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Hungría vuelve a cerrar la estación de Budapest a los refugiados

El único de tren con exiliados que ha partido ha sido desalojado en una ciudad cercana

Refugiados en Budapest
Refugiados en la estación Keleti en Budapest, el 3 de septiembre de 2015.

Hungría se ha convertido en una trampa para miles de refugiados que, huyendo de Siria y otros países en conflicto, pretenden alcanzar la frontera alemana. La peor crisis migratoria después de la II Guerra Mundial se palpa en la estación internacional de Keleti, en el centro de Budapest. Este jueves 2.500 refugiados continuaban acampados, en condiciones de miseria, en los andenes y los alrededores. Sin información y sin apoyo informativo o logístico oficial, cientos de migrantes fueron trasladados bajo engaño a un campo de acogida cuando creían viajar hacia Austria.

Keleti y sus alrededores son un enjambre de refugiados. Sus historias se repiten. Son sirios, dicen en su mayoría, y han llegado aquí después de varias semanas de viaje por Turquía, Grecia, Macedonia y Serbia. La alcaldía de Budapest ha instalado media docena de retretes portátiles en la plaza de la estación, pero tanto estos como los fijos están encharcados y huelen a orines.

Toda la zona desprende un hedor desagradable. Es un lugar ya insalubre donde se amontonan tiendas de campaña y gente que vive entre desperdicios durmiendo al raso. Y hay muchos niños. Muchísimos. Duermen en el suelo, sobre una manta o un edredón, junto a sus padres y hermanos. A veces, ajenos a la tragedia que protagonizan, juegan al balón y disfrutan de los peluches que les han dado los voluntarios de Migration Aid, una organización local a todas luces desbordada que este jueves pedía a la ciudadanía sacos de dormir, agua, zumos, fruta y colchonetas de cámping. En las embajadas, de manera espontánea, se han generado grupos de apoyo. “Necesitamos mantas. Las noches va a empezar a ser muy frías”, dice un diplomático español.

El desconcierto es general. A primera hora de la mañana, la policía abandonó la estación y cientos de refugiados se precipitaron a los andenes. Unos 300, entre forcejeos y niños empujados a través de las ventanillas, lograron entrar en un viejo intercity con destino a Sopron, localidad húngara próxima a la frontera con Austria.

Tras horas de espera, el tren, abarrotado, paró a solo 40 kilómetros, en Bicske, donde hay un centro de acogida. Allí, hubo más forcejeos. Esta vez contra los policías. No quieren quedarse en los campos húngaros. En Budapest, otros tantos seguían dentro de otro intercity en la creencia de que marcharían a Sopron. Finalmente, al mediodía, la policía los desalojó y echó a todos de la estación. El hacinamiento en el exterior fue aún más denso, aún más penoso. A veces, es difícil no pisar a alguien al caminar por la plaza o la explanada inferior que une la estación con el metro.

Fuera, la familia Mahir (padres y cuatro hijos) descansaba este jueves sobre un edredón extendido en el suelo. Am Nur solo tiene diez años, pero parecía entretenida jugando con sus hermanos pequeños de siete y cinco años. Rahma, la mayor, de 13 años, permanecía sentada, modosa, con la cabeza cubierta, junto a sus padres. La familia proviene de la ciudad siria de Deir ez-Zor. Los seis mantienen en situación tan difícil un porte de dignidad, como tantos otros.

Los cinco campos de acogida húngaros solo tienen capacidad para un máximo de 8.000 refugiados. Es una capacidad ridícula para la avalancha que llega a este país de menos de diez millones de habitantes. ACNUR calcula que ya han entrado más de 150.000. Solo este jueves se sumaron 2.061, entre ellos 353 menores, según datos policiales. Pero Budapest es una trágica estación de tránsito.

Sobre una de las grandes paredes que hay en la entrada del metro, alguien ha escrito en grandes letras: “Siria. SOS. Quiero ir a Alemania (por favor). Ayúdanos, Angela Merkel”.

Un empleado de los ferrocarriles da explicaciones a los turistas. Son suizos, austriacos, alemanes... Aseguraba que no sabía cuánto tiempo quedaría cerrada la estación. Por la tarde, limpia de refugiados, recobraba en parte su ritmo, pero seguían cancelados los convoyes hacia Austria y Alemania.

Los refugiados, parecen, sin embargo, decididos a permanecer en este lugar a la espera. Hungría no quiere que se queden. El 66% de la población húngara considera que los refugiados representan un peligro para el país.

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