monumentos del campo. “Estos hombres dieron su vida por la libertad, por la igualdad y por la democracia. Es nuestro deber recordarlo”. Delgado mantuvo que en España ha habido “una memoria muy selectiva” y que “el exilio ha sido el gran olvidado”. Y añadió durante un discurso pronunciado ante el monumento a los republicanos españoles: “Hay tentaciones de acabar con la libertad, pero vamos a decir no a los totalitarismos”.

El pasado 26 de abril, el Consejo de Ministros aprobó una declaración que fija el 5 de mayo como día de homenaje a los españoles deportados y fallecidos en campos de concentración y a todas las víctimas españolas del nazismo. Cada año se celebrará como sucede en otros países europeos.

Ese reconocimiento “abre un escenario nuevo porque va a permitir que haya más apoyo económico y político para las actividades de recuperación y protección de la memoria”, según explica Enric Garriga, presidente de la Amical de Mauthausen, una asociación que defiende la memoria de la deportación republicana.

Reconocimiento tardío

Pero para Garriga, hijo de un deportado, el reconocimiento llega muy tarde. “Han pasado 74 años y lo que otros países hicieron entonces, lo hacemos ahora en España”. Los supervivientes españoles o han muerto o están muy mayores. Quedan cinco —cuatro hombres y una mujer— y no han podido venir a su homenaje en el campo por su delicado estado de salud.

Los jóvenes fueron los protagonistas del acto de conmemoración español, que sin embargo se vio enturbiado por las reivindicaciones independentistas catalanas, que llegaron a provocar el abandono de Delgado de uno de los actos. Estudiantes de instituto de toda España escalaron los 186 peldaños de la escalera de la muerte, visitaron los hornos crematorios en los que los oficiales de las SS eliminaban los cadáveres, así como las duchas donde los deportados eran gaseados.

A un grupo de chicos y chicas de Xátiva se les notaba tras la visita visiblemente emocionados. “Tenemos que recordar nuestra historia para que no vuelva a pasar. Hay que hacer futuro desde la memoria”, decía una. Otro le quitaba la palabra. “Los que se ocupan de mantener la memoria lo dejarán algún día y nos toca implicarnos, tomar el relevo”. Una tercera reflexiona: “Te emocionas cuando subes las escaleras desayunado y vestido. Solo imaginar que los presos lo hacían muertos de frío y cargados de piedras…”.

Unos metros más allá, la familia de Juan Antonio García Acero, que porta los colores de la bandera republicana. Es el tercer año que vienen a rendir homenaje al hombre que cuando las tropas franquistas entraron en el paseo de Extremadura (Madrid) huyó a Francia, donde estuvo en tres campos. Desde allí fue deportado a Gusen, donde su cuerpo acabó incinerado. “Es un reconocimiento que llega tarde”, se lamenta Cristina García, su nieta, que lleva un brazalete con el número de 4.811, el que identificaba a su abuelo en el campo.

 

Centro del terror nazi

GUILLERMO ALTARES

El campo de concentración de Mauthausen se encontraba en el centro del sistema de terror nazi. El profesor de la Universidad de Londres Nicolaus Wachsmann explica en su ensayo KL (Crítica), el trabajo más exhaustivo realizado sobre los campos nazis en su conjunto, que “el paisaje del terror de las SS experimentó rápidas transformaciones en la segunda mitad de la década de 1930. Los apresurados campos construidos durante la toma de poder por parte de los nazis fueron sustituidas por estructuras a medida con la intención de ser duraderas”. Mauthausen, edificado en Austria, formó parte de esta segunda oleada de campos y fue inaugurado en agosto de 1938 dentro de la idea nazi de que “un terror desatado ilimitado requería campos ilimitados”, en palabras de Wachsmann. Aunque al principio sirvió sobre todo para internar a presuntos criminales comunes, que en realidad eran en su inmensa mayoría marginados que habían cometido algún pequeño hurto, con el principio de la Segunda Guerra Mundial se convirtió en lo que fue hasta su liberación por las tropas estadounidenses el 5 de mayo de 1945: un centro de exterminio para oponentes políticos de toda Europa.

El emplazamiento de Mauthausen, así como de su campo satélite de Gusen, fue decidido por su cercanía a una cantera de granito, donde las condiciones de trabajo eran espeluznantes y las posibilidades de supervivencia a largo plazo escasas. Era un lugar donde la noche y la niebla del horror nazi se hacían especialmente espesas. Como señala la base de datos del Museo del Holocausto de Washington, fueron deportados a Mauthausen “ciudadanos de prácticamente todos los países ocupados por los nazis”. Polacos no judíos, checos, italianos, prisioneros de guerra rusos, yugoslavos … y republicanos españoles, a los que Franco, aliado de Hitler, retiró la nacionalidad. Según el periodista español Carlos Hernández, autor de Los últimos españoles de Mauthausen: La historia de nuestros deportados, sus verdugos y sus cómplices (Ediciones B), fueron internados 7.532 republicanos, de los que murieron 4.816, lo que supone una tasa de mortalidad del 64%. Por Mauthausen pasaron relativamente pocos prisioneros judíos, hasta el invierno de 1944, cuando el avance de las tropas soviéticas obligó a las SS a evacuar el principal centro de la muerte del Holocausto, Auschwitz-Birkenau. Llegaron entonces unos 25.000 judíos, en su mayoría húngaros, en apenas unas semanas y los nazis se vieron obligados a construir un campo especial dentro del recinto donde las condiciones eran atroces.

El número de prisioneros que pasaron por Mauthausen se estima en 197.464, según datos del Museo del Holocausto de Washington, de los 95.000 fueron asesinados, 14.000 de ellos en judíos. Yad Vashem, el museo y centro de documentación de la Shoah en Jerusalén, ofrece una cifra similar de prisioneros, pero superior de muertos: 119,000, incluyendo a 38.120 judíos. La diferencia en las cifras se debe a que muchos prisioneros ni siquiera eran registrados, sino que eran asesinados nada más llegar. Mauthausen fue un centro de muerte y terror, un elemento esencial de represión dentro del régimen nazi.

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