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tribuna
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La socialdemocracia en la España democrática

Las etapas de gobiernos socialistas han supuesto para el país la mejor inyección de progreso, bienestar, modernidad y europeísmo que jamás hubiéramos imaginado. Ahora la izquierda tiene que evitar problemas sucesorios

Maravall 26 marzo
Eva Vazquez

La socialdemocracia ha tenido unos objetivos persistentes en el tiempo. Sin embargo, sus políticas para alcanzar tales objetivos han variado de forma sustancial. Así, tras una primera oleada de nacionalizaciones en la posguerra, los partidos socialdemócratas tendieron a optar por las políticas de bienestar en una economía mixta. El giro consistió en una mezcla de políticas keynesianas, provisión de bienes públicos por el Estado, promoción de la igualdad de oportunidades a través de la educación, protección de la necesidad mediante un ingreso mínimo vital y una combinación de pensiones contributivas y no-contributivas, así como un sistema fiscal progresivo. Este giro fue expresado en dos experiencias muy influyentes. Una fue el congreso del SPD alemán en Bad Godesberg celebrado en 1959. La otra fue el Gobierno laborista de Harold Wilson en el Reino Unido a partir de 1964.

Si nos atenemos al caso español, el triunfo electoral del PSOE en 1982 fue debido no solo a la crisis de la derecha, sino a una revisión de su programa en el congreso de 1979. Tras la larga y cruel dictadura y tras cinco años de gobiernos inestables durante la Transición, el Gobierno socialista de Felipe González heredó una inflación que alcanzaba una tasa del 15%, un desempleo situado en el 16,2% y un déficit público equivalente al 5,6% del PIB.

La gestión de González sin duda pasará a la historia. Se fortaleció la democracia, se modernizó la economía, se creó un sistema nacional de salud, se reforzaron las pensiones introduciendo asimismo pensiones no-contributivas, se estableció una enseñanza gratuita hasta los 16 años financiada por fondos públicos. Tal vez debido a ese período inicial, el Partido Socialista ha gobernado España durante 25 años frente a los 16 años en que ha gobernado la derecha.

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El siguiente Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero reforzó mucho las libertades. Aprobó una Ley de Memoria Histórica para permitir la recuperación de víctimas del franquismo por sus familiares. También se legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo. El Gobierno socialista aprobó asimismo una Ley de Dependencia que proporcionó apoyo a personas necesitadas. Se introdujo una ley del aborto que mejoraba la situación de mujeres que afrontaban esa dramática decisión. Se reforzaron las medidas para luchar contra la violencia de género. El Gobierno consiguió poner fin a la actividad terrorista de ETA. Y tomó la decisión de retirar las tropas españolas de Irak. Valga como contraste el ataque a Irak por parte del Gobierno del Partido Popular presidido por José María Aznar, frente a la oposición del 91% de los españoles (según datos del CIS de 2003).

Los resultados del Gobierno de Zapatero fueron considerables durante un tiempo. La proporción de desempleados respecto de la población activa se redujo en tres puntos porcentuales. La inversión en I+D+i pasó de representar un 1,06% a un 1,2% del PIB (lejos todavía del promedio europeo del 1,8%).

Zapatero declaró en una ocasión que “el programa de una izquierda moderna pasa por una economía bien gobernada, con superávit de las cuentas públicas y un sector público limitado. Todo ello conjugado con la extensión de los derechos civiles y sociales” (16 de abril de 2006). Así, el salario mínimo se incrementó un 22%, la pensión mínima un 36%, las becas un 80% respecto de 2004, y en la educación se suprimieron los itinerarios que introducían unas discriminaciones muy tempranas.

Su problema dramático radicó en la crisis financiera internacional desencadenada en Estados Unidos tras la caída de Lehman Brothers y en el fuerte incremento de los precios de las materias primas. Pero su legado ha sido muy grande en lo que se refiere a los derechos ciudadanos y a la equidad social (por ejemplo, el decil de ingresos más bajos incrementó un 17,9% su participación en la renta total del país).

El actual Gobierno de Pedro Sánchez ha conseguido unos resultados considerables en muy poco tiempo. Las condiciones han sido particularmente difíciles. Por un lado, la terrible pandemia de la covid desde 2020; por otro, la primera guerra desatada en Europa desde 1945, debido a la cruenta invasión de Ucrania llevada a cabo por Vladímir Putin. A la vez, Pedro Sánchez preside el primer Gobierno de coalición desde la recuperación de la democracia. El Ejecutivo está apoyado por una diversidad de grupos parlamentarios.

Mientras que en España se trata de una experiencia desconocida, los gobiernos de coalición han sido la regla en Alemania, Austria, Bélgica, Finlandia, Irlanda, Italia, Países Bajos o Portugal. Y no solo duran más tiempo sino que redistribuyen más la renta (el 10% más rico tiene 3,4 veces la renta del 10% más pobre; por el contrario, en países con gobiernos monocolor la diferencia es de 4,7 veces).

Pese a todas las dificultades, el Gobierno de Sánchez ha llevado a cabo una política típicamente socialdemócrata y de una eficacia considerable. Sus políticas han dignificado la democracia, eliminando símbolos humillantes de la dictadura (como el Valle de los Caídos) o aprobando una nueva Ley de Memoria Democrática (que facilita la recuperación de los restos de víctimas de la guerra y de la dictadura). Su política económica ha ofrecido, dentro de las dificultades de la pandemia y de la guerra, unos resultados estimables. Por poner un ejemplo, en 2022 las economías de los países de la eurozona crecieron en promedio un 3,5% mientras que la economía española creció un 5,5%. La tasa de desempleo ha sido de un 12,9% de la población activa en 2022 —en comparación, se situó en un 20,4% en 2010 y en un 19,1% en 1996—. A su vez, la inflación alcanzó un 5,6% en 2022, mientras que en la zona euro representó un 9,2%.

En cuanto a las políticas sociales, las pensiones se han incrementado en paralelo al IPC manteniendo su poder adquisitivo en tiempos difíciles. También se han aprobado topes a los alquileres; ha aumentado el salario mínimo y se ha introducido un “ingreso mínimo vital” para reducir la pobreza. Ha mejorado el mercado de trabajo, poniendo coto a los empleos temporales, introduciendo contratos fijos discontinuos (que evitan el desempleo de trabajadores temporales) y contratos laborales indefinidos. Dos reformas han mejorado la educación: por un lado, la ley Celáa (suprimiendo los itinerarios educativos discriminatorios reintroducidos bajo el Gobierno del PP con Mariano Rajoy); por otro lado, la ley de universidades (que puede internacionalizar nuestra enseñanza superior).

Es cierto que no resulta fácil comparar períodos ni realizar especulaciones contrafácticas. Pese a las diferencias de contexto, resulta claro que existen continuidades entre los tres períodos de gestión socialista. A mi juicio, carece de sentido enfrentarlos. Es más, las experiencias de estas tres etapas de gobierno tal vez sean lo suficientemente convincentes como para reducir la posibilidad de gobiernos de la derecha que limiten las libertades y restrinjan los derechos. Que eliminan recuerdos a Miguel Hernández o Largo Caballero, mientras levantan monumentos a Millán Astray o denominan calles como Caídos de la División Azul.

En este punto del camino, con la ventaja que da la perspectiva y la vida acumulada, creo que las etapas de gobiernos socialistas en España han supuesto para el país la mejor inyección de progreso, bienestar, modernidad y europeísmo que jamás hubiéramos imaginado a fines de los años setenta. Participé en esos cambios perteneciendo a los Gobiernos de Felipe González. Asistí a la expectación que levantaron los nuevos aires y las políticas de Zapatero. Y presencio con orgullo ciudadano la tarea actual del presidente Pedro Sánchez, quien de nuevo está profundizando la democracia española a través de políticas socialdemócratas que están teniendo una considerable repercusión internacional.

La izquierda tiene que evitar problemas sucesorios. Y debe recordar siempre estos versos de José Angel Valente: “lo peor es no ver/ que la nostalgia es señal de engaño/… no se tiene razón/ por haberla tenido”.

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