La crueldad inimaginable de Mauthausen

El menosprecio por la vida humana de los guardias, las palizas mortales, las ejecuciones sumarias y la desesperación componen el cuadro dantesco de un verdadero infierno en la tierra

Imagen de 1945 del campo de concentración de Mauthausen.
Imagen de 1945 del campo de concentración de Mauthausen.Lynn Heinzerling

Dentro de la lógica criminal del III Reich, Mauthausen no era propiamente un campo de exterminio como Treblinka o Belzec y en parte Auschwitz, pero significaba esclavitud y muerte para los que iban a parar allí. Se aplicaba un terrible aniquilamiento por el trabajo, trabajo extenuante, implacable, con los presos sometidos a un régimen de hambre y privaciones de una crueldad inimaginable. El nombre de Mauthausen va parejo al de otros campos de espantosa celebridad como Dachau o Buchenwald. Allí, a ese agujero negro, verdadero vientre de la bestia nazi, fueron a caer la mayoría de los republicanos españoles capturados en Francia. Trasladados desde otros lugares, se les concentró en Mauthausen a partir de agosto de 1940. Fueron unos 7.000, considerados por el régimen hitleriano apátridas enemigos del Reich no reeducables, con la categoría de "Rotspanier", rojos españoles, identificados con el triángulo azul y una S (de Spanier, español) y privados de todo derecho jurídico.

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En total 190.000 presos fueron deportados a Mauthausen, cerca de Linz, a 170 kilómetros de Viena, y sus campos satélites, el peor de los cuales era Gusen, donde la esperanza de vida se reducía a seis meses. Más de la mitad de los presos de Mauthausen murieron en el campo y el porcentaje entre los españoles sube al 65 %. Quedaban 2.184 al liberar el campo en los primeros días de mayo de 1945. De las condiciones del lugar dio fe el peso medio de los presos tras ser liberados: 40 kilos. Este campo de concentración es tristemente famoso por su cantera, Wienergraben, donde se trabajaba a beneficio de las SS en un ambiente que habría hecho estremecerse a Espartaco.

De Mauthausen se conserva la memoria gracias, especialmente, a las imágenes del deportado Francesc Boix que aprovechó que le incluyeron en el servicio fotográfico del campo para esconder negativos que documentan aquel horror y a las victimas y verdugos. Cualquiera que piense que aquello tiene algún paralelismo con nuestra actualidad solo tiene que mirarlas un rato. El menosprecio por la vida humana de los guardias, su brutalidad, las palizas mortales, las ejecuciones sumarias, el trato vejatorio, el dolor y la desesperación componen el cuadro dantesco de un verdadero infierno en la tierra, solo redimido en parte por el valor, la resistencia y el compromiso de no olvidar de algunos de los que sufrieron allí el peor de los destinos.

Sobre la firma

Jacinto Antón

Redactor de Cultura, colabora con la Cadena Ser y es autor de dos libros que reúnen sus crónicas. Licenciado en Periodismo por la Autónoma de Barcelona y en Interpretación por el Institut del Teatre, trabajó en el Teatre Lliure. Primer Premio Nacional de Periodismo Cultural, protagonizó la serie de documentales de TVE 'El reportero de la historia'.

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