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La más cruel de las contradicciones

Un total de 2.292 plantas se 'sentaron' en las butacas del Gran Teatro del Liceo, en Barcelona, en junio. Ante ellas, el UceLi Quartet interpretó el 'Crisantemi', de Puccini.
Un total de 2.292 plantas se 'sentaron' en las butacas del Gran Teatro del Liceo, en Barcelona, en junio. Ante ellas, el UceLi Quartet interpretó el 'Crisantemi', de Puccini.

La cultura afrontó una nueva paradoja: el hundimiento económico de sus trabajadores debido a la cancelación de eventos al tiempo que se disparaba el consumo de sus productos

La cultura venía, al fin, de la fiesta. El año 2019 fue el del portazo a la crisis (la económica aquella que parecía el fin del mundo conocido). Los cines se llenaron como nunca había ocurrido en la última década. Hasta 704.300 personas pagaban sus facturas en España gracias a su trabajo en la música, el arte, la literatura, el teatro, las series o las películas. Como tantas otras cosas, todo eso se acabó en marzo de 2020. Fin de fiesta.

La vida se encerró en un salón o en una cocina. Todo el mundo a la vez necesitó ayudas: los fabricantes de coches, los hoteles, las tiendas de ropa, los bares… Puede que el consumo de destilados en ese salón o en esa cocina se disparase durante el confinamiento masivo, pero lo que es seguro es que la gente no compró coches para ir del dormitorio al baño ni reservó habitaciones para un viaje incierto. Sí consumió a lo bestia películas, series, música, libros y hasta museos online para calmar la ansiedad que producían las cifras de muertos. Enclaustrados, cambiaron las prioridades: más papel higiénico y menos vuelos low cost; más repostería y menos precocinados. Más píldoras para el desasosiego: La casa de papel, Anatomía de Grey, Tyler Rake, Contagio o El hoyo, por citar algunas de las series y películas más vistas en el gran parón.

La cultura afrontó una nueva paradoja: el hundimiento económico de sus trabajadores debido a la cancelación de eventos al tiempo que se disparaba el consumo de sus productos. La industria del automóvil pedía ayudas, pero es verdad que nadie compraba coches, mientras que la industria de la cultura pedía ayudas cuando los ciudadanos ingerían compulsivamente sus creaciones. Internet se inundó de festivales solidarios: la marea de la magnanimidad salpicó tanto al artista artesano como a los dioses de la cuenta infinita como los Stones, Lady Gaga o Bruce Springsteen. Había que dar esperanza, entretenimiento, explicaciones o lo que sea que pueda dar la cultura y se hizo gratis. Quienes hicieron caja fueron los contenedores de los contenidos (plataformas, redes, buscadores…) porque hoy en día cuesta menos pagar al distribuidor que al creador.

“Somos un país que siempre ha tratado mal a la cultura, parece que está feo disfrutar de lo que haces”, reflexionaba Alejandro Pelayo, pianista de Marlango, poco antes de un concierto de aforo minúsculo. La música en directo es hoy un esqueleto de lo que fue: tal es la agonía que han logrado agruparse y movilizarse mediante una plataforma llamada Alerta Roja. La actividad teatral sobrevive gracias al sostén público y hace malabares entre el deseo de trabajo y la necesidad de protegerse en el escenario. Las gentes del cine (¿cuántas de las 3.593 pantallas que había seguirán en pie en 2021?) se entregan del todo a Netflix y compañía, capaces de poner el dinero que haga falta para seguir construyendo un catálogo donde el nombre de la plataforma es ya tan relevante como el del creador del producto. Las ayudas públicas son limitadas y no siempre bien concebidas para un sector con rarezas laborales como la intermitencia.

La segunda ola pandémica tal vez noquee lo poco que dejó en pie tras la primera. Queremos todo lo bueno que la cultura nos da, pero aún nos cuesta pagar por ello (y no digamos lo que puede molestar que se les subvencione como si el plan Renove tuviese más bula ética que las ayudas al circo). El año 2020 ha desnudado esa contradicción de forma descarnada. Y si el virus no es culpa de nadie, la cultura es una responsabilidad de todos.