Genoveva, la telegrafista

La historia olvidada de una de las primeras funcionarias españolas, feminista, sufragista y acusada de espionaje

Interruptor de una antigua máquina telegráfica de código Morse.
Interruptor de una antigua máquina telegráfica de código Morse.GETTY images

Genoveva, Girasol, mi tía abuela paterna, era una mujer misteriosa. En casa se hablaba de ella en voz baja, era tema tabú. Fue muchos años después de su muerte cuando descubrí que había sido amiga de Antonio Machado y Clara Campoamor, y que pasó los tres años de la Guerra Civil en la cárcel y estuvo a punto de ser fusilada por "roja, masona y espía".

Genoveva Sanz Herrero, en la Gran Vía de Madrid en 1947.
Genoveva Sanz Herrero, en la Gran Vía de Madrid en 1947.

“Antes del Glorioso Movimiento Nacional, Genoveva Sanz Herrero era elemento destacado extremista”, declara uno de los testigos, falangista, en su juicio. “El elemento de confianza del partido de Izquierda Republicana en el que obstentó (sic) varios cargos directivos (…). También desempeñó el cargo de vocal del Comité Ejecutivo del Sindicato de Telégrafos. Hace una intensa campaña izquierdista en prensa, radio y oral. Cabe dentro de lo posible perteneciera a la masonería, por su modo de conducirse en los mítines en que tomó parte tanto en esta Capital [Segovia] como en los pueblos de la provincia, en los que hablaba del amor libre y cosas análogas. Se asegura que contribuyó a Socorro Rojo Internacional. Por sospechar se comunicaba con los rojos, fue detenida el 28 de julio de 1936 y procesada. Por falta de pruebas fue absuelta y quedó detenida gubernativa hasta agosto de 1939. En junio de 1938 pidió ser canjeada a la zona roja. Durante la guerra era considerada sumamente peligrosa en libertad. ¡Viva Franco! ¡Arriba España!”.

Patio interior del COAM, antiguo colegio de las Escuelas Pías de San Antón.
Patio interior del COAM, antiguo colegio de las Escuelas Pías de San Antón.

Libros quemados 

Desde un pasado muy lejano me llega la imagen borrosa de una mujer mayor y enjuta de rostro amargo y arrugado, como arado por la reja de una vida muy dura. Genoveva había nacido el 3 de enero de 1891 en Escalona del Prado (Segovia) y ayudó a mis padres a encontrar casa y trabajo cuando dejaron el pueblo para vivir en Madrid a comienzos de los años sesenta. Recuerdo que me regalaba libros infantiles y que escribía con una máquina negra de teclas redondas (tras su muerte, sus sobrinos destruyeron todos sus papeles y documentos por miedo); que le horrorizaban las armas, como descubrimos unas Navidades mi hermano Pedro y yo cuando salimos a recibirla a la puerta de casa con unas metralletas de juguete que nos habían traído los Reyes; que era vegetariana y decía que se podía diagnosticar una enfermedad por las manchas en el iris de los ojos... A mí, un niño de pueblo de cinco años recién llegado a la capital me enseñó a leer respetando los puntos y comas, lo que me permitió conseguir la beca para estudiar en el colegio de pago de San Antón, un siniestro edificio habitado por fantasmas (hoy es la luminosa sede del Colegio de Arquitectos de Madrid, COAM) entre las calles de Farmacia, Hortaleza y Santa Brígida que fue utilizado como checa o prisión de hombres número 2 en la Guerra Civil (de allí salieron las sacas de fusilados de Paracuellos) y después como lúgubre cárcel franquista antes de ser devuelto a los padres escolapios, unos santos. Por la calle de Farmacia entraban los alumnos de pago, y por la de Santa Brígida, donde aún estaban las celdas de los presos, los becarios con pocos recursos como yo. Genoveva murió con 75 años por una infección de kala-azar (leishmaniasis visceral, una enfermedad parasitaria trasmitida por la picadura de mosquitos que tiene como vector a perros, conejos y otros mamíferos) y su memoria se perdió en el tiempo como el humo de sus libros, quemados en una pira por su hermana, mi abuela.

Telegrafista de comienzos del siglo XX manejando un transmisor morse.
Telegrafista de comienzos del siglo XX manejando un transmisor morse.Getty Images

Aceite de ricino 

“Fui declarada cesante en el desempeño de mi cargo por haber sido detenida con motivo de una falsa acusación de espionaje de la que se me hizo víctima”, declara en el Expediente de Responsabilidad Política número 11, de fecha 22 de mayo de 1940, por el que fue condenada a “inhabilitación absoluta, destierro de Segovia a 250 kilómetros durante 10 años y pago de 25.000 pesetas”, tras ser denunciada por un excompañero de trabajo meses después de terminar la guerra y salir de prisión. “Para conocimiento de este Juzgado, haré una breve historia de los hechos. El día 20 de julio de 1936, me presenté voluntaria y espontáneamente al delegado militar en el centro de telégrafos de esa capital. Fui admitida y desempeñé el servicio que se me asignó, con la lealtad que ha sido siempre la norma de mi vida, hasta el día 28 de dicho mes en que se me recluyó en la prisión provincial de Segovia. Incoado el proceso en agosto de ese mismo año, no pudieron encontrarse pruebas en mi contra y el 30 de noviembre se sobreseyó la causa, quedando desde esta fecha en calidad de detenida gubernativa hasta el día 29 de agosto de 1939, en que fui puesta en libertad. Fijé mi residencia en Escalona del Prado (Segovia), no imponiéndoseme otra condición que la de dar cuenta a la Delegación de Orden Público si cambiaba de residencia”. Detenida gubernativa era un eufemismo empleado para los “desafectos al Régimen” encarcelados sin juicio previo y en condiciones infrahumanas: a las mujeres se les rapaba la cabeza y se les obligaba a tomar aceite de ricino, y por las noches no podían dormir temiendo ser sacados y fusilados con la excusa del traslado a otras prisiones.

Interior de la antigua cárcel provincial de Segovia, actualmente centro creativo y cultural.
Interior de la antigua cárcel provincial de Segovia, actualmente centro creativo y cultural.Eduardo Nave

Esto último lo supe el año pasado, gracias a un ilustre paisano que la conoció y la recordaba mejor que yo: el doctor Alejandro José Domingo Gutiérrez, eminente endocrino y general de división ya retirado, personaje público por haber sido el médico de Rocío Jurado y Lola Flores y artífice del hospital del buque Galicia. En la entrevista, el doctor Domingo recordaba “las largas charlas” con Genoveva, recién salida de la cárcel, en la casa en Escalona de su abuela Ezequiela: “Con trece o catorce años me enteré, por su experiencia personal, cómo se torturaba y vejaba a los presos del franquismo, cómo se fusilaba a sus compañeros de Izquierda Republicana sin juicio previo y cómo mi padre —el doctor Alejandro Domingo Gil, médico titular de Escalona en el momento del golpe de estado y al igual que Genoveva, depurado por desafección al Régimen y sospechas de espionaje— se había librado de ir a la cuneta por estar casado con la hermana de un cura, mi tío Fermín. De ella aprendí lo que significa luchar por un ideal, por la defensa de los derechos humanos, por la implantación de la justicia social y por unos valores éticos que guiaran nuestra conducta. Creencias, ideas y pensamientos, que me dio como herencia en vida. Me hablaba de Rusia como un paraíso, aunque no lo fuera, y de otros países en que existía libertad, creando un mundo de fantasías en mi mente de casi niño, y de aquí mi admiración hacia ella y lo que representaba”.

Consuelo Álvarez, Violeta, en un edición de sellos de correos dedicados a las mujeres telegrafistas.
Consuelo Álvarez, Violeta, en un edición de sellos de correos dedicados a las mujeres telegrafistas.

De la electricidad y sus aplicaciones 

Genoveva ingresó en el Cuerpo de Telégrafos en 1915, cuatro años después de haber aprobado la oposición y con solo 18 años, cuando ya era maestra de niñas. Durante la Segunda República fue un activo miembro de los círculos del Ateneo madrileño y la Universidad Popular de Segovia, participando en ciclos de conferencias como la pronunciada en Turégano en 1927 con el título La electricidad y sus aplicaciones. También escribía regularmente en periódicos progresistas como el semanario El Heraldo o Segovia Republicana. En la ciudad vivía desde 1919 Antonio Machado, que ocupaba la cátedra de Literatura en el único instituto de enseñanza secundaria de la provincia y fue uno de los impulsores de la Universidad Popular, ubicada en la antigua iglesia de San Quirce, un templo románico adquirido en 1927 por un grupo de intelectuales residentes en Segovia (Blas Zambrano, Antonio Machado y Mariano Quintanilla, entre otros) por 7.000 pesetas, que actualmente acoge la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce. Además de charlas y conferencias, esta institución impartía clases nocturnas para los obreros y desde 1932 se ocupó de organizar en los pueblos de la provincia las Misiones Pedagógicas, impulsadas desde el Ministerio de Instrucción Pública por Marcelino Domingo. Allí se organizaban también conferencias a cargo de ilustres personajes como José Ortega y Gasset o el doctor Gregorio Marañón.

Carmen de Burgos 'Colombine', en el centro de negro y con collar, en una conferencia contra la pena de muerte, en el Ateneo de Madrid en 1931. Imagen publicada en la biografía de la escritora realizada por Concepción Núñez en 2005, editada por la Fundación José Manuel Lara.
Carmen de Burgos 'Colombine', en el centro de negro y con collar, en una conferencia contra la pena de muerte, en el Ateneo de Madrid en 1931. Imagen publicada en la biografía de la escritora realizada por Concepción Núñez en 2005, editada por la Fundación José Manuel Lara.

Las Damas Rojas 

Aunque no aparece citada en el libro (y yo tampoco he sido capaz de conseguir pruebas firmes de ello), Genoveva fue probablemente una de las Damas Rojas de las que habla el periodista Rafael Cansinos-Asséns en su obra autobiográfica La novela de un literato: un grupo de mujeres republicanas que defendían con vehemencia su igualdad de derechos, el sufragio universal, el acceso a una educación de calidad y el divorcio (la propia Genoveva se había separado de su marido, el tureganense Mariano de Pablos, a los pocos meses de casarse) que firmaban sus escritos bajo los seudónimos de humildes flores silvestres o de jardín. Entre ellas destacan la barcelonesa Consuelo Álvarez Pool, Violeta (1867-1959), escritora de la generación del 98, ateneísta y masona, perteneciente a la primera generación de mujeres telegrafistas contratadas por oposición, o la periodista almeriense Carmen de Burgos, Colombine, (1867-1932), una de las primeras corresponsales de guerra. Por una antigua postal recibida por Genoveva en la que se refieren a ella como Girasol, parece que también hubo otras flores sin identificar, como AmapolaPasión, Crisantemo o Flor de Té. Todas ellas estaban en el Grupo Femenino del Ateneo, que tenía como representante a la abogada y política madrileña Clara Campoamor (1888-1972), quien había sido asimismo telegrafista.

Los fundadores de la teosofía, Blavatsky y Henry Steel.
Los fundadores de la teosofía, Blavatsky y Henry Steel.

Una novela de espías

En este punto, la historia da un giro inesperado. El domingo 7 de junio de 1936, poco antes del inicio de la guerra, el semanario segoviano El Heraldo se hacía eco de la constitución de la Asociación de Amigos de la URSS, “desligada de toda tendencia política o religiosa, con el fin de difundir y divulgar la verdad sobre lo que ocurre en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas por medio de conferencias, documentales y libros, además de facilitar la financiación de viajes de estudios a Rusia, cuya presidencia recayó en Genoveva Sanz, dirigente de Izquierda Republicana”. Otra sorpresa encontrada en los archivos digitales del Ateneo: aunque Girasol no fue masona como su colega Violeta, pertenecía desde el 11 de noviembre de 1933 a la rama Hesperia de la Sociedad Teosófica Española (1889-1936), un movimiento heterodoxo de inspiración orientalista fundado a finales del siglo XIX por la escritora rusa Helena Petrovna Blavatsky (1831-1891), Madame Blavatsky, cuyo lema era: “No hay religión más elevada que la verdad”.

Código morse empleado en las transmisiones telegráficas.
Código morse empleado en las transmisiones telegráficas.Getty Images

¿Fue realmente mi tía Genoveva una espía? Entrando ya en el terreno novelesco me gustaría creer que sí, que en los días posteriores al golpe de estado, antes de ser detenida, pudo informar desde la oficina de telégrafos de Segovia de la situación en la ciudad o sobre el aeródromo que el capitán Francisco Iglesias Brage (1900-1973), ingeniero militar, aviador y explorador de la Amazonía, estaba construyendo en secreto en su propio pueblo, Escalona, y donde aterrizarían, pocas semanas después, los seis primeros aviones y pilotos alemanes enviados por Hitler a Franco.

Sobre la firma

Isidoro Merino

Redactor del diario EL PAÍS especializado en viajes y turismo. Ha desarrollado casi toda su carrera en el suplemento El Viajero. Antes colaboró como fotógrafo y redactor en Tentaciones, Diario 16, Cambio 16 y diversas revistas de viaje. Autor del libro Mil maneras estúpidas de morir por culpa de un animal (Planeta) y del blog El viajero astuto.

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Logo elpais

Ya no dispones de más artículos gratis este mes

Suscríbete para seguir leyendo

Descubre las promociones disponibles

Suscríbete

Ya tengo una suscripción