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Tribuna
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¿Qué jura Leonor de Borbón y Ortiz?

La que sería la primera reina no consorte desde Isabel II se presenta ante las Cortes sin los consensos que disfrutaron su padre y su abuelo, y se le exige ser referente de la España actual

Tribuna Burdiel 29 octubre
SR. GARCÍA

Las enormes convulsiones que experimentaron todos los países europeos al hilo de la Revolución Francesa y de las guerras napoleónicas hicieron presagiar a muchos que el fin del absolutismo iba a ser el fin definitivo de la monarquía. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurriría en América, la monarquía se mantuvo en Europa como una institución central en el proceso de consolidación del liberalismo y en la construcción de los nuevos Estado-nación a lo largo del siglo XIX. Las breves experiencias republicanas que salpicaron el siglo no consiguieron que dejara de ser la forma de gobierno mayoritaria en toda Europa hasta, al menos, la I Guerra Mundial. La única excepción fue Suiza y, a partir de 1870, Francia.

Después de las dos guerras mundiales, la situación cambió y las monarquías que sobrevivieron, muchísimas menos, debieron adaptarse o incluso impulsar la transición de sistemas constitucionales liberales, en los que los reyes habían conservado mucho poder, a monarquías parlamentarias inscritas en sistemas democráticos. Los reyes dejaron de tener poder político, y debieron inventar y gestionar otro tipo de poder mucho más inmaterial.

La idea de representación es aquí crucial porque, en el proceso que acabo de esbozar, y que fue siempre quebrado y conflictivo, hubo dos cuestiones básicas que enlazan y al tiempo distinguen las monarquías constitucionales y las parlamentarias. En primer lugar, su carácter no partidista y en segundo lugar, su concepción como un espectáculo popular capaz de exaltar, y supuestamente reflejar mediante esa exaltación, los valores morales, familiares, culturales e incluso estéticos de la mayor parte de la sociedad y, sobre todo, de las clases medias. También, y crucialmente, los valores y comportamientos asociados a los estereotipos de género. Algo que fue especialmente conflictivo e interesante cuando la casualidad (la falta de descendientes varones directos) hizo que coincidieran a la cabeza de una institución pensada esencialmente en masculino tres mujeres: la reina Victoria, María da Gloria de Portugal e Isabel II de España. Esta última, antecedente directo de Leonor de Borbón como la única reina propietaria (no consorte o regente) que ha jurado la Constitución desde la instauración, primero del liberalismo y luego de la democracia.

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Como es sabido, el legado victoriano de aparente comportamiento modélico en lo privado y en lo público lo perfeccionó hasta el preciosismo la recientemente fallecida Isabel II de Inglaterra, con algún aleccionador sobresalto como los producidos por las rebeldías y la muerte de la princesa Diana. Cuando falleció, en 2022, era fácil traer al recuerdo las palabras de Lord Salisbury sobre la reina Victoria: “Tenía un conocimiento extraordinario de lo que la gente podría pensar, extraordinario porque no podía venir de un intercambio personal. He sentido muchos años que si lograba saber lo que la reina pensaba podría estar bastante seguro de qué dirección de pensamiento tomarían sus súbditos, especialmente los de las clases medias”. Por las mismas fechas, un clérigo de la distante y republicana Ohio instruía a sus fieles sobre el secreto que estaba detrás de todo aquello: la grandeza de Victoria (como la de la reina Isabel) había residido en su verdadera, pura y evidente feminidad. Esto fue lo que atrajo hacia ella los corazones de sus súbditos; esa calidad y cualidad como mujer la convirtió en un gran gobernante.

En España, por fechas no muy lejanas, las cosas no podían ser más distintas. Poco después de que Isabel de España fuese declarada mayor de edad y jurase la Constitución, a unos muy imprudentes 13 años, el político y ensayista ultraconservador Juan Donoso Cortés, escribía al duque de Riánsares, marido de la todopoderosa reina madre y exregente, Mª Cristina de Borbón, advirtiéndole de que era necesario controlar a la nueva reina porque los moderados no tenían con ellos a la gente: “¿Dónde estará nuestra fuerza si no nos apoyamos en el Trono ni en las turbas? Usted dirá que es triste soltar a la presa”. Como una presa, en el doble sentido cinegético y carcelario, es como los liberales más moderados la concibieron cuando llegó al trono apenas salida de la niñez y con una educación constitucional (convenientemente) nula. Además de secuestrarla políticamente, desde el mismo inicio de su reinado, se la forzó a casarse con su primo, Francisco de Asís, en una maniobra orquestada por su madre, que Andrés Borrego denominó “aquel desacierto insigne”.

El embajador británico C. L. Otway, intentando explicar la situación a su ministerio, escribió: “La naturaleza no le ha proporcionado las cualidades naturales necesarias para contrarrestar una educación vergonzosamente negligida, convertida en viciosa por la corrupción y la adulación de sus cortesanos, de sus ministros y, lamento tener que decir, de su propia madre. Todos ellos, con el objetivo de guiarla e influenciarla de acuerdo con sus propios intereses, han calculado y animado en ella sus malas inclinaciones. El resultado ha sido la formación de un carácter difícilmente definible, que solo se puede entender imaginando un compuesto simultáneo de extravagancia y locura, de fantasías caprichosas, de intenciones perversas y de inclinaciones generalmente malas”.

Las condiciones en las que Leonor de Borbón y Ortiz llega a la mayoría de edad y jura la Constitución, la primera mujer que lo hace desde Isabel II, son muy distintas. Por una parte, ya no tiene sentido sorprenderse o entretenerse en valorar esa doble condición de reina y mujer. El gran dilema del XIX y parte del siglo XX sobre cuál debería ser la identidad y el comportamiento concreto de un monarca mujer creo que está fundamentalmente despejado. Aunque convendría ya poner remedio a la anomalía moral y simbólica de que siga existiendo la prelación sucesoria de los varones. Además, la monarquía que la reconoce como heredera es una monarquía parlamentaria en la que la Corona carece de poder político: es y debe ser esencialmente apartidista. Mal que les pese, por cierto, a algunos comentaristas o políticos de derechas y sorprendentemente de izquierdas cuando han cuestionado la impecablemente constitucional actuación de Felipe VI al encargar gobierno primero a Alberto Núñez Feijóo y luego a Pedro Sánchez. El matrimonio de los padres de Leonor ha sido un matrimonio por deseo personal y ella podrá casarse (o no) con quien quiera. Tiene una sólida formación constitucional que parece que ampliará en sus estudios universitarios y está adquiriendo conocimientos sobrados en otros ámbitos, como el Ejército, al que ya han accedido las mujeres. Los tiempos son turbulentos, muy turbulentos, pero se le están proporcionando los recursos para afrontarlos; entre otras cosas, para hacerse cargo de la diversidad cultural y lingüística del país y la complejidad de la situación internacional a las puertas de una segunda guerra fría.

Esos recursos implican también una exigencia extrema en lo intelectual y, quizás, sobre todo, en lo emocional. Se le está pidiendo que se convierta en el referente de futuro de un sistema simbólico que debe trascender la política en sentido estricto y dejar atrás quiebras morales muy graves de la institución durante el reinado de Juan Carlos I. Ser perfecta para sus padres y para la ciudadanía, hacer visible y respetable a un tiempo su normalidad y su excepcionalidad entre los jóvenes de su generación, vivir como ellos en las redes sociales que la someten a un escrutinio público inmisericorde que su padre —que juró en un ambiente de consenso que no existe ahora— no llegó a padecer en esa dimensión. Debe entender el mundo y que el mundo la entienda a ella en el proceso constante y cambiante de relegitimación de una institución que tiene que demostrar día a día, gesto a gesto, que es útil para la convivencia democrática en lo político, en lo cultural y en lo emocional. Todo eso, y especialmente eso, jura el 31 de octubre Leonor de Borbón y Ortiz. Se necesita mucho temple personal y mucha guía razonable de su entorno para mantener el equilibrio y no convertirse en un juguete roto cuya prometedora página en blanco (como decía hace unos días en este mismo periódico Berna González Harbour) se quiebre ante la magnitud de todo lo que se espera que haga tan bien.

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