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TRIBUNA

Inclinado ante el emperador

Trump celebra el aniversario de su elección con reverencias y elogios desmesurados a Xi Jinping. El presidente de EE UU se aferra a Pekín para resolver la amenaza nuclear norcoreana

Donald Trump y Xi Jinping, el 9 de noviembre en Pekín.
Donald Trump y Xi Jinping, el 9 de noviembre en Pekín. (REUTERS)

Justo un año después de su elección, Donald Trump ha paseado y cenado con Xi Jinping en la Ciudad Prohibida, el palacio imperial donde los emperadores chinos recibían el homenaje de sus súbditos y de los enviados extranjeros en la ceremonia compleja y humillante del kowtow.

El acto de sumisión ceremonial al emperador tenía muchas modalidades, con variaciones en el número de reverencias e incluso en su intensidad, hasta llegar a dar con la frente en el suelo. Nadie podía sustraerse a ella, ni siquiera los enviados de los monarcas europeos, vasallos del hijo del cielo en la imaginación mitológica del imperio del centro.

Donald Trump acaba de practicar con Xi Jinping una modalidad posmoderna y ligera del kowtow. Si hace un año acusaba a China de ladrona de puestos de trabajo estadounidense, y de manipuladora de su moneda para incrementar su superávit comercial con EE UU, ahora ha endosado a los presidentes que le precedieron la responsabilidad del enorme desequilibrio en la balanza comercial a favor de China. Además, ha reconocido que no podía descalificar a la superpotencia por aprovecharse de la mala política comercial de su país.

No le ha bastado la denigración de sus antecesores para disculpar al rival estratégico, sino que además se ha deshecho en elogios y lisonjas personales hacia Xi, “un hombre muy especial”, a quien ya piropeó hace unas semanas por la “gran victoria política” obtenida en su reelección como secretario general del Partido Comunista. Trump no ha recibido ni un solo gesto de reciprocidad por parte del líder chino, perfectamente consciente de lo que busca alguien tan sensible a los elogios como es el presidente estadounidense.

El Washing­ton trumpista en su primer año sintoniza mejor con la monarquía saudí y la dictadura china que con Occidente

Nada se entendería de la política china de Trump sin la peligrosa crisis que se le ha abierto en la península de Corea, donde la escalada nuclear del régimen de Pyongyang está a punto de resolverse de forma muy adversa para Washington, pues se enfrenta al dilema de escoger entre la consolidación de una potencia atómica con capacidad de alcanzar territorio estadounidense o entrar directamente en una confrontación armada de altos costes en vidas y en inestabilidad geopolítica.

Obama ya se lo advirtió cuando llegó a la Casa Blanca: Corea del Norte era el problema más espinoso que le dejaba encima de la mesa. Trump apenas le hizo caso, como demuestra la frívola incontinencia verbal y tuitera con que se ha expresado durante todo su primer año presidencial, amenazas incluidas, respecto a Kim Jong-un, mofándose también de los esfuerzos diplomáticos de su secretario de Estado, Rex Tillerson.

La resolución del dilema deberá producirse en los próximos meses, según señala un sombrío informe del Congreso de EE UU del pasado 27 de octubre. En el documento, se analizan todos los escenarios bélicos para liquidar el arsenal norcoreano, desde bombardeos aéreos hasta la invasión terrestre, para evitar que alcance una capacidad nuclear disuasiva que obligue a su aceptación de facto y a un equilibrio del terror, como sucedió con la Unión Soviética al principio de la Guerra Fría.

Queda una oportunidad, pero está en manos de China, el único país que puede influir sobre Corea del Norte con una combinación de sanciones y presión política. Si esta vía fracasa, Trump se enfrentará a la obligación de tomar la gravísima decisión de ordenar la destrucción del arsenal nuclear norcoreano, operación que requiere una invasión terrestre, según el Pentágono, y que puede ocasionar decenas de miles de víctimas civiles solo en los primeros días.

China puede influir en
Corea del Norte con sanciones y presión polí-
tica. Si esto fracasa, EE UU tendrá que tomar una grave decisión

Estamos en el umbral de lo impensable, en puertas de un peligro bélico de dimensiones desconocidas. También era impensable la elección de Trump hace un año, y este es el dato central del año transcurrido desde los comicios. El balance empieza en el momento mismo en que todos los aventureros del mundo reciben el mensaje estimulante de que la primera superpotencia ha caído en manos de uno de ellos, y de que cualquiera de las locuras políticas imaginables puede abrirse camino en el nuevo mundo trumpista, al menos en el territorio de los mundos paralelos o de las fake news (esas noticias falsas que tanto rendimiento dan a los movimientos populistas).

Trump no es consciente del acto de vasallaje que acaba de hacer en Pekín, entre otras razones porque cree que puede desmentirse inmediatamente. En su idea de la política, todo es instantáneo y se organiza en torno a la apariencia, como ocurre en los espectáculos televisivos. Gobernar es firmar decretos solemnemente en el Salón Oval o intercambiar sonrisas con Xi Jinping en la Ciudad Prohibida ante las cámaras. Lo que suceda luego con el decreto o lo que salga de las conversaciones tiene escasa importancia. Trump jamás se ruboriza por desmentirse y siempre lo resuelve descalificando a los otros. Su palabra va mucho más allá de las fake news. Es inconsistente, ajustada solo al instante. Solo Twitter le permite ser así. Él y la red social están hechos el uno para el otro.

Pero el kowtow de Trump no es un gesto volátil, sino una expresión del retroceso de Washington en la dirección de los asuntos mundiales desde hace un año y de la ventana de oportunidad que se le ha abierto a China, y en concreto a su presidente Xi Jinping, para acortar la distancia que les separa todavía, hasta conseguir, a mitad del siglo XXI, el relevo como superpotencia. Los lemas trumpistas America first (América primero) y America great again (America otra vez grande) significan, al parecer, ceder gentilmente el paso a China y hacerlo también en el plano de las ideas y de los valores, en el que EE UU consiguió sus victorias más resonantes en el siglo XX.

La elección de Trump hace un año es parte de la desoccidentalización del mundo. El mundo trumpista está más cerca de Putin, Erdogan, Xi Jinping y Mohamed bin Salman que de sus aliados occidentales, Merkel y Macron. Es autoritario y plutócrata, nacionalista y xenófobo, extremista y polarizado, inseguro y selvático. No se construye con alianzas y acuerdos basados en valores e intereses compartidos y guiados por una visión estratégica más o menos común, sino por los más brutales intereses inmediatos, los deals o contratos comerciales, auténticas transacciones entre negociantes poderosos.

Desde hace un año, el riesgo de guerra ha aumentado, en Oriente Próximo —donde ya es una realidad— y en Corea, con la eventualidad de un ataque nuclear, que sería el primero desde 1945. También ha aumentado el riesgo de proliferación, sobre todo por el boicoteo de Trump al acuerdo con Irán. Las alianzas de seguridad se han aflojado y el multilateralismo —madre de todos los avances en el último medio siglo— ha recibido un severo revés. Lo peor, sin embargo, es el mal ejemplo y el estímulo para aventureros, vigentes desde el 8 de noviembre de la elección presidencial e incluso antes, el 20 de julio de 2016, cuando fue nominado candidato del Partido Republicano, el viejo y gran partido de Abraham Lincoln.

The Washington Post ha contabilizado más de 1.300 mentiras o tergiversaciones de Trump desde su elección (un promedio de cuatro mentiras al día), en un país donde la mentira ha llevado a la apertura de procesos de destitución de dos presidentes. Que Trump ocupe el cargo todavía y no haya sido depuesto por el Congreso dice mucho y mal de la sociedad que le permitió llegar a la Casa Blanca y le ha mantenido hasta ahora en el poder. Pero esto tampoco dice mucho a favor del mundo que tiene en él a un líder y maestro de perversión política.

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