En las marismas de la historia

En esta tercera entrega, los expertos navegan por el vientre de Irak, a través de los humedales del sur llenos de tumbas milenarias y zigurats que apuntan al cielo

Ur, 26 de octubre de 2011

Cuando el coche arrancó, precedido por un vehículo militar, supimos que finalmente íbamos a Ur. La Dirección General de Antigüedades, temerosa por nuestra seguridad, y sospechando del jefe de policía local, cambia constantemente los planes (como, por otra parte, había recomendado la Embajada de España), y nos conduce hacia el yacimiento no previsto, pidiéndonos que no comuniquemos a nadie en Irak nuestro programa.

Apenas dejamos a nuestra izquierda la gigantesca base militar norteamericana de Talil, bajo el ruido atronador de un avión y dos helicópteros que sobrevuelan a baja altura, casi constantemente el área, la carretera enfila directamente hacia el zigurat de Ur.

En fotos, la reconstrucción parcial de principios de los años sesenta, apenas. En el lugar, se revela necesaria, acertada, y no evoca en absoluto un decorado. Las técnicas empleadas fueron las mismas que se habían seguido cuatro mil cien años antes.

Destaca desde lejos en medio de un paisaje árido, cubierto de arcilla reseca. A sus pies, en el ángulo izquierdo, los restos de la última trama urbana sumeria conservada. Emociona lo que el arqueólogo Woolley bautizó, en los años veinte, como Straight Street: un callejón muy estrecho, de poco más de un metro de ancho, entre los muros (de un metro de altura, más o menos) de viviendas construidas alrededor de un patio, a las que se accede por una, quizá dos entradas.

Únete ahora a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites
Suscríbete aquí

Caminando por el callejón, se llega a tener la misma sensación que una medina produce hoy: un espacio agobiante, en el que es fácil perderse, como si uno se abriera camino entre riscos, pero, sin duda, más fresco que el exterior. Hoy Ur está en medio del desierto. Antaño, se hallaba en una península bordeada por el Éufrates y un afluente, y estaba, quizá recorrida por uno o varios canales, invisibles hoy. Pese a la presencia del agua, el desierto, que hoy invade Ur, se hallaba cerca. Se diría que las primeras ciudades, en Sudamérica (Perú), el valle del Hindus, y en Sumer, se construyeron en la confluencia de ríos y desiertos o páramos áridos. Quizá las ciudades respondieran no solo o tanto a una necesidad económica o sociológica (el intercambio de bienes y mujeres, el control del territorio), sino "emocional" o psicológica: la necesidad de sentirse amparado en un territorio tan hostil, carente de límites, en los que la vista se pierde, así como el equilibrio.

La ciudad sería el resultado de la necesidad de vivir juntos, dando la espalda al árido infinito, cuya dureza, cuya inhumanidad; a las poderosas aguas del Éufrates, difíciles de atravesar, lentas como el paso de los siglos y violentas en ocasiones como un animal hambriento o acorralado, acrecentaban, bajo un cielo pardo y gris, desdibujado por las nubes -de aquí a poco empezarán las lluvias- y el polvo en suspensión.

Desde la cumbre se descubre, con sorpresa que el núcleo del zigurat está hecho de adobes macizos, separados, cada metro, por una capa de alquitrán sobre una capa de ladrillos cocidos, y por finas capas de cal, también impermeabilizante, situadas también cada metro. El perímetro exterior del zigurat y las terrazas son de gruesas capas (unos dos metros) de ladrillos cocidos unidos con alquitrán mezclado con paja, recubiertos con el mismo material. La construcción está en perfecto estado, si bien los adobes se van deshaciendo con las lluvias y las tormentas de arena.

A un centenar de metros, en una área vallada, las tumbas reales de Ur. Están siempre cerradas. Se prohíbe el acceso, en parte por su insegura condición. Se ha logrado, empero, recorrerlas. Dos tumbas se abren a lado y lado de un pozo -por el que se desciende por una escalera de madera actual-. A partir de media altura, dos rampas escalonadas apuntan hacia las entradas de cada tumba: un gigantesco arco de medio punto protege la puerta de la celda. El espacio interior tiene unos diez metros de largo; posiblemente sea más alto. Está cubierto por una bóveda de medio punto de ladrillo en perfecto estado. Los muros también son de ladrillos, cubiertos por una gruesa capa de salitre.

Se conservan en las paredes los hoyos en los que se empotraban las cabezas de las vigas de madera por las que transitaban los constructores para levantar muros y bóveda. Esta se logra mediante la superposición de ladrillos retranqueados: el superior avanza con respecto al inferior. En las paredes sobre las que se apoya la bóveda, que recuerda a una nave invertida -maquetas de barcas acompañaban al difunto en su tránsito al más allá, como las hermosísimas depositadas en el Museo de Bagdad-, se intuyen arcos de descarga.

Las tumbas fueron construidas hace cuatro mil seiscientos años, casi antes que las pirámides de Egipto. No son comparables con ninguna otra tumba sumeria. Mas, incluso en el esplendor de su tamaño y perfección, evocan una concepción de la morada eterna similar a la terrenal: cálida, sin alardes ni ostentación, como si la vida, aquí y en el más allá no mereciera atenciones que la equipara con la de los dioses. Las tumbas no son muy distintas que las casas de juncos de las marismas, también cubiertas con bóvedas alargadas, que ya se construían hace cinco mil años.

Tan solo el ladrillo sustituye al junco; pero toda la tumba parece un admirable trabajo de cestería. El descenso a través del juego de rampas y escaleras, que descienden alrededor de un gran patio central, evoca bien el regreso a un vientre materno, a la sombra del zigurat que ofrece el movimiento contrario, ascensional, solo apto para los dioses cuando, habiendo descendido entre los hombres, querían regresar a su morada eterna. Los movimientos que el zigurat y las tumbas suscitan construyen bien el imaginario mesopotámico. Los humanos nada tienen que ver con las divinidades; y los encuentros temporales en la tierra se clausuran en la hora final.

A lo lejos, los estrafalarios y temibles vehículos militares norteamericanos siguen retirándose hacia el sur.

El puerto de la ciudad de UR, 28 de octubre de 2011

Y de pronto lo vimos.

Llevábamos dos días buscando uno de los dos puertos de Ur. Situado en el lado oeste de la ciudad, dando a la parte trasera del zigurat, cuesta reconocer el área, a la que no se nos permitió el acceso el primer día, al estar desprotegida, lejos de la vigilancia de los soldados y policías que nos acompañan.

Ur era una ciudad fluvial dotada de dos puertos, dando al río Éufrates y a un afluente. Situada sobre una península, en la confluencia de dos anchurosos ríos, como la ciudad actual de Lyon, en Francia, el agua parecía rodearla. El mar estaba cerca. Es posible que al menos un canal cruzara la ciudad y uniera ambos puertos. Se ha llegado a suponer que, al igual que en Uruk, se accedía a Ur en barca y se podía recorrer la ciudad a través de canales, hoy desaparecidos, si es que existieron.

El arqueólogo inglés Woolley, en uno de los planos coloreados a gran escala que mandó trazar (hoy en los archivos del Museo Británico de Londres), señaló la presencia de este canal que formaba un ángulo recto y rodeaba el zigurat.

Desde 2003, gracias a las precisas fotos aéreas militares, los arqueólogos norteamericanos han reconocido o creído reconocer la ubicación de los puertos y de canales. El arqueólogo francés Jean-Louis Huot sostiene, sin embargo, que se ve lo que se quiere ver. Hoy, los arqueólogos norteamericanos han decidido reconocer la existencia de canales.

Desde el suelo nada se ve. En fotos de Google Earth, se perciben zonas más oscuras que otras, que corresponden a la ubicación de los puertos, según Woolley, y franjas oscuras que recorren el yacimiento. Según Huot, podrían ser canales, calles, o vaguadas; y estos no tienen por qué ser de época sumeria o neosumeria (tercer milenio aC).

La existencia de canales es por tanto, discutible. Algunos estudiosos, incluso, se preguntan acerca de la realidad de los puertos.

La misión de reconocimiento del Museo Británico, en junio de 2008, duró dos horas; algunas zonas solo fueron observadas desde el helicóptero militar. Y no llegaron hasta la zona del puerto.

Pero uno de los "puertos" existe. Existe porque lo vimos; o lo imaginamos. En el yacimiento, en una de las pendientes del tell, se abre una boca, rodeada de montículos y estructuras arruinadas de ladrillos, que evoca un puerto.

Éste da al río.

Pues vimos el río. Aunque Ur esté rodeada por el desierto, desde el "puerto", de súbito, se descubre (el amplio cauce de) el Éufrates, nítidamente marcado, con la otra orilla -desde la cual empieza una zona fértil, agrícola, que contrasta con el paisaje desértico circundante- perfectamente trazada, que va rodeando el tell sobre el que se ubica Ur, continuando, a lo lejos, detrás del zigurat.

¿Vimos o soñamos el puerto, y el potente río? Existe porque nos lo imaginamos. Las creaciones de la imaginación no son contestables. Existen mientras se crean en ellas. Y su "realidad" es mayor que la información brindada por los sentidos. Mientras la realidad no despierte nuestra imaginación, de algún modo, no tiene verdadera existencia; nada nos dice; solo nos dice que (no) es nada.

El área del barrio "portuario" está en mucho peor estado que cuando fue excavado a finales de los años veinte. De nuevo, la erosión y las aguas han derribado lo que la tierra había preservado.

Woolley llamó a la callejuela que cruza el barrio Gay Street, seguramente para evocar ("victoriamente") el bullicio de una zona portuaria, en la que se cruzaban mercaderes, negociantes, transportistas, vendedores y lugareños. Gay Street apenas se reconoce. Pero sí se tiene la impresión de una zona densa y desordenadamente construida, ubicada en una zona levemente empinada, dando la espalda a la ciudad -como si de un barrio secreto se tratara, o se hubiera buscado camuflar lo que tenía "lugar", operando discretamente, lejos de los ojos de dioses y sacerdotes-, en la que unos edificios debían elevarse por encima de los que se hallaban situados más cerca del "puerto", y se intuye, por lo angosto de la callejuela, y los espacios constreñidos -que tanto contrastan con las amplias y despejadas áreas sagradas, situadas a la izquierda del acceso al zigurat-, que el puerto y el barrio circundante, abocados a un río tan potente -el tiempo no ha borrado el imponente lecho-, tuvieron que ser una de las zonas más pobladas y llenas de vida de la ciudad, desde la que las zonas entregadas a los dioses, no se descubren o aparecen empequeñecidas. De algún modo, el barrio de Gay Street, y el puerto, eran de exclusiva humana incumbencia. Quizá en el puerto de Ur se fue generando el ágora griega: allí donde los hombres ya no negocian con los dioses.

Las Marismas, o las Aguas de la Sabiduría (Abzu), 29 de octubre de 2011

En 1995, el presidente Sadam Husein decidió desecar los extensísimos humedales, de centenares de kilómetros cuadrados (unos doscientos kilómetros de largo), que forman el delta de los ríos Tigris y Éufrates. Afirmaba que esta zona consumía mucha agua, necesaria para la supervivencia de Irak. También aducía que las marismas eran el refugio de los sin ley, que se oponían a sus "sabios" consejos.

Gaseó la zona, lanzó bombas de uranio empobrecido (lo que la coalición internacional que ganó la primera Guerra del Golfo permitió, pues creaba una zona de separación con Irán), y empezó a levantar barreras en los innumerables brazos de los ríos.

En 2005, una gran parte de las marismas se habían perdido. La sal, que afloraba a la superficie, era diseminada por el viento en las tierras fértiles ribereñas y las enfermedades se multiplicaron (aún hoy, la tasa de cáncer, y de malformaciones en recién nacidos, es espeluznante, como espeluznantes son las deformaciones en los supervivientes).

Desde la caída del régimen anterior, planes de salvamento han recuperado los humedales, y se espera llegar a inundar de nuevo un 80% de la superficie. Mas las aguas y la tierra, de la que se alimentan y beben las poblaciones nativas que lentamente vuelven a sus parajes, están contaminadas.

Las marismas existían ya en tiempos de los sumerios (cuarto milenio a.C.), si bien la extensión y la ubicación eran distintas, debido a las nuevas tierras creadas por los sedimentos en estos últimos seis mil años. Las marismas se han ido desplazando hacia el sur, a medida que la línea costera ha ido retrocediendo, ayudada por la bajada del nivel de las aguas del golfo Pérsico, un fenómeno sin duda natural. Las ciudades sumerias, hoy en el desierto, más al norte, se miraban en las aguas de las lagunas.

El imaginario, la mitología, la visión del mundo de los sumerios estuvieron marcados por las marismas. La materia primordial, la diosa madre creadora de la que nacieron todas las divinidades celestiales, y a cuyas orillas descendieron del cielo las primeras ciudades, era una laguna de aguas turbias, llamada Abzu: las Aguas Sapienciales, consideradas también como una gran matriz.

Sobre estas aguas reinaba el dios de la inteligencia y las artes: Enki, cuyo templo principal flotaba sobre las aguas, en la ciudad de Eridu. De las aguas cargadas de limo, Enki tomó el barro con el que modeló a los primeros seres humanos.

Hoy, el Abzu sigue siendo tierras pantanosas, en la que crecen juncos y papiros, y en cuyas islas artificiales, formadas por lechos de juncos cubiertos de barro, pastan búfalos y viven, en moradas trenzadas, ganaderos y pescadores.

Se trata de sociedades tribales, presididas por un anciano jeque. Posee una amplia casa comunitaria cubierta por una bóveda hecha de juncos trenzados, al igual que los muros en los que un trenzado menos tupido compone celosías que cubren huecos verticales coronados con arcos de medio punto. En ésta, recibe a los visitantes que, tras saludar (dando la mano derecha, un beso en la mejilla, y golpeándose levemente los hombros derechos), debe sentarse sobre alfombras, apoyándose en los muros perimetrales, cuidando de no mostrar las plantas de los pies a los demás (un signo casi de violencia), mientras aguarda que sirvan té azucarado. Los viernes, los hombres -solo los hombres están autorizados a penetrar en la casa comunal-, rezan en dicho lugar.

Las comidas se toman en el suelo. Todos los platos, bebidas y fruta se disponen en bandejas colectivas sobre esterillas o alfombras. Los comensales, siempre hombres, se sientan sobre los talones. Comen con la mano derecha -lo que para los zurdos constituye un problema, pues no siempre se permite utilizar la mano izquierda-. La comida se ingiere directamente con los dedos, o se coge con pan de pita recién horneado (en los restaurantes más modernos, al igual que en las casas de las ciudades del sur, también se come con los dedos, pero la comida se dispone en mesas). Al mediodía se suele comer pescado hecho en un horno alimentado con boñiga de búfalo. Puesto que el pescado da sed, se toman dátiles muy hechos y dulces, que evitan tener que beber demasiada agua. Finalmente, la mano derecha se limpia con una corteza de naranja, cuyos gajos constituyen el postre, antes de un té fuertemente azucarado. A la salida, tras volver a calzarse, un niño tiende un recipiente plástico, con agua caliente, para lavarse las manos. El agua se recoge en una palangana, sin que sepamos qué se hace con ella.

Una vez que los invitados, y los hombres en general, han comido, los restos son llevados a una sala vecina y más pobre para ser servidos a las mujeres y los niños.

Las mujeres pescan, llevan las barcas, acarrean fajos de juncos con los que dan de comer al ganado, cocinan y limpian.

Tienen que ir siempre veladas.

Hombre y mujeres se suelen casar a los catorce años. Las mujeres viven en las casas de los suegros. Estos, en función de sus ingresos, amplían la casa familiar para acoger a las nuevas familias. Tener doce hijos, a los cincuenta años, no es insólito.

Incluso en círculos universitarios, fuera de Bagdad, sobre todo en el sur, se piensa que las mujeres tienen que tener una libertad y una formación limitadas. Incluso los pisos más modestos recién construidos deben disponer de una zona, cercana a la puerta de entrada, para hombres e invitados, separada de la zona de las mujeres. Éstas pueden ir con la cabeza descubierta, en casa, siempre que no las vea nadie fuera del círculo familiar. En caso de contacto visual imprevisto, esconden la cabeza debajo de la mesa o huyen, se desvanecen detrás de puertas. No suelen salir al exterior.

No es extraño que un joven tenga varias prometidas, algo lógico ya que, debido a las sucesivas guerras, desde 1980, la población femenina triplica a la masculina.

El Gobierno norteamericano pensó que, derribando al gobierno de Sadam Husein, prohibiendo al partido Baaz, y entregando el poder a iraquíes opuestos al Gobierno anterior, que vivían desde hacía decenios en el extranjero, sin contacto con la realidad iraquí, la democracia se impondría.

Hoy, la sociedad iraquí está deshecha, campea la corrupción, la policía no es de fiar; se priman proyectos faraónicos con presupuestos por las nubes, mientras trabajos modestos de mantenimiento o rehabilitación del espacio público y de los servicios básicos, que pocos beneficios generan, están abandonados o no son prioritarios. Los cortes de luz son diarios (unos cuatro al día); la basura se recoge irregularmente; sanidad, educación y cultura están dejadas de lado. Los ocupantes norteamericanos han repartido ingentes cantidades de dinero para financiar proyectos que nunca se han llevado a término.

El enfrentamiento mortífero entre chiíes, suníes y kurdos, inexistentes bajo los dominios otomano (suní), británico, e iraquí, hasta Sadam Husein, tardará decenas de años en apagarse, según los iraquíes más serenos. Se espera que una nueva generación genere moralmente a Irak.

¿Aguas de la Sabiduría?

 La Universidad de Bagdad, 1 de noviembre de 2011

Cruzar el espejo. Tal es la sensación que se tiene, tras sortear el severísimo control de la entrada, en el campus de la Universidad, pública y laica, de Bagdad. Se trata de otro mundo, culto, tolerante y libre, que nada tiene que ver con la vida del país, y la organización política.

Proyectada por Walter Gropius, en 1957, y empezada a construir en 1961, la Universidad se sitúa en una península, bordeada por un meandro del río Éufrates, justo enfrente de una isla, cercana a la orilla vecina, que Wright escogió para su proyecto de la Ópera de Bagdad -que no se construyó-, a mediados de los años cincuenta del siglo pasado.

Gropius, al igual que Wright, tras sobrevolar la ciudad, escogió el emplazamiento de la Universidad, alejado del centro, a fin de evitar los problemas que las manifestaciones estudiantiles causaban. El lugar, por otra parte, recordaba la ubicación, en el centro urbano, de la primera institución universitaria, proyectada en los años veinte por un arquitecto colonial inglés.

La vía de acceso, a través del campus, se dirige hacia la mezquita que Gropius proyectó como un espacio circular, cubierto por una cúpula, y que nunca ha sido utilizada, ya que la forma impide la correcta orientación hacia la Meca, y presenta problemas acústicos debido a su excesiva altura y a la caja de resonancia que todo el volumen interior crea. Por otra parte, su uso implicaría decidir entre el dominio de suníes y de chiíes, un enfrentamiento que la Universidad, sobre todo hoy, quiere evitar a toda costa. Desde hace años, la mezquita está abandonada (aunque preservada mal que bien); el recubrimiento de la cúpula está dañado, debido a la excesiva diferencia de temperatura entre los lados oriental y occidental.

Desde la mezquita, el camino apunta ahora hacia la torre que acoge la administración de la Universidad. Situada en el centro del campus, se relaciona visualmente con la mezquita hasta tal punto que parece el minarete del que carece la mezquita, lo que según la Dra. Siliq no es casual. Gropius habría querido destacar el poder ejecutivo y decisorio, laico, sobre el poder religioso. Latorre, por otra parte, ocupa la posición que todo minarete tiene en la ciudad árabe: el centro de la ciudad, desde donde se lanzan las proclamas y los dogmas, o las leyes civiles, en el caso de la Universidad.

La universidad, sin embargo, no escapa a la situación que se vive en Irak. Así como en 2008, las estudiantes cubiertas con un hijab eran aún minoritarias, son hoy, en 2011, la mayoría. Sorprende que sean las numerosas profesoras y directoras de Departamentos, las que vistan sin signos religiosos. Según éstas, ninguna estudiante porta el pañuelo por motivos de fe, sino por la presión de las familias temerosas por la suerte de sus hijas si no llevan un pañuelo, en el Irak de hoy. Las estudiantes tratan de dar la vuelta a la recomendación, llevando el hijab de manera lo más favorecedora posible. Algunas profesoras musulmanas, sin embargo, no llevan ostensiblemente el pañuelo, pues con la creciente "islamización" de la sociedad, las mujeres que no llevan velo son consideradas cristianas, lo que las señala en el seno de la sociedad. Al comportarse como unas cristianas, algunas mujeres musulmanas las defienden y manifiestan que no sienten diferencia alguna. Son seres humanos, mujeres, que no aceptan que el rigor religioso las divide.

Cuando pensamos que algunas feministas norteamericanas y europeas consideran que las mujeres musulmanas llevan el hijab -por no hablar del chador o de la burka, presentes sobre todo en el sur- porque quieren, deberían quizá hablar con mujeres iraquíes.

Profesores, alumnos y el personal no docente empiezan a irse a la una y media de la tarde. Se cierran puertas, se bloquean accesos. Las clases concluyen a las tres. Nadie se queda ni puede quedarse. Todo el mundo parte antes de que caiga la noche, lo que no ocurría antes de 2003. De hecho, en Bagdad, solo se puede trabajar por la mañana, por lo que no es pensable llevar a cabo más de una actividad al día.

La oposición entre chiíes y suníes, amortiguada, no deja de desteñir en la Universidad. No se conciben cargos -dirección de Departamentos, decanos, etc.-que no estén en manos chiíes.

Sorprenden las fotos de las bibliotecarias de la Universidad de Bagdad, en los años cincuenta y sesenta. Vestían como querían, según nos cuentan. Las imágenes dan fe de esa libertad. En este sentido, el mundo universitario iraquí en los años cincuenta y sesenta estaba mucho más evolucionado que el español. Hoy, las profesoras iraquíes no entienden qué ha ocurrido desde entonces.

Sorprende aún más saber que Nasiriya, una ciudad del sur tomada por clérigos en los que el chador es de rigor, fue una ciudad de artistas y poetas de vanguardia, plenamente laica, dirigida por el partido comunista, laico y culto, en los años cincuenta. El velo negro también se ha abatido sobre Nasiriyia, y avanza sobre toda Irak.

Los profesores universitarios se refieren al periodo entre los años cincuenta y finales de los ochenta (incluso bajo el presidente Sadam Husein, antes de que se creciera tras la aceptación de Irán del tratado de paz con Irak, tras no lograr ganar la guerra) como la Edad de Oro: una época culta, laica, de libertad para las mujeres (de clase alta, urbana y universitaria).

Qué error, qué tremendo error cometimos en las universidades españolas cuando apoyamos las sanciones, a principios de los años noventa, creyendo que las estrecheces lograrían que los iraquíes se levantaran contra el poder de Sadam Husein.

Hace frío (quince grados) y caen gotas en Bagdad. La ciudad tirita, como si temiera el negro futuro que le espera. Los profesores confían en las nuevas generaciones, si es que se puede confiar siempre en ellas.

La electricidad vuelve a fallar. Los generadores no se ponen en marcha. El hotel está a oscuras. Cierro.

Normas

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS