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Columna
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El legado extraviado del catalanismo

Todo lo que se hizo y ha sucedido en Cataluña estos últimos años no sirve para nada. Solo queda humo, palabras vacías

Manifestación por la diada de Cataluña el 11 de septiembre de 2021 en Barcelona.
Manifestación por la diada de Cataluña el 11 de septiembre de 2021 en Barcelona.Massimiliano Minocri
Lluís Bassets

René Char, poeta y resistente, escribió unas notas durante sus años en el maquis bajo la ocupación nazi. Las publicó, en 1946, bajo el título de Les feuillets d’Hypnos, libro que contiene un aforismo célebre, citado e interpretado en numerosas ocasiones. Entre nosotros, por Raimon Obiols y, entre los grandes pensadores, por Hannah Arendt. “A nuestra herencia no la precede ningún testamento”, dice. Podemos recibir el legado de la experiencia histórica de quienes nos han precedido, pero no hay un testamento ni determine qué debemos hacer con ella, ni siquiera si somos nosotros los herederos. Es el territorio de la memoria y del recuerdo, pero sobre todo de la libertad y de la inteligencia, que bien podríamos utilizar para la meditación sobre nuestra historia reciente. Si pensamos en el estado del catalanismo tras el naufragio secesionista, advertimos que además de carecer de testamento nos hemos quedado sin herencia.

Traducido al lenguaje de nuestros tópicos, la transmisión de esta herencia responde a dos estereotipos: l’hereu de la casa cremada y l’hereu escampa, el que recibió una propiedad quemada y el que dilapidó la fortuna dejada por sus ancestros. De atender al pensamiento catalanista, podríamos imaginar incluso que el testamento pudo existir, pero al abrirlo comprobamos que es nulo, inservible o quizás fruto de una alucinación de la historia. Todo lo que se hizo y ha sucedido estos últimos 12 años no sirve para nada. Solo queda humo, palabras vacías.

No es un caso único. Todo lo pone a prueba el desgaste del tiempo, en especial los grandes acontecimientos históricos, entre los que los actores del proceso independentista soñaron encuadrar sus gestas enormes de 2012 a 2017. Ninguna revolución deja un testamento, pero hay algunas que permiten mantener su legado. La americana y la francesa, por ejemplo. Otras devienen, en cambio, una carga monstruosa, como sucede con la bolchevique, hoy el episodio más calamitoso de la torturada vida imperial rusa.

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La ruptura que empezó en 2012 introdujo extraños conceptos que anularon aquel catalanismo anterior, abierto y plural, pactista y dialogante, pragmático y eficaz, europeísta y respetuoso con el Estado de derecho. En el mejor de los casos, fue un desgraciado experimento que sirvió para certificar la disfuncionalidad del derecho a decidir, la secesión, la autodeterminación y el todavía persistente referéndum.

Gracias a una sana esperanza democrática, solemos ir a las urnas creyendo que nuestro voto contará para el futuro de la comunidad política. En el caso de estas próximas elecciones catalanas, entre las opciones que se nos ofrecen estará la recuperación de la herencia sin testamento del catalanismo, de forma que los ciudadanos decidirán si quieren dar por obsoleta y clausurada aquella tradición catalanista, idea en la que coinciden tanto el independentismo como el anticatalanismo, o recuperar el legado dilapidado que a todos pertenecía.

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Sobre la firma

Lluís Bassets
Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).
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