¿Quiere esta novela? ¡Pues póngase más lejos!

A menudo, más que a los libros, algunos clientes invasivos parecen querer hojear a quienes los venden. Pero el coronavirus ha cambiado la relación entre ambos. Testimonio de un librero

Una empleada de la librería Trebisonda, en Turín (Italia), durante la reapertura en mayo.
Una empleada de la librería Trebisonda, en Turín (Italia), durante la reapertura en mayo. Niccolò Campo (Getty Images)

“Señor, le escucho igual desde aquí que desde allá. Póngase allá, por favor”. Esta frase, que provocaba risas entre sus compañeros, la repetía un librero de una gran cadena cuando los clientes se acercaban tanto que solo su barba frondosa evitaba que sus caras chocaran. No es una anécdota, era la realidad a la que se enfrentaban a diario los libreros en aquella tienda y otras. Los clientes invadían el espacio de trabajo mientras el librero buscaba una solución a un pedido en el ordenador, vigilaban que se tecleara de forma correcta y a veces parecía que iban a meterse dentro de la pantalla. Más que a los libros, podía decirse que esos clientes querían hojear a los libreros.

En una sociedad que a ratos reclama de forma incivilizada más contacto humano que salud, el coronavirus ha servido para poner en evidencia, además de los problemas sociales y económicos, la falta de higiene en el trato con los trabajadores de los comercios, aunque nadie les ha preguntado si sus condiciones laborales han mejorado.

El caso de los libreros es paradójico. Es uno de los gremios que gozan de mayor prestigio, dicen que somos prescriptores culturales y he ahí nuestro valor, pero una gran parte somos mileuristas gracias a las pagas prorrateadas. Y si bien no ha conseguido que nos suban el sueldo, el coronavirus ha obligado a que se tomen medidas sanitarias que ningún sindicato hubiera sido capaz de negociar. Los clientes deben mantener una distancia de seguridad y llevar la mascarilla que evita que su saliva acabe en el librero. Esos clientes a los que les gustaba agarrar del hombro o sujetar del brazo, incluso dar una palmada en la espalda después de recibir el libro, se han quedado huérfanos de toqueteo.

La del librero, recuerden, no es una vida monástica, sino todo lo contrario, se vive expuesto como en cualquier comercio. Háganse una idea. Algunas librerías del centro de Madrid han facturado entre 10.000 y 20.000 euros al día desde inicios de octubre gracias a la campaña de texto y a las novedades literarias. Esto supone que un librero puede atender entre 100 y 150 personas si está en la caja, cobrando libros por un monto que oscila entre los 3.000 y 5.000 euros. Piensen por cuántas manos habrán pasado esas monedas y billetes y si esa tarjeta de crédito está desinfectada. Si está fuera de la caja es probable que el librero atienda a más personas, ya que no todos los clientes pasan por ella. Mayor exposición, ¿no? Además, los únicos libreros que conozco que van a sus librerías en coche es porque trabajan en centros comerciales, el resto usamos el transporte público y sé de una que prefiere caminar casi una hora de ida y otra de vuelta para evitar contagiarse. Ya bastante vulnerable se siente.

En cuanto al futuro de los libreros, todo apunta a una mayor especialización como prescriptor. Pronto los clientes pagarán en cajas móviles con sus teléfonos y hasta serán capaces de encontrar ellos mismos los libros en cualquier planta y estantería gracias a una app (me lo imagino). Pero siempre necesitarán a ese algoritmo vivo de dos patas para que les recomiende ese libro que no saben que necesitan leer. A dos metros o detrás de una mampara ya estamos cerca, pero es la lectura la que se encarga de que nos toquemos.

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