Vox devora a sus hijos
Cuanto más extremista es un partido más probabilidades tiene de que le crezcan los enanos


La ley de hierro de la oligarquía es de las pocas leyes que siguen manteniendo su vigencia en el ámbito de las ciencias sociales. La formuló Robert Michels hace más de un siglo y es de una simplicidad pasmosa: toda organización compleja, por muy sujeta que esté a principios democráticos internos, acaba siendo gobernada por una élite, deviene en una oligarquía compuesta por aquellos que llevan las riendas en su interior. Como es lógico, no es algo que ocurra de un día para otro. En la mayoría de los partidos, este desarrollo puede extenderse durante décadas, y la circulación de las personas que integran la élite, con sus entradas y salidas de ella, puede ser más o menos opaca. Los partidos más jóvenes ofrecen la ventaja de permitirnos observar en tiempo real cómo va cristalizando este proceso de oligarquización.
En su día lo vimos en Podemos, que en Vistalegre 2 escenificó la disputa abierta entre el modelo de partido —y de dirección— propugnado por Pablo Iglesias y aquel representado por Íñigo Errejón. No es algo que se hiciera de puertas adentro. Su carácter inicial de movimiento con carácter asambleario les obligó a sacar a la luz sus disensiones, aunque seguro que hubo también otros juegos de poder que se escaparon de la vista pública.
El caso de Vox es diferente. Todos recordamos cómo personajes que en su día parecían indispensables para su dirección —Macarena Olona, Iván Espinosa de los Monteros, Rocío Monasterio— acabaron saliendo del partido. También su hasta entonces dirigente en Castilla y León, Juan García-Gallardo. Y ahora se enfrenta a la rebelión de Javier Ortega Smith, quien se niega a abandonar su condición de portavoz en el Ayuntamiento de Madrid. La ruptura con estos personajes no encaja en la categoría de disputa ideológica, de pelea entre facciones. Obedece más bien a un modelo de partido que no admite ni la más mínima disensión con el líder. Líder no hay más que uno, Santiago Abascal, y su modelo de partido debe reflejar esta estructura firmemente jerárquica, sin veleidades para protagonismos de otros de sus miembros. Todos los excluidos gozaban de gran popularidad y puede que, en última instancia, esta fuera una de las causas de su salida. Algo parecido hemos visto también en las campañas de Extremadura y Aragón, donde los candidatos locales apenas podían meter baza en campañas protagonizadas sobre el terreno por el líder nacional.
Aparte de lo ya dicho, es difícil saber cuáles fueron las razones específicas que explican la ruptura de con el partido de cada uno de ellos. En el caso de Espinosa de los Monteros, todo parece indicar que su línea era más moderada que la deseada por Abascal. Olona, por su parte, puede que no se sintiera reconocida, y después de su salida intentó montar su propia organización. El caso más interesante es el de Ortega Smith, quien, por un lado, presume de su total adscripción a los principios de su partido, pero, por otro, se niega a aceptar su cese como portavoz. Con la peculiaridad, además, de contar con el apoyo de la mayoría de los concejales de Vox en el Ayuntamiento madrileño. Quien fuera secretario general de su partido durante cinco años está echando un pulso explícito a Abascal que contiene todo el potencial para protagonizar un posible cisma en su interior. O bien la reorganización de su estructura de poder interna. Reconozco que no tengo ni idea de cómo puede acabar. Lo único cierto es que cuanto más extremista es un partido más probabilidades tiene de que le crezcan los enanos. A Vox ya le salieron los de Alvise. Pero las disensiones que duelen son las de dentro, más aún si afectan a la cohesión de su núcleo dirigente. Y, a la vista está, Ortega Smith de enano tiene poco.
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