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La utopía tecnológica devino en distopía

La crisis de la covid fue el hito histórico que originó el giro posutópico, escribe el sociólogo César Rendueles en un libro del que ‘Ideas’ adelanta un extracto. Nuestra vida social, cultural, educativa y profesional mudó a la esfera digital. Y ahí empezamos a tener que aceptar las condiciones impuestas por las grandes tecnológicas

Utopía tecnológica

En cierto sentido y por el momento, la principal innovación de la IA es estética: tiene que ver con nuestra sensibilidad mucho más que con la capacidad de cálculo incrementada. La tecnología posutópica normaliza los afectos tristes —el tipo de sentimientos que nos paralizan y reducen nuestra potencia política— y legitima la desconfianza y el miedo como motor de la historia. El ciberutopismo nos proporcionaba un simulacro de sociabilidad, un Prozac tecnológico con el que sobrellevar el menoscabo de los vínculos sociales en el mercado. El cibercatastrofismo es una especie de licencia de armas generalizada: la ganancia en poder individual se traduce en un escenario de pánico y desconfianza mutua asegurada y, así, pérdida de libertad.

La Gran Recesión de 2008 fue el inicio de una crisis orgánica del proyecto neoliberal que probablemente termine por ser definitiva. Las élites globales continúan acumulando poder y los procesos de mercantilización están lejos de revertirse: incluso se han vuelto más agresivos. Pero se presentan como una agenda partidista de las clases dominantes globales dirigida a preservar su posición de privilegio, y a la que la mayoría social tiene que someterse ante la ausencia de alternativas realistas. Ni siquiera los más cínicos fingen ya que la ortodoxia económica forma parte de un plan universalista, un juego de suma positiva que, pese a sus costes y efectos colaterales, ofrece un saldo beneficioso para el conjunto de la sociedad, no digamos ya para toda la humanidad. El neoliberalismo, la mayor fábrica de producción de hegemonía de la modernidad, se ha convertido en un síntoma de descomposición política allí donde sobrevive. Ha dejado de ser la perspectiva económica de las personas de orden (…) para convertirse en un síntoma de personalidades catastróficas dominadas por el resentimiento y una relación tóxica con la naturaleza y la sociedad.

La materialización de la promesa digital no ha sido el internet de las cosas, ni siquiera una fantasía ciberpunk, sino algo mucho más cutre y penoso: recuerda a Berlusconi y sus Mama Chicho antes que a Neuromante. Los coches Tesla parecían el precedente inmediato de los vehículos voladores de la ciencia ficción. Sus dueños descubrieron que conducían una chatarra hortera y propensa a incendiarse ideada por un millonario supremacista con delirios paranoides. Es difícil pensar en una mejor escenificación de este giro grotesco del espacio digital que la investidura presidencial de Trump. En la mitología ciberutópica los nerds de Silicon Valley eran chicos tímidos pero brillantes que no sabían bien qué hacer con sus millones y seguían vistiendo sudaderas con capucha. El progresivo acercamiento de los ciberoligarcas al estilo de vida, valores y aspecto de un proxeneta de Las Vegas les valió un puesto de privilegio en la ceremonia de toma de posesión de Trump: literalmente por delante de los ministros del Gobierno.

La crisis de la covid-19 fue el hito histórico de este giro posutópico de nuestra sensibilidad tecnológica que surgió de la aceleración digital. En apenas semanas, se exigió a las administraciones públicas y a toda clase de empresas que desarrollaran buena parte de sus actividades en la red. Facebook, Instagram y WhatsApp (de la misma compañía) reemplazaron muchos de los espacios de socialización tradicionales. Netflix y Spotify sustituyeron nuestras salas de cine y de conciertos. Las oficinas y reuniones se distribuyeron por cientos de miles de hogares conectados por una tupida red de apps privadas. Fue un experimento social ambiguo que mostró las limitaciones del proyecto de digitalización generalizada. (…) Empezamos a vivir internet cuando nos prohibieron salir de nuestras casas. Y la extrema derecha española supo capitalizar la rebelión contra esa ortopedia tecnológica insoportable: no solo mediante el negacionismo más burdo, sino a través de una apología trivial de la sociabilidad (las “terrazas” y las “cañas”).

Las versiones digitales de la educación o de distintas expresiones artísticas (…) se mostraron como simulacros pobres, a años luz de las promesas de realidad virtual aumentada. La pandemia nos enseñó la realidad tecnológica en la que ya vivíamos: para continuar con nuestra vida social y profesional, para acceder al ocio, a la cultura o a la educación era imprescindible aceptar las condiciones impuestas por grandes corporaciones tecnológicas. El núcleo de la sociedad digital existente se nos mostró sin tapujos: un entramado monopolista que permite a inmensas empresas privadas controlar infraestructuras fundamentales tanto de la actividad productiva como de nuestra vida en común, y que nos ofrece a cambio una sucesión interminable de tenebrosas videoconferencias y relaciones tóxicas en las redes sociales.

La pandemia lo cambió todo. Pero en terrenos como la política económica, industrial o incluso militar, el giro ha sido más ambiguo. La UE sigue siendo un fortín para la banca y las grandes empresas, pero la ortodoxia neoclásica ya no es su Constitución en la sombra: los fondos de la recuperación, la mutualización de la deuda o la ruptura con el Consenso de Washington han dejado de ser considerados ideas vagamente delictivas. China es todavía un país extremadamente autoritario responsable de la mayor cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero en términos absolutos, pero su inversión en energías renovables es asombrosa: avanza a un ritmo inimaginable hace cinco años. La tecnología digital, en cambio, sigue a velocidad de crucero hacia un agujero negro de totalitarismo lisérgico.

La cuestión no es solo que la derecha, sobre todo la extrema, haya ejercido un monopolio implacable —con excepciones, como la oleada feminista de 2017— sobre la capacidad de la tecnología digital para marcar la agenda política. El problema es que las redes sociales existentes se adaptan mucho mejor al programa iliberal que a un proyecto emancipador. Cuanto más disparatada sea la campaña, cuanto menos dependa de la construcción de lazos políticos sólidos, mejor es la relación entre esfuerzo invertido y resultados. Dedicando una hora al día a Twitter puedes convencer a millones de que la Tierra es plana y de que Hillary Clinton participa en una red de pedofilia satánica en una pizzería de Washington. Hacen falta vidas enteras de huelgas y asambleas para convencer a la gente de que el jefe que los explota es un explotador.

Durante la primera década del siglo XXI, el problema tecnopolítico por antonomasia era cómo aprovechar la potencia emancipadora del tipo de identidades débiles y fluidas que parecían consustanciales a internet. La neorreacción contemporánea ha cambiado las reglas del juego. Nos ha mostrado que internet es compatible con identidades políticas excesivamente fuertes, capaces de proliferar, como organismos extremófilos, en entornos sociales frágiles. Este narcisismo digital ha crecido en el caldo primigenio de la derecha radical, pero se ha expandido a los campos políticos progresistas. En cualquiera de sus versiones —neoestalinista, tránsfoba, conspiranoica, ecocolapsista…—, el trumpismo de izquierdas es un virus político agresivo que se caracteriza por un marcado sentido de agravio, una búsqueda casi patológica de liderazgos fuertes y una participación política intensa pero muy individualizada en la que, necesariamente, las redes digitales desempeñan un papel fundamental.

Tal vez lo más llamativo es lo sencillo que ha sido este proceso de transformación de la utopía en distopía tecnológica. Lo familiar y coherente que nos ha resultado esta situación de indefensión colectiva y dependencia digital extrema. La razón, en parte, es la casi completa desaparición del movimiento de la cultura libre, que ha naturalizado la percepción de la tecnología como una demoniaca caja negra económica y política. Comparados con los impenetrables dispositivos actuales o las plataformas y las redes sociales —de Amazon a TikTok, pasando por YouTube—, Microsoft o los DRM [la gestión de los derechos digitales] parecen casi expresiones amables de un capitalismo corporativo de rostro humano.

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