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TRIBUNA
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¡Despertad! Tras este Día E, Europa vuelve a estar en peligro

El voto a los ultras en los principales Estados de la UE puede arrastrar a toda la Unión a la derecha y debilitar la posición respecto a Ucrania

¡Despertad! Tras este Día E, Europa vuelve a estar en peligro. Timothy Garton Ash
RAQUEL MARÍN
Timothy Garton Ash

Una Europa que acaba de celebrar en las playas de Normandía el 80º aniversario del Día D, el inicio de su liberación de la guerra, el nacionalismo y el fascismo, se enfrenta hoy de nuevo al fascismo, el nacionalismo y la guerra.

No conviene estar muy tranquilos, aunque la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, haya declarado en tono complaciente que “el centro ha aguantado” en el que podríamos llamar el Día E, el 9 de junio de 2024, tras los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo en cada uno de los 27 Estados miembros. Tiene razón en cuanto al reparto de escaños entre los principales grupos de partidos de la Eurocámara, que encabeza holgadamente su grupo, el Partido Popular Europeo, de centroderecha. Pero en la UE mandan más los gobiernos nacionales que el Parlamento elegido por sufragio directo y, en el Día E, la extrema derecha ha conseguido en los principales Estados miembros unos éxitos sustanciales y, en algunos casos, estremecedores.

Ninguno de estos partidos euroescépticos va a cometer la estupidez de querer imitar el ejemplo del Brexit británico: ni Frexit, ni Dexit, ni Nexit. Lo que harán será seguir arrastrando a la UE hacia la derecha desde dentro, con una posición todavía más dura en materia de inmigración, una firme oposición a las medidas ecologistas urgentemente necesarias para hacer frente a la crisis climática, la disminución del apoyo a Ucrania y —al fin y al cabo, son nacionalistas— la recuperación del control nacional que tiene Bruselas. Así que no conviene dejarse convencer de que “la situación no es tan mala”. Es mala y puede empeorar.

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El caso más llamativo es el de Francia. Estuve en Normandía con motivo del aniversario del Día D y vi que el presidente Emmanuel Macron intentaba aprovechar el acto internacional de conmemoración (el mismo del que se ausentó el primer ministro británico, Rishi Sunak) para inspirarnos con la historia de que aquella liberación preparó el terreno para la Unión Europea actual. Pero en los pueblos de los alrededores vi sobre todo carteles electorales del Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen y escuché que la gente, en general, lo apoyaba. En efecto, el Día E, Reagrupamiento Nacional logró una victoria asombrosa, con más del 31% de los votos, y se impuso al partido centrista liberal de Macron, Renacimiento. En el pueblo de Ver-sur-Mer, donde mi padre desembarcó junto a tantos otros soldados británicos el 6 de junio de 1944 para comenzar la liberación de Europa Occidental, Reagrupamiento Nacional obtuvo alrededor del 33% de los votos. Otra parte importante de las papeletas fue a parar a la sobrina de Marine Le Pen, Marion Maréchal, todavía más extremista; el nombre de su hasta ahora partido, Reconquista, sugiere “reconquistar” una Europa que está supuestamente en manos de extranjeros, en especial musulmanes, como proclamaba sin reparos su fundador, Éric Zemmour.

Y entonces cayó la bomba. Macron, cuya confianza en sí mismo siempre ha sido extraordinaria, pero ahora está empezando a convertirse en una visible arrogancia, anunció que disolvía el Parlamento francés y convocaba nuevas elecciones para el 30 de junio, con una segunda vuelta el 7 de julio. “No puedo sino aplaudir esta decisión”, respondió Le Pen. Es una apuesta audaz, que confía en el excelente sistema electoral francés, con sus dos vueltas, para que los votantes de la mayoría de las circunscripciones en la segunda y definitiva prefieran a un candidato que no sea el de Reagrupamiento Nacional. Sin embargo, dado el grado de indignación popular, existe un serio peligro de que, solo tres días después de que el Reino Unido, en las elecciones del 4 de julio, consiga tener un Gobierno de centroizquierda, pragmático y prudentemente europeísta, Francia se encuentre con un Gobierno de la extrema derecha euroescéptica que ataría las manos a Macron, el principal defensor de una Europa más fuerte en todo el continente. En tal caso, ese sería el momento Brexit de Francia, aunque sin la salida posterior.

El caso de Alemania no es tan preocupante, pero casi. Aunque el partido de centroderecha CDU-CSU fue el claro vencedor, la ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD) quedó en segundo lugar, con algo menos del 16% de los votos, más que cada uno de los tres partidos que forman la coalición de gobierno, incluidos los socialdemócratas del canciller Olaf Scholz. Y AfD es un partido tan extremista que la propia Le Pen ha dicho que no quiere estar en el mismo grupo parlamentario europeo que ellos después de que Maximilian Krah, su encantador candidato, señalase en una entrevista que no todos los miembros de las SS fueron criminales.

En Italia, mientras tanto, Hermanos de Italia de la primera ministra posneofascista Giorgia Meloni ha resultado vencedor, igual que el ultraderechista Partido de la Libertad en Austria. En Países Bajos, el Partido por la Libertad del islamófobo Geert Wilders obtuvo unos resultados ligeramente inferiores a los del centroizquierda. Lo más inquietante es que muchos de estos partidos consiguen buenos resultados entre los votantes jóvenes, especialmente entre los hombres. Según una encuesta llevada a cabo antes de las elecciones, aproximadamente el 36% de los franceses entre 18 y 24 años apoyan a Reagrupamiento Nacional.

Es verdad que los resultados de Polonia y Hungría son más alentadores, pero si la lección que nos enseñan esos dos países (igual que el Reino Unido) es que hace falta que los nacionalistas populistas estén unos cuantos años en el poder antes de empezar a rechazarlos, ese es un magro consuelo.

Incluso aunque la derecha radical no sea la que forme el próximo Gobierno francés este verano, estos resultados van a hacer muy difícil que la UE pueda actuar de manera unida y decidida en cuestiones como la transición ecológica. Y, lo que es más urgente, será todavía más complicado aumentar la ayuda militar a Ucrania en un momento en el que dicho país está —digámoslo sin tapujos— en grave peligro de acabar perdiendo la guerra de mayor envergadura librada en Europa desde 1945.

Si bien los partidos de la extrema derecha están divididos sobre Ucrania —Meloni figura hoy entre los firmes defensores del atribulado país—, el efecto de estos resultados, en conjunto, será negativo. En Alemania, aproximadamente una cuarta parte de los votos fueron a parar a unos partidos —la extrema derecha (AfD), la extrema izquierda (Die Linke) y una curiosa mezcla populista de ambas (la Alianza Sahra Wagenknecht)— propulsores de una versión de la “paz” que, en la práctica, significa la capitulación de Ucrania. Por desgracia, todo indica que los socialdemócratas de Scholz tienen la tentación de apaciguar a los apaciguadores. Las consecuencias continentales y mundiales de una victoria de la Rusia fascista del presidente Vladímir Putin acercarían aún más la vuelta de Europa a sus peores épocas.

Todo esto pasa antes de que lleguen las elecciones que más repercusiones van a tener para Europa este año, pese a que no se celebran en Europa. Una victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de noviembre en Estados Unidos debilitaría y con toda seguridad dividiría aún más a Europa, pues los nacionalistas populistas de la derecha radical, entre los que muy posiblemente se encontraría Meloni, harían cola para ser el partido europeo de Trump.

Entonces, ¿ha llegado el momento de perder toda esperanza y emigrar a Nueva Zelanda? De ninguna de las maneras. Todavía hay una gran mayoría de europeos que no quieren quedarse sin la mejor Europa que hemos tenido nunca. Pero hay que movilizarlos, galvanizarlos, convencerlos de que la Unión se enfrenta a unas amenazas verdaderamente vitales. En estos momentos, aguardo con cierto temor las semanas de tira y afloja en la UE: ¿qué partido pacta con qué otro partido? ¿Quién consigue qué alto cargo? Los trapicheos en Bruselas mientras Járkov y nuestro planeta arden. Lo que hace falta es una combinación de gobiernos nacionales e instituciones europeas que, en colaboración, garanticen la vivienda que los jóvenes no pueden permitirse, el empleo, las oportunidades, la seguridad, la transición ecológica y el apoyo a Ucrania. ¿Despertará Europa antes de que sea demasiado tarde?


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