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TRIBUNA
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Elogio del desliz de Feijóo o apología de la política de Estado

PP y PSOE no tienen más remedio que ponerse de acuerdo para asentar un espíritu de pacificación y reconciliación en Cataluña

Elogio del desliz de Feijóo o apología de la política de Estado. Josep Maria Fradera, Xosé M. Núñez Seixas y José María Portillo Valdés
SR. GARCÍA

Suponemos que el presidente del Partido Popular no se alegrará de saberlo ni nos lo agradecerá. Con todo, nosotros, los abajo firmantes, sí celebramos el supuesto desliz de “la fuente del más alto nivel” sobre el indulto y —por encima de todo— su apelación a la necesidad de una reconciliación con Cataluña. No es la primera vez que Alberto Núñez Feijóo, o su sombra, parece salirse del surco trazado por los argumentos de su propio partido con respecto a Cataluña y los nacionalismos periféricos. Cuando fue nombrado presidente del PP, un locuaz columnista ya lo tachó de “nacionalista gallego”, lo que en Galicia provoca carcajadas. El PP ha acabado siendo esclavo de su rigidez discursiva en un asunto que ni le permite crecer electoralmente, porque siempre rivaliza con Vox en el terreno que a ellos más favorece, ni le ofrece flexibilidad parlamentaria. Por ello, lleva la bola de hierro de la ultraderecha atada a su tobillo. Ya lo hizo el PP cuando Rodríguez Zapatero negociaba el final de ETA, y no aprende. No ganaron las elecciones porque Zapatero hubiera “traicionado a los muertos”, recordando la vergonzosa fórmula utilizada por Mariano Rajoy en las Cortes, sino porque la crisis de 2008 acabó llevándose por delante a un presidente de acero.

No es la intención de estas líneas aconsejarle al PP cómo regresar al centro, que es donde se ganaban los gobiernos, ni cómo abrirse a una capacidad de cerrar acuerdos a varias bandas, que es como se ganan ahora. Sin duda, en la dirección del PP ya saben cómo deberían hacerlo, como prueban los deslices y filtraciones de ofertas o amagos de oferta a Junts, al PNV y quizá a ERC. Otra cosa es que sean capaces de hacerlo. Tampoco le vamos a pedir a Pedro Sánchez que deje de ser Sánchez, o que un político que puede tocar poder al precio de tragarse sus palabras anteriores, Churchill dixit, sea un alma noble y coherente y se aparte de semejante cáliz. Alguien que ha querido mezclar la física del poder con una indefinida metafísica advertía hace poco en estas mismas páginas de que la obsesión por el poder es un signo de debilidad. Lo que realmente debilita, como dijo aquel cínico italiano, es no tener el poder. Y, si no, que se lo pregunten a Feijóo.

El famoso desliz pone sobre la mesa no solo la consideración por parte de la dirección del PP de un acercamiento al independentismo conservador catalán y al PNV en busca de lo mismo que con tanto escándalo se denunciaba que hiciera Sánchez. Si a Sánchez se le ha acusado de cínico y oportunista, a los inquilinos de Génova habría que reprocharles hipocresía y manipulación. Pero ya aconsejaba Max Weber hace más de un siglo al joven que quiera dedicarse a la política que no se olvide antes de pactar con el demonio. Pues incluso el demonio también puede ser portador de ciertos valores virtuosos: como expresaba con pesadumbre el Mefistófeles de Goethe, “yo soy aquel espíritu que, queriendo hacer el mal, acaba siempre provocando el bien”. Porque lo que dejó caer esa “fuente del máximo nivel”, algo mucho más importante que la concreción jurídica de cómo se consigue, fue un reconocimiento de necesidad de concordia, de reconciliación de España con Cataluña y, sin duda, entre los propios catalanes. Podemos pensar que semejante propósito es ingenuo, porque el independentismo no quiere que nadie se reconcilie con él, si ni tan siquiera es capaz de reconciliarse entre sus distintas facciones. ¿Qué puede esperarse de un mundo que no es siquiera capaz de entender que en una democracia y en la Unión Europa la unilateralidad no cabe?

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Da igual. El Estado, la Democracia Española —con mayúsculas—, el espíritu generoso y a la vez riguroso con las leyes, con el proceso legislativo y su aplicación por parte de los jueces, propio de un Estado liberal-democrático, debe saber que su misión y su sentido consiste en colocarse por encima de resentimientos y querellas enquistadas. Nada es Puigdemont comparado con la democracia española y las políticas que la pueden engrandecer y sustentar. Sería deseable por parte del PP asimilar esta idea, aunque sea con un tercio del supuesto oportunismo que ve en Sánchez. También que ambos partidos llegaran a la conclusión de que, como aconteció con la aplicación del artículo 155 de la Constitución, no tienen ahora más remedio que ponerse de acuerdo con el fin de asentar, desde los poderes del Estado, ese espíritu de pacificación y reconciliación. La política española adquiriría otra dimensión si se asumiera esta responsabilidad, en vez de maniobrar pensando en el partido propio a costa de la decencia política. Motivaciones para definir sus posiciones ideológicas no les faltarán a formaciones políticas enfrentadas. Y, si la política interior no les basta, ya habrá quien se las proporcione desde la internacional.

Una dimensión que, como mínimo, ni crispase ni alterase más de la cuenta a la ciudadanía, con razón perpleja, hastiada y confundida salvo en sus extremos. Se dirá también que mostrar tanta generosidad ante el independentismo —catalán, y por extensión y emulación, vasco y, tal vez, gallego— supone dejar esas comunidades autónomas en manos de quienes solo buscan borrar cualquier presencia del Estado central en ellas, lo que perseguirían ERC, y quizá PNV y BNG (Junts no está claro que tenga más plan que el regreso del amado líder). Pero a eso el Estado debe responder con políticas inteligentes y democracia, mediante la deliberación pública y el veredicto de las urnas, no a golpe de sentencias y cárcel jaleadas con rosarios patrióticos ante las sedes de los acusados de vendepatrias.

Tanto aquellos que simulan ver una Cataluña dominada por una banda de pseudoterroristas desalmados como quienes niegan la gravedad de lo sucedido en las fases más aciagas del procés deben comprender las consecuencias de sus posiciones, tristemente simétricas. Ni la justicia está para solventar la papeleta política, ni la voluntad política ensordecer la voz de la justicia. Es cuando menos irritante que todo lo que se proponga a la ciudadanía consista en optar entre reclamar a machamartillo presidio sin compasión o ver en el desafío secesionista un inocente vodevil que nunca puede acabar mal, medallas amarillas incluidas.

Estamos ante una cuestión de Estado, con mayúsculas, y como tal debe tratarse, explicando a la ciudadanía adulta y responsable las razones y las consecuencias de las decisiones que se acuerden. Así se hizo en otras fases de la historia española en el último siglo, empezando por la tan invocada y poco leída Transición. Habrá que tragar sapos para vivir mejor. Pero de eso se trata, siempre fue esta la salida. Así se hizo durante los durísimos años del terrorismo etarra, cuando gobiernos de derecha o de izquierda sondearon posibilidades de terminar con él, como acabó sucediendo. Y, recordemos: digan lo que digan algunos autos judiciales, en Cataluña no murió nadie en 2017. Y las calles estuvieron revueltas, pero no fueron escenario de desórdenes que no se hayan visto en otras ocasiones y lugares. La democracia y el Estado de derecho ganan cuando se reconoce y se mira la verdad a la cara. Y se actúa en consecuencia.


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