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tribuna

Sanchismo, antisanchismo, táctica y testosterona

El presidente del Gobierno sabe que invocar sus logros sociales tiene poco magnetismo. Necesita mostrarse como el gran rival de Trump

Pedro Sánchez, en la inauguración de la primera Cumbre Internacional contra el Odio, este miércoles en Madrid. Chema Moya (EFE)

Los diversos gobiernos de coalición de Pedro Sánchez han tenido un digno recorrido legislativo en materia social. La ampliación del permiso de paternidad, la subida significativa del salario mínimo, la contención relativa de los precios de la energía o la financiación pública de la mitad del abono de transporte. Todos hechos palpables. Pero Sánchez es conocedor de su época como pocos otros. Sabe que ni los hechos ni la realidad movilizan a una parte del electorado. Lo hacen las palabras gruesas, el espectáculo y el relato. Dijo una vez Tom Waits que la realidad era para aquellos que no podían soportar las drogas. Sánchez sabe que la realidad es para aquellos que no pueden soportar el relato. Yo me encuentro entre los pobres infelices que necesitan la realidad porque lidia mal con la implacable fantasía del relato.

Pero sospecho que estoy más solo que la una. Sánchez sabe que invocar sus logros sociales va a tener poco magnetismo. Necesita alguna otra cosa. Necesita mostrarse como el gran rival de Trump. No necesita tener ideas. Necesita tener una posición en el terreno de juego. Es obvio que Trump le está ayudando en este menester. Todo esto forma parte de una visión de la política de más largo aliento en que la diferencia temporal ya no es entre el tiempo de la campaña electoral y el tiempo en que se gobierna, sino entre la campaña electoral y la precampaña electoral, que puede llegar a durar todo lo que se alargue una legislatura.

Sánchez dijo que la posición de España se resumía en cuatro palabras: “No a la guerra”. Trump respondió que España era una perdedora. Sánchez activó entonces otro resorte. Dijo que uno debía sentir orgullo de ser español. Ya está. Miles y miles de personas en España quedaron excitadas por la viagra patriótica suministrada por el intercambio entre Trump y Sánchez. Ya eran personas movilizadas. O así parece creerlo Pedro Sánchez.

A las personas motivadas por el patrioterismo frente a Trump no parece llamarles mucho la atención la legislación en materia social. Sólo parece importarles que Sánchez sea agresivo. Les pone la adrenalina, no la política. Uno pensaría que el electorado de izquierdas debería sentirse interpelado por el hecho de que el Estado de bienestar se amplíe o, por lo menos, se conserve. Pero no. Lo que quiere, al menos una parte de ese electorado, es alguien que hable con un par de huevos españoles, que use el lenguaje del pacifismo de forma belicosa —sin reparar en la ironía que entraña usar el pacifismo para alimentar la dialéctica amigo/enemigo— y que, como si del detergente más puro se tratara, se posicione en el mercado para diferenciarse de sus competidores. Testosterona, táctica comercial y nacionalismo. No hay más. No hace falta más.

(Al orgullo de ser español, algunos le han sumado últimamente la idea de que el mundo mira a España como un referente moral. Momento en el cual a algunos catalanes se nos han encendido todas las alarmas, pues todo esto nos resulta terriblemente familiar: el proceso independentista catalán se basaba en el orgullo de ser catalán y en la obsesión por que el mundo nos mirara. El horror. Ya sabemos cómo acabó aquello y algunos ya intuimos cómo acabará esto).

Cuestión aparte es la oposición parlamentaria, política y cultural a Sánchez. El antisanchismo se divide, a grandes rasgos, en dos grupos. Están los que detestan a Sánchez y están los que detestan la época de la que Sánchez es producto. Los que detestan a Sánchez repudian, normalmente, también las medidas sociales logradas por su Gobierno. Lo disimulan —o lo racionalizan— aludiendo a la viagra confrontativa. Un mero caso de falsa consciencia.

Más interesantes son los antisanchistas que detestan a Sánchez como un epifenómeno de su época. A algunos de ellos intuyo que incluso no les parece mal el récord legislativo en materia social de Sánchez. Pero creen que se paga un precio demasiado alto: la dialéctica amigo/enemigo, la contradicción constante como forma patológica de comunicarse, la vulneración de algunas reglas no escritas de la democracia (no se acepta el apoyo de un prófugo acusado de delitos graves contra la democracia y no se hace un uso torticero de la amnistía) y, en general, la idea de que el relato se impone a los hechos. Nuestra época es así de penosa y Sánchez reina en ella. Detestan a Sánchez porque detestan nuestra época.

Yo, por mi parte, procuro tener una relación con mi época parecida a la que tenía Neruda con la condición humana: “Sucede que me canso de mis pies y mis uñas / y mi pelo y mi sombra. / Sucede que me canso de ser hombre”. Sucede que a uno le toca vivir la época que le toca vivir. Aunque le canse, sólo sucede. Encabronarse con quienes mejor encarnan esa época es como encabronarse con tu sombra. El antisanchismo furibundo es el reverso de los sanchistas excitados por el toma y daca verbal con Trump.

Hay una tercera opción. Votar. A Sánchez o a quien sea. Pero sólo eso. Votar. Y opinar, argumentar o criticar, claro. Pero sin detestar a tu sombra y sin caer patéticamente arrebatados por la viagra de Sánchez. Tal vez así conseguiremos poquito a poco cambiar de época. Al fin y al cabo, poco tiempo después de decir que la realidad era para aquellos que no podían soportar las drogas, Tom Waits se hizo abstemio.

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