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Izquierda en América Latina
Tribuna
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Por una crítica de la izquierda desde la izquierda

Ha de celebrarse que surjan nuevos gobiernos progresistas en América Latina, pero acecha el estalinismo que ahoga cualquier disidencia desde sus filas y, de esta forma, la acaba equiparando al populismo de derechas

Izquierda en América Latina
enrique flores

Ante la creciente amenaza fascista que se expande como una mancha de agua desde Italia y Alemania hacia el resto de Europa, diversos partidos y grupos de izquierda —entre los que se cuentan desde republicanos y anticlericales hasta socialistas, comunistas y anarquistas— conforman grandes coaliciones para contener al enemigo común. No sin dificultades, estos Frentes Populares aumentan su influencia y llegan al poder en Francia y España, aunque, una vez allí, se ven desgarrados por las pugnas entre sus facciones. Hoy sabemos, además, que se hallaban infiltrados por pertinaces espías soviéticos que no solo buscaban controlar a sus dirigentes, sino eliminar cualquier crítica hacia Stalin y el modelo de sociedad que se empeñaba en imponer.

La consigna de los agentes del Komintern establecía que, más allá de los errores o desvíos de los partidos y gobiernos aliados de Moscú, cualquier autocrítica significaba un apoyo a los enemigos. Además de los casos de Gide, Orwell, Weill o Koestler, quienes acabarían por mostrar su desencanto hacia la URSS, granjeándose la enemistad de sus antiguos compañeros de ruta, miles más fueron acallados, denunciados, ridiculizados, denigrados o ejecutados por oponerse, desde la izquierda, a los excesos o errores de su propio campo: hasta el mínimo desvío de la línea oficial era visto como una traición que los convertía en imperialistas o fascistas encubiertos, como los infelices que aceptaron sus culpas durante los Juicios de Moscú.

Casi un siglo después, cuando América Latina vira otra vez hacia la izquierda —y Europa hacia la derecha—, el argumento estalinista se vuelve a escuchar con fuerza: cualquier crítica hacia los gobiernos progresistas desde sus propias filas se torna inadmisible. Basta que alguien se manifieste contra ciertas políticas, señale hipocresías, desaciertos o engaños de sus líderes, para que las acusaciones de servir al enemigo —ahora identificado, a vuelapluma, con el neoliberalismo— no se hagan de esperar. Como se comprobó trágicamente en los años treinta del siglo pasado, nada resulta tan perjudicial para la izquierda como la falta de este examen interno que la vuelve, a la postre, despótica.

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Sorprende, por ejemplo, que tantos simpatizantes de izquierda celebren el mapa de América Latina que, según ellos, vuelve a pintarse de un solo color: un tenue rojo que, según ellos, ilumina Cuba, México, Argentina, Bolivia, Honduras, Nicaragua, Venezuela, Chile y Colombia y, si las encuestas no fallan, muy pronto también Brasil. Semejante ejercicio responde, en el mejor de los casos, a una pobre simplificación y, en el peor, a una ceguera voluntaria. Para empezar, ni Cuba ni Venezuela ni Nicaragua son regímenes de izquierda, por más que la encarnasen en sus inicios, a menos que se la quiera asociar con la represión. Cuba es una dictadura: el injustificable bloqueo estadounidense —que no aplica a otras tiranías como Arabia Saudí— no basta para redimirla. Lo mismo puede decirse de la Nicaragua de Ortega y Murillo, dedicada a aplastar y encarcelar con idéntico celo a sus opositores. Venezuela, por su parte, tampoco podría considerarse una nación democrática. Cualquier gobierno —o persona— que en verdad se llame de izquierda no debería dejar de señalar las constantes violaciones a los derechos humanos cometidas a diario en estos lugares.

En México y Argentina nos hallamos frente a gobiernos que han articulado amplias coaliciones donde lo mismo caben la extrema izquierda que sectores reaccionarios, a los que se han sumado miembros de las antiguas y detestadas élites priístas y peronistas, con resultados desiguales. La apuesta por militarizar la seguridad pública coloca al Gobierno de López Obrador cada vez más cerca del populismo de derechas. Tras un periodo de profunda inestabilidad, Bolivia y Honduras apenas recuperan cierto rumbo, mientras que Perú se halla sumido en el caos debido a la impericia de su presidente. En este escenario, apenas Chile, con su nueva generación de líderes —y a pesar del rechazo al proyecto de nueva Constitución—, y Colombia, aunque aún sea pronto para decirlo, representan una sólida esperanza para la izquierda latinoamericana.

¿Cuál es el baremo para juzgar cuáles gobiernos son auténticas opciones de izquierda? Los agruparía, básicamente, en tres rubros: políticas sociales y recuperación del Estado de bienestar; políticas de redistribución y combate a la desigualdad —que han de contemplar una reforma fiscal que tase a los más ricos—; y una rigurosa agenda de derechos ciudadanos, con un énfasis en la recuperación del Estado de derecho, la igualdad de género, la diversidad sexual, étnica y lingüística. Dejando de lado a Cuba, Nicaragua y Venezuela —que, insisto, son regímenes autoritarios—, y el impasse peruano, en los demás países de la región ha habido tantos avances como retrocesos. En el caso mexicano, por ejemplo, mientras, por un lado, hay que celebrar los apoyos a sectores tradicionalmente marginados y el importante aumento al salario mínimo, resulta imposible no deplorar la inclemente austeridad —típicamente neoliberal—, el desdén hacia la sociedad civil, la ciencia y la cultura o el cada vez mayor auge militarista. En otros países, el balance resulta igual de incierto.

El neoliberalismo ha ido una ideología tan escurridiza y perniciosa que contamina incluso a quienes se jactan de aborrecerla. Si a ello se suma que, a fin de llegar al poder y conservar su popularidad, numerosos líderes coquetean con el populismo de derechas —los extremos se tocan y resulta difícil distinguir a Maduro y Ortega de Bukele y Bolsonaro—, una crítica a la izquierda desde la izquierda se vuelve indispensable. Por desgracia, parecería que es lo que menos ansían algunos de nuestros gobernantes: cada mañana, López Obrador —para retomar el caso mexicano— acusa a activistas de derechos humanos, feministas, columnistas y periodistas asociados con la izquierda de haberse vuelto conservadores solo porque no tolera la menor indisciplina.

Es la misma táctica que recomendaban los manuales del Komintern: polarizar al máximo a la sociedad para que esta se divida en dos campos antagónicos, de modo que, si no estás con nosotros, estás con ellos. Las redes sociales se dedican, como antes los panfletos comunistas, al trabajo sucio: a la menor crítica al líder en turno llueven las acusaciones de añorar a los gobiernos del pasado, de actuar por rencor al haber perdido privilegios o de venderse al enemigo. Este maniqueísmo sirve, de idéntica manera, a la derecha opositora, ansiosa por reclutar entre sus filas a cualquier crítico de sus rivales, aunque no simpatice con sus ideas. El pavoroso escenario de los años treinta del siglo XX no debería repetirse: si la izquierda no acepta la crítica desde la izquierda se convierte en aquello que aspira a combatir.

Ha de celebrarse que en muchas partes de América Latina las antiguas oligarquías conservadoras, empeñadas en mantener sus privilegios desde tiempos ancestrales, y de sumir a sus sociedades en la desigualdad y la violencia, al fin sean apartadas del poder. Pero ello no significa darle carta blanca a los regímenes que se proclaman progresistas sin serlo. A ellos les corresponde no solo admitir la crítica entre sus filas, sino propiciarla con denuedo, pues se trata de un elemento crucial para crear sociedades más justas, más igualitarias y más libres. El siglo XX nos enseñó con creces que, cuando la izquierda pierde su voluntad crítica, extravía su alma.

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