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Palos de ciego
Columna
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Por una Europa federal y posnacional

Necesitamos una nueva revolución ilustrada, que excluya el sentimiento nacional del dominio de lo político

EPS 2489 - Columna Cercas
Getty Images
Javier Cercas

Mi Europa ideal es esta: una Europa que combina la unidad política con la diversidad lingüística y cultural. Desde la II Guerra Mundial hemos aprendido que la unidad política constituye la única forma de preservar en Europa la paz, la prosperidad y la democracia, y en los últimos años se han dado pasos relevantes para que la UE deje de ser una confederación y se convierta en una federación, que es lo que debería ser. Pasos políticos y económicos; falta un paso aún más importante: consiste en cambiar la Europa nacional por una Europa posnacional.

La Europa de las naciones se forjó a lo largo del siglo XIX al calor del nacionalismo, que fue el rostro político del Romanticismo y la ideología capaz de cambiar la legitimidad divina del poder, propia de las viejas monarquías absolutas, por la legitimidad popular, propia de las democracias modernas. El problema fue que, en el siglo XX, esa ideología progresista se convirtió en una ideología reaccionaria, que arrasó Europa en dos guerras mundiales que en el fondo fueron una única y dilatada guerra nacionalista. La unión de Europa se concibió tras ese apocalipsis como un antídoto contra el nacionalismo, que pese a ello conserva intacto, todavía hoy, su espeluznante poder destructivo, según demuestran la guerra de Ucrania o el surgimiento de las diversas formas del nacionalpopulismo en toda Europa (empezando por España). Por eso, la mejor forma de culminar el proyecto europeo consiste en trocar una Europa plurinacional por una Europa posnacional, donde el sentimiento de pertenencia nacional no sea una cuestión política sino una cuestión íntima, personal. ¿Una utopía perniciosa? ¿Una ingenuidad? En absoluto: durante siglos, Europa se desangró en inacabables guerras de religión, hasta que, en el siglo XVIII, la revolución ilustrada extirpó el sentimiento religioso de la vida pública y lo confinó en la privada, con lo que muchísimos europeos dejaron de enfrentarse por motivos religiosos (no así los españoles: en parte a causa de la debilidad de nuestra Ilustración, nosotros seguimos matándonos por nuestras creencias hasta la Guerra Civil, que también fue una guerra de religión, como en el siglo XIX lo fueron las guerras carlistas). Necesitamos una nueva revolución ilustrada, que excluya el sentimiento nacional del dominio de lo político y lo confine en el de lo privado, para que los europeos dejemos de matarnos por motivos identitarios, como hemos hecho durante dos siglos y seguimos haciendo (no sólo los europeos, claro: el conflicto palestino-israelí es también, en gran parte, un conflicto identitario, nacionalista). No se trata por supuesto de proscribir el sentimiento nacional (como no se trataba en el siglo XVIII de proscribir el sentimiento religioso); tampoco, de que nadie deje de usar su propia lengua y tener sus costumbres y sentirse lo que quiera (alemán, francés o español, catalán o vasco o extremeño): se trata de que, gracias a un potente Estado europeo que blinde la igualdad ante la ley y proteja las diferencias culturales o identitarias o religiosas, cada uno se sienta lo que quiera sin convertir ese sentimiento en un asunto público, y sin que nadie pueda usarlo como dinamita política. Ni las creencias ni los sentimientos deberían formar parte del debate público, porque se puede discutir sobre razones, pero no sobre creencias o sentimientos: los sentimientos son muy respetables (como las creencias), pero, en cuanto la política se vuelve sentimental (o se convierte en una fe), deja de ser política.

Una nueva revolución ilustrada: eso es lo que necesitamos en Europa. Como la derecha es constitutivamente nacionalista, esta revolución debería abanderarla la izquierda, que es constitutivamente internacionalista: no la izquierda jacobina, incapaz de emanciparse del marco mental nacional, ni mucho menos la izquierda plurinacional, que propone resolver el problema multiplicándolo, sino una izquierda posnacional. Una izquierda racionalista y no sentimental, que vuelva a las raíces de la izquierda —libertad, igualdad, fraternidad— y abogue por la privatización del sentimiento nacional. ¿Hay alguien por ahí?

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