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COLUMNA

Un mundo de nadie

El siglo XXI no pertenecerá ni a Estados Unidos, ni a China, ni a ningún otro poder

El presidente de EE UU, Barack Obama, aborda el Air Force 1.
El presidente de EE UU, Barack Obama, aborda el Air Force 1. AFP

La cumbre del G-20 en el extraordinario paisaje desértico y turquesa de Los Cabos, en Baja California Sur (México), ha confirmado el estado de estupor que vive el mundo, sin nadie al timón. Pasmo en el sentido que le da el diccionario de la RAE: “Admiración y asombro extremados, que dejan como en suspenso la razón y el discurso”. El presidente de la Reserva Federal de EE UU, Ben Bernanke, confirmaba el estupor ciudadano con esta sorprendente afirmación: “La situación no es enteramente clara. Necesitamos más información sobre el estado de la economía, acerca de dónde van las cosas y sobre lo que está ocurriendo en Europa”. ¿La FED no lo sabe? El solsticio de verano trae la respuesta a la pregunta de cómo sería el mundo sin una superpotencia. Han bastado dos días en el paraíso mexicano para comprobar que el bloque euroatlántico, lo que hemos convenido en llamar Occidente, ya no lleva la batuta mundial. La presidencia de Obama pasará a la historia por ser la primera que comenzó a admitir el declive de la única superpotencia capaz todavía de ejercer, cada vez con mayor intermitencia, un papel global. El presidente demócrata no acaba de relanzar la economía de EE UU, asomada a un precipicio fiscal mayor que el que afronta Europa. Es difícil mantener la preeminencia mundial con una economía que ya no soporta las guerras exteriores y un despliegue militar urbi et orbi. El historiador británico Paul Kennedy ya explicó muy bien, en Auge y caída de las grandes potencias (DeBolsillo), cómo desaparecieron los imperios históricos, el español primero, cuando no fueron capaces de sostener el coste económico de su grandeza.

A Obama le espera una elección en solo cuatro meses que no tiene asegurada, según él, sobre todo por el siete provocado por la recesión europea en la primera economía del mundo. Es la globalización: España, Italia o Francia no compran los taladros de Milwaukee o las cosechadoras de Peoria, lo que impide que el paro baje del 8%, cifra con la que ningún presidente ha sido reelegido. Estados Unidos ya no es la gran potencia continental aislada del mundo por los dos océanos, el Pacífico y el Atlántico, inmune a los impactos del exterior. En este contexto de debilidad económica e incertidumbre electoral, la América de Obama no ha podido imponer su voluntad en el G-20. Su influencia es limitada.

Primero a la rocosa Merkel, que no quiere saber nada de estímulos keynesianos sin lograr antes una unión política y fiscal de la Unión Europea; tampoco al autócrata Putin, que exige ser tratado como líder de una gran potencia y no cede en su apoyo al presidente sirio, El Asad, impidiendo el reinicio necesario de la relación Washington-Moscú; ni está Obama en condiciones de dictar conductas a los países emergentes que hasta ahora han aguantado con su crecimiento el desfonde a una recesión global, pero comienzan a flaquear ante la debilidad de Europa y EE UU. Pero China, Brasil, Rusia, India y México todavía son capaces de reforzar con 83.000 millones de dólares la caja del FMI. Se anuncia un nuevo equilibrio de poder en las instituciones nacidas tras la última guerra mundial. Latinoamericanos y asiáticos, antaño víctimas de los drásticos ajustes del FMI, contemplan cómo hoy les toca someterse a los pobres europeos. El mundo al revés.

China, en periodo de renovación de la cúpula dirigente, está amenazada por la corrupción política, el aumento de la contestación ciudadana y un modelo de crecimiento impulsado por el Estado que muestra sus límites y pone en peligro la armonía social. La disminución de las exportaciones chinas y, en contrapartida, el descenso de su devorador apetito de materias primas debilita el crecimiento de otra gran potencia como Brasil. India, el otro gigante asiático, la mayor democracia del mundo, ha frenado su crecimiento a la mitad, víctima de un Estado decrépito y de unos políticos incapaces de realizar las reformas necesarias para sacar de la extrema pobreza a 300 millones de habitantes.

El mundo occidental manifiesta su impotencia, pero no aparecen las alternativas capaces de asumir el relevo. Estaríamos ante un nuevo paradigma en el que los poderes emergentes no aceptarán la autoridad occidental como hasta ahora, pero tampoco convergerán hacia nuestros valores; un mundo sin centro de gravedad o un guardián global claro que requerirá más consenso y tolerancia de las diferencias, con valores en conflicto y múltiples caminos hacia la modernidad y la prosperidad. El siglo XXI no pertenecerá ni a EE UU, ni a China, ni a ningún otro poder. En definitiva, caminamos hacia un mundo de nadie, según explica el profesor norteamericano Charles A. Kupchan en su sugerente No one’s world (Oxford University Press). Aún nos toca seguir viviendo peligrosamente.

fgbasterra@gmail.com