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Palos de ciego
Columna
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La maldición de La Moncloa

Todos los presidentes del Gobierno de la democracia acabaron desvariando, casi siempre en su segundo mandato

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Jaime Villanueva
Javier Cercas

En un libro extraordinario, The Years of Lyndon Johnson, Robert A. Caro afirma que el poder revela la personalidad auténtica de quien lo posee. “Cuando un hombre escala, intentando persuadir a los demás de que le den poder”, escribe Caro, “la ocultación es necesaria: para esconder rasgos que podrían hacer que los demás fueran reticentes a darle poder, para esconder también lo que quiere hacer con ese poder; si los demás reconocieran esos rasgos o se dieran cuenta de sus propósitos, podrían negarse a darle lo que quiere. Pero, conforme un hombre consigue más poder, el camuflaje es menos necesario. El telón empieza a levantarse. La revelación empieza”. Lo que no dice Caro es que el poder, además de revelar, tarde o temprano trastorna.

En España podríamos llamarlo la maldición de La Moncloa. Es un hecho comprobable: todos los presidentes del Gobierno de la democracia acabaron desvariando, casi siempre en su segundo mandato, cuando ya llevaban demasiado tiempo en el poder. El primer año en el Gobierno de Adolfo Suárez fue prodigioso, y su primera legislatura trascendental, pero en cuanto ganó sus segundas elecciones empezó a caer en picado y a hacer cosas raras; raras para él, quiero decir: este falangista de toda la vida suspiraba por ser de izquierdas, se negaba en redondo a entrar en la OTAN y a punto estuvo de darle un beso de tornillo a Yasir Arafat. Quizá porque ha sido, con Suárez, el único estadista verdadero de nuestra democracia, Felipe González fue también el único presidente que tardó tres legislaturas en alienarse, aunque a la tercera perdió el mundo de vista, incapaz de entender que la corrupción lo estaba devorando y que la cosa ya no daba para más. Ciertamente, Aznar no era el chaval más listo de su clase, pero la verdad es que, en sus primeros cuatro años de Gobierno, el país se oxigenó tras la asfixia final del felipismo; en los cuatro años siguientes, sin embargo, este hombre con tanto carisma como un tubérculo se creyó Napoleón Bonaparte y terminó invadiendo Irak. Zapatero, reconozcámoslo, tampoco era una luminaria, pero en su primera legislatura se dejó aconsejar, había dinero e hizo cosas bien; en cambio, en la segunda afloró el badulaque de todos conocido, puso los fundamentos del procés, pensó que sabía economía y empeoró la peor crisis económica del último siglo. Rajoy también fue una calamidad, pero al menos lo fue desde el principio y nadie pudo llamarse a engaño; otra ventaja es que era tan vago que le daba pereza hasta enloquecer, así que apenas le afectó la maldición de La Moncloa. En cuanto a Sánchez, a la vista está: sus años iniciales de Gobierno fueron bastante mejores de lo que sostiene el antisanchismo patológico, hasta el punto de que sigue pareciéndome razonable que algunos lo votáramos en 2023; no contábamos con la maldición de La Moncloa: en cuanto ganó sus segundas elecciones, urdió con engaño un Gobierno con una mayoría venenosa sostenido por una ley venenosa que acabará envenenándolo todo. Quizá era inevitable: ensoberbecido por su propio triunfo, obnubilado por el poder, perdida cualquier noción de sus propios límites y los de la realidad, incapaz de escuchar más voces que las de sus aduladores, la víctima de la maldición de La Moncloa acaba convertida en un asno. No lo digo yo (Dios me libre): lo dice Shakespeare por boca del bufón de Noche de Reyes; mejor dicho, se lo dice el bufón al duque de Iliria, fingiendo ladinamente que lo dice de sí mismo: “Rediós, señor, me alaban y me convierten en un asno. Pero mis enemigos me dicen claramente que soy un asno; de manera que, gracias a mis enemigos, señor, avanzo en el conocimiento de mí mismo. En cambio, me siento insultado por mis amigos”.

La maldición de La Moncloa es la maldición del poder. ¿Qué hacer contra ella? Todos lo sabemos: limitar al máximo el tiempo en el poder. Limitar el poder. Controlarlo y repartirlo al máximo. Fomentar partidos autocríticos. Avanzar hacia una democracia más porosa y participativa, en la que todos seamos, alternativamente, gobernantes y gobernados. Es decir: democratizar la democracia. Es decir: exactamente lo contrario de lo que estamos haciendo.

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