Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Turquía baila sola

El país parecía destinado a convertirse en una potencia regional modélica, pero se le ha atragantado se estrategia exterior

Una mujer kurda en una manifestación el 14 de marzo para pedir la excarcelación de Abdulá Ocalan, líder del PKK. AFP

De tener mil pretendientes a encontrarse bailando sola en un entorno hostil. Esa es la incómoda situación de Turquía en Oriente Próximo. Hace tan solo cinco años Turquía creía tener ante sí una de esas oportunidades que pasan una vez en la vida. Dentro y fuera del país se decía que iba a ser un modelo para las jóvenes democracias árabes y que incluso se convertiría en un nuevo líder regional. Ahora, cuando los turcos miran hacia el sur ya no ven una oportunidad sino un foco de problemas. Vecinos hostiles, centenares de kilómetros de frontera controlados por milicias kurdas o por la organización Estado Islámico, Bachar El Asad en plena campaña de rehabilitación internacional y un Irak en descomposición. Del sur ya no llegan contratos e invitaciones sino refugiados (2,7 millones de sirios, según ACNUR) y también amenazas en forma de terrorismo y conflicto sectario.

Para Turquía, 2011 fue un paréntesis o, peor aún, un espejismo. En 2013 todo se torció. El que iba a ser su gran aliado regional, el Gobierno islamista de Mohamed Morsi en Egipto, fue expulsado del poder tras la intervención del Ejército. En Siria, el conflicto tomó un tinte cada vez más sectario y adquirió un alcance regional con la participación directa de Hezbolá y el apoyo de casi todas las potencias regionales a alguno de los grupos en combate. En ese contexto Turquía podía acercarse a una Arabia Saudí que intentaba articular un bloque suní pero a expensas de ponerse en contra a Irán, un poderoso vecino del que depende para su suministro energético y con el que tiene fuertes lazos comerciales. Y no olvidemos que 2013 fue también el año de las masivas protestas de Gezi. La represión contra los manifestantes hizo que Turquía, en general, y Erdogan, en particular, perdieran popularidad entre los activistas y la sociedad civil del mundo árabe. También dio la excusa a los autócratas de la región para decirle a Ankara que dejase de darles lecciones.

Lo que empezó a torcerse entonces ha ido de mal en peor. El conflicto sirio ya es global y Turquía está directamente enfrentada con Rusia. Esta rivalidad se hizo evidente el pasado mes de noviembre con el derribo de un cazabombardero ruso que había entrado en espacio aéreo turco durante 17 segundos. No fue solo una represalia por la violación del espacio aéreo, sino un intento por parte turca de decirle a Moscú que estaba traspasando demasiados límites en su apoyo a El Asad. Los turcos esperaban un respaldo unánime de sus socios de la OTAN. Y respaldo hubo, pero no fue entusiasta. Recordemos que, tras los atentados de París, Francia estaba llamando a las puertas del Kremlin para luchar conjuntamente contra el Estado Islámico y que Obama necesitaba a Putin para encontrar una salida política al conflicto sirio. Para acabar de rematar ese sentimiento de aislamiento, sólo faltaba el apoyo que, con intensidad distinta, tanto rusos como norteamericanos están brindando a los kurdos sirios del PYD. Un grupo que Ankara describe como una franquicia del PKK (el Partido de los Trabajadores del Kurdistán) y, por consiguiente, como una amenaza directa para su seguridad.

A Turquía se le han ido acumulando los problemas, dentro y fuera de casa. Oriente Próximo se le ha atragantado. Su estrategia no ha dado los frutos que esperaba, sus aliados no han respondido como ella querría y el país sufre unos niveles de terrorismo, violencia y tensión social que no se veían en décadas.

En esas estalla la crisis de los refugiados y, por fin, alguien vuelve a verla como un socio imprescindible. Estos días Europa ha dado muestras de desesperación y a Turquía le ha faltado tiempo para ofrecerle una tabla de salvación. Ante los europeos, Turquía se muestra firme y poderosa pero se sabe débil en Oriente Próximo y teme verse sola. La necesidad es mutua, pero los turcos disimulan mejor.

Eduard Soler i Lecha es coordinador de investigación en el CIDOB, think tank dedicado al estudio, la investigación y el análisis de temas internacionales.

Más información