Las bodegas de Extremadura que miman la uva y el terruño se abren camino entre el vino a granel

Aunque es la segunda comunidad autónoma en superficie de viñedos plantados y en producción, los vinos extremeños aún no son especialmente conocidos. Y eso que razones no les faltan

Detalle de uno de los vinos de la bodega Pago Los Balancines, en Oliva de Mérida (Extremadura).
Detalle de uno de los vinos de la bodega Pago Los Balancines, en Oliva de Mérida (Extremadura).NICOLAS YAZIGI / RN FOTOGRAFOS

En Extremadura hay mucho vino. La región, con 81.708 hectáreas de viñedos, se ha consolidado como la segunda de España en superficie de viña plantada. También en producción, con 3,3 millones de hectolitros al año, según detalla el informe La relevancia económica del sector vitivinícola en Extremadura, de la Organización Interprofesional del Vino de España. “Aquí se hace vino desde hace milenios, hay mucho bagaje”, apunta Pedro Mercado, propietario y enólogo de Pago Los Balancines, bodega que con su pequeña y cuidada producción ha llevado el vino extremeño a ganar varios concursos internacionales. “Pero la producción extremeña siempre ha tenido vocación granelera”, lamenta.

Hace referencia a la venta de vino a granel. No solo a otras comunidades, sino también a otros países, donde se embotella y comercializa. Un modelo de negocio que potencia la cantidad y la productividad —en Extremadura hay más de 130 bodegas—, pero que no dejaba mucho espacio al reposo, a la investigación o a otros ritmos de crianza. Quizás por eso, en un primer momento el cultivo en secano que aplicaron en Pago Los Balancines sorprendió en la zona.

Ubicada en Oliva de Mérida, las tierras del pago forman parte de la denominación de origen Ribera del Guadiana. Además, Extremadura cuenta con una indicación geográfica protegida (IGP Vinos de la Tierra de Extremadura) y una zona dentro de la denominación de origen protegida Cava: unas 1.600 hectáreas, un 2% de la superficie de viñedos de la región, en la zona de Almendralejo, y que en 2020 produjeron más de seis millones de botellas. La producción de espumoso extremeño la lidera Bonaval, dentro del grupo López Morenas, con unos 4,5 millones de botellas anuales.

“Recalé en este lugar y vi que había viñedos plantados. Me pareció que tenía potencial. Además, reparé que en Extremadura, por esa primacía del volumen, el vino de calidad no estaba muy explotado. Era un lugar perfecto”, dice Mercado. Así, en 2006, fundó una vanguardista bodega, que se yergue en medio de las 110 hectáreas del pago, de las cuales 70 son viña. Predomina la garnacha, pero también hay tempranillo y una parcela de graciano. Comercializan unas 200.000 o 250.000 botellas al año. “Son rendimientos bajísimos. Hacemos pocas porque tenemos poca uva. Pero, precisamente por tener poca producción, nuestra vocación es que sea de un nivel muy alto”.

Justamente, la añada de 2022 parece que será muy buena. Los dos meses de vendimia en el pago comenzaron a finales de julio. La canícula ha sido intensa, con tres olas de calor, la primera de ellas en mayo. “Aunque la sequía ha sido brutal y las temperaturas muy altas, la viña está ahí, con una uva maravillosa. Estamos sorprendidos por la calidad”, cuentan desde Los Balancines. Trabajaron muchas jornadas de noche para eludir las horas más calurosas, que afectan a los trabajadores y también a la uva. Y consideran que al cultivar en secano (sin aportes hídricos) las plantas son más resilientes: “Las viñas más viejas tendrán 80 años, mientras que el resto son clones: hijas de unas plantas ya acostumbradas a picos de temperaturas. Los ecosistemas tienen memoria, por lo que es un viñedo muy resistente a las situaciones extremas”, considera el enólogo.

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El viñedo de Los Balancines, que es ecológico, aparece moteado. Primero, por una mancha de olivos. Un poco más adelante, la homogeneidad se ve interrumpida por un montecito de encinas. “Intentamos que haya discontinuidad en el territorio porque es una manera natural de proteger los cultivos”, explican desde la bodega. De hecho, en la zona, el cultivo de uva siempre ha ido asociado al de aceituna.

“Un líneo de vid; uno de olivo”. Con esta frase le explicaban a la enóloga Soraya Rodríguez de la Flor la disposición del campo tradicional extremeño. En el camino hacia Palacio Quemado, la bodega en la que trabaja, se constata algo de ese mantra. Desde el caserío que preside las tierras —3.000 hectáreas con 96 dedicadas a la bodega y dentro de la DO Ribera del Guadiana— se distribuyen unas 400.000 botellas al año. “Todas pasan por barrica”, apunta. La bodega abrió en 2000, dentro de la cordobesa Bodegas Alvear: “Queríamos una bodega en la que hacer tintos tranquilos”. Vieron en los vinos extremeños “un alto potencial”.

Viñedo de la bodega Palacio Quemado, en la localidad de Alange.
Viñedo de la bodega Palacio Quemado, en la localidad de Alange.JOSE ANTONIO SÁNCHEZ-MARMOL

Potencial de crianza

“Forman parte de la comarca de La Raya, de la misma por tanto que el Alentejo portugués, con la que tiene muchas variedades comunes. Son vinos frutales y con potencial de crianza”, explican desde Palacio Quemado. Aquí trabajan solo con uvas tintas y entre las variedades domina el tempranillo, aunque hay también garnacha, syrah, cabernet sauvignon y las portuguesas trincadeira y aragonez. La enóloga cree que en la región germina otra cultura de vino: “Se empiezan a valorar las características del viñedo, lo genuino de la tierra y el legado de una tradición potente”.

“Extremadura es un terruño diverso, de grandes cualidades, con experiencia agrícola y carácter. Por eso ofrece la posibilidad de hacer algo diferente, inesperado”, resumen desde la bodega Habla las razones que les llevaron a instalarse en Trujillo hace 22 años. Sus vinos, dentro de la IGP Vinos de la Tierra de Extremadura, se han convertido en un referente extremeño. “Nos permiten ser creadores, diseñadores y mostrar la calidad de nuestra viña”, explica María Victoria Acero desde la bodega, con 200 hectáreas plantadas y una distribución de 1,2 millones de botellas. Sus etiquetas numeradas les dan un halo de sobria elegancia. “Habla Nº25 es una pieza única”, recomienda Acero, “un monovarietal de malbec, una de esas uvas inesperadas, criado en una tierra tan exigente como esta”. “Una tierra que da vinos sorprendentes, carnosos, con cuerpo y, sobre todo, exuberantes”.

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Sobre la firma

Pablo León

Periodista de EL PAÍS desde 2009. Actualmente en Internacional. Durante seis años fue redactor de Madrid, cubriendo política municipal. Antes estuvo en secciones como Reportajes, El País Semanal, El Viajero o Tentaciones. Es licenciado en Ciencias Ambientales y Máster de Periodismo UAM-EL PAÍS. Vive en Madrid y es experto en movilidad sostenible.

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