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PAMPLINAS
Columna
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La palabra CEO

Debe ser raro vivir así, creerse que uno es dueño cuando en realidad es el sirviente más pagado

Hay canciones que convocan mundos. La que se me apareció de sopetón anoche me recordó que, en mi infancia argentina, a esos señores los llamábamos ejecutivos y eran campeones de algo: “Ay qué vivos / son los ejecutivos… / … el sillón al avión, / del avión al salón, / del harén al edén, / siempre tienen razón, / y además tienen la sartén, / la sartén por el mango, y el mango también”, cantaba hacia 1970 María Elena Walsh, la autora de El reino del revés —y tantos otros—, maestra absoluta de la canción niñera que también componía para grandes.

Pero la palabra ejecutivo es complicada: un ejecutivo en principio ejecuta, y ejecutar nunca es simpático, ya se trate de una hipoteca o de algún reo. Así que alguien debe haber supuesto que les convenía cambiar de etiqueta e hizo lo que hacen todos los que quieren poner nombres distintos a las cosas pero no les alcanza el cerebro ni el cacumen ni los sesos ni las neuronas ni ningún otro trozo de casquería para inventar algo; derrotados sin siquiera pelear, buscan a alguno que chapurree americano y le preguntan cómo lo dicen ellos —y empiezan a decirlo.

Solo que esta vez no fue tan fácil: justo entonces los norteamericanos estaban cambiando el título de sus mandamases. En esos años 1970 empezaban a llamarlos, sin el menor recato, chief, como el jefe de cualquier pandilla, y aclarar en qué mandaba cada uno: chief financial, chief operating, chief bullying, hasta que llegaban al verdadero chief’s chief y a ese, para que se notara, le pusieron Chief Executive Officer. La denominación seguía siendo brutal: el “oficial jefe ejecutivo”. La ejecución pura y dura se completaba con la supremacía del jefe y la referencia militar del oficial. Quizá se dieron cuenta de que se habían pasado; en cualquier caso, hicieron lo que hacen los americanos que quieren poner nombres distintos a las cosas pero no les alcanza el cerebro ni el cacumen ni ninguno de esos lastres para inventar algo: lo disimulan dentro de unas siglas. Entonces, como no podía ser USA ni JFK ni CIA ni MAGA, se quedaron con CEO.

(El truco de la sigla es tan viejo como nosotros mismos. El nombre oficial de Roma, por ejemplo, no era Roma sino SPQR, Senatus PopulusQue Romanus, el Senado y el pueblo romanos; para más inri, seguimos sintetizando Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum, Jesús de Nazaret Rey de los Judíos. Las siglas empiezan como una forma de concentrar y recordar un concepto más largo pero terminan alejándose de ese concepto, disimulándolo, ocultándolo. Así empezó a usarse el CEO, tres letras y un sonido que no nos remiten a nada preciso; poco a poco, a través del uso, se fueron cargando de fuerza, de poder.)

Ahora nuestros países rebosan de CEO —¿zeos?, ¿zíos?, ¿seos?, ¿síos?— y, sobre todo, de personas que quisieran serlo. Es una cuenta que no suele aparecer en las encuestas: ¿por cada CEO realmente existente, cuántos aspirantes emboscados? ¿Cuántos de sus compañeros recorren esos pasillos pensando cómo hacer para ocupar su sitio, transformando cada oficina en una trampa para osos, refugio de roedores? Los CEO disfrutan todos los días, en directo, de ese topping delicioso que ofrecen los poderes: la envidia de los otros, el placer —­tan dudoso placer— de defender tu sitio hora tras hora.

Y sobre todo ahora, cuando la bruta desigualdad los beneficia tanto. Hace cincuenta años el jefe de una empresa grande americana cobraba diez veces más que el sueldo promedio de sus empleados; ahora lo multiplica por dos o trescientos. A veces los CEO son obscenos. Pero, más que el salario, el pago es la ilusión: esos señores viven en otro mundo —los aviones privados, los restaurantes disparate, los hoteles de cinco, las decisiones millonarias, las relaciones tan rentables— con el temor constante de perderlo. Y la obviedad —que a veces logran olvidar— de que todo eso no les pertenece, una vida puro simulacro: ocupan el lugar de otro y mientras lo ocupan se sienten ese otro, el dueño de verdad, y defienden lo suyo como si fuese suyo, y se perciben realmente parte. Hasta que una mañana de sol, de primavera, el verdadero lo convoca, se lo explica, le agradece sus leales servicios y le confirma que sólo fue un servidor mejor vestido.

Debe ser raro vivir así, toda la vida entre dos mundos, el de los dueños y el de sus sirvientes, y creerse que uno es dueño cuando en realidad es el sirviente más pagado, y ponerse tan claramente del lado de ese señor que esa mañana te dirá yo soy el dueño, vete a freír espárragos. Caros, fresquitos, de Aranjuez, pero espárragos fritos. Raro vivir así, creyendo que uno es otro.

(Raro, tan yermo, tan frecuente.)

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Sobre la firma

Martín Caparrós
Escritor, periodista. Premios Ortega y Gasset, Moors Cabot, Roger Caillois, Terzani, Herralde, entre otros. Más de 50 años de profesión, más de 40 libros publicados en más de 30 países. Nació en Buenos Aires, que lo nombró "Ciudadano ilustre", en 1957; vive en Madrid. Su último libro es 'Antes que nada'.
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