La Universidad dice adiós al siglo XX

Estudiantes de la Universidad Complutense de Madrid a principios de septiembre antes de un examen extraordinario.
Estudiantes de la Universidad Complutense de Madrid a principios de septiembre antes de un examen extraordinario.EDUARDO NAVE

El salto a las aulas virtuales ha sorprendido a la institución con un pie en el milenio pasado. La pandemia obliga a acelerar su digitalización y a enseñar por fin de otra manera. Puede ser el catalizador de una ansiada renovación.

Eric Hobsbawm definió el siglo XX como un “siglo corto” que comenzó en 1914 con la Primera Guerra Mundial y acabó en 1991 con el colapso de la Unión Soviética. Si a ojos de la historiografía los siglos no empiezan necesariamente con su año I, cabe plantearse que el año 2020 podría suponer el comienzo del siglo XXI —tercer milenio— para la Universidad; una institución de secular parsimonia que, pese a ser consciente de que debía adaptarse a la nueva era del conocimiento y de la digitalización, no tuvo que apurarse tanto hasta que el virus se lo impuso.

Sería, por supuesto, precipitado dar por sentado que la pandemia partirá en dos la historia universitaria. Pero quienes viven la situación desde dentro sienten como nunca la urgencia de una transformación sustancial.

Con mascarilla en la parte trasera de su coche oficial, de camino a la Ciudad Universitaria, el rector de la Universidad Complutense de Madrid afirma: “En unos meses hemos dado un salto que no hubiéramos dado en años, y se profundizará”. Joaquín Goyache es virólogo y prevé que la amenaza de la pandemia durará, por lo que se acentuarán giros clave a los que obliga: la revisión del modelo de la clase magistral y el mayor uso de las herramientas digitales para la docencia.

Ya en la Ciudad Universitaria, recorriendo la Facultad de Educación para ver cómo se disponen señales y recursos tecnológicos —como cámaras para retransmitir clases— ante el inicio de este curso aséptico, su decano, el pedagogo Gonzalo Jover, responde en broma a una pregunta sobre el esquema educativo tradicional.

—¿Qué es una clase magistral?

—Aquella que casi nunca te dan.

El rector ríe: “Bueno, pero aquí en la Complutense tenemos profesores que saben mucho y sí se imparten clases magistrales”.

En Educación disponen de una “hiperaula” donde en tiempos del franquismo había una capilla. Tiene aire a la vez de guardería y de oficina moderna. Hay un montón de pantallas. Sillas con ruedas. Tabiques móviles. “Y no hay un lugar central para el profesor”, apunta Jover. “Está pensado para trabajar en equipos con el docente como guía. Debemos pasar del modelo del profesor que transmite conocimiento desde una tarima a otro en el que no se entiende el conocimiento como un contenido que el estudiante engulle de forma pasiva, sino como una construcción de la que es parte activa”.

Hace dos décadas que se apostó por este cambio de paradigma en la Declaración de Bolonia, que sentó las bases del Espacio Europeo de Educación Superior. Esta crisis ha demostrado que el proceso está verde.

En conversación telefónica, el ministro de Universidades, Manuel Castells, sopesa que este es un camino “complejo” y que no se debe juzgar su evolución “sin recordar los recortes masivos a las universidades en la década pasada”. Cree que este no es el momento idóneo “para plantear a fondo el cambio de modelo porque añadiría más confusión”. Lo primero, para el sociólogo, es afrontar esta emergencia; lo siguiente, “pensar qué tipo de Universidad queremos en la era digital”. Su idea de una Universidad moderna: “Aquella en la que el estudiante sea el foco de atención y se use la tecnología para permitir una interacción constante e individualizada entre profesor y alumno”.

Edificios del campus de Poblenou de la Universidad Pompeu Fabra en Barcelona.
Edificios del campus de Poblenou de la Universidad Pompeu Fabra en Barcelona.EDUARDO NAVE

Al cerrar los centros en marzo y pasar la enseñanza a Internet, se pusieron a prueba la ductilidad de los docentes y la autonomía de los estudiantes. Javier Paricio, miembro de la Red Estatal de Docencia Universitaria, dice que no escasearon las videoconferencias de dos horas “en las que el profesor iba viendo cómo se apagaban los recuadritos de los alumnos”. Hubo también profesores, advierte, que sí supieron fomentar el trabajo en grupo, la responsabilidad del alumno, las tutorías individuales. “Ha habido mejoras en los últimos años”, indica el experto, “pero no una transformación generalizada”.

Las universidades tenían creados sus campus digitales. Sin embargo, su uso era limitado.

“Es como comprarse un móvil de última generación. Las funcionalidades son múltiples, pero un porcentaje alto de la población solo utiliza un 20%. Igual sucede con las aulas virtuales. Muchas solo se utilizan para colgar power points”, explica Manel Jiménez-Morales, comisionado de proyectos de educación de la Pompeu Fabra de Barcelona. Cree que el salto a lo digital ha delatado “la falta de visión para atisbar otras reglas de juego que las nuevas generaciones de estudiantes tácitamente reclamaban en temas como la personalización del aprendizaje o la flexibilización de los modelos, los tiempos y los espacios de adquisición de conocimientos”. Y desea que la crisis sea “un catalizador más para que la institución educativa se pueda plantear innovaciones disruptivas y adaptadas a los grandes retos de la sociedad”.

En un patio de la Pompeu a principios de septiembre, tres universitarios nos cuentan su experiencia educativa durante el confinamiento. “No puede ser que los profesores sigan trabajando como en el siglo XX”, dice Marc Artigas, estudiante de Economía y ADE en la Universidad de Barcelona. “Tienen que evolucionar los modos de enseñar y de evaluar”. Aroa Tort, alumna de Periodismo y Economía en la Pompeu, asegura que en Economía la dinámica fue decepcionante: “Colgaban los vídeos y el material, y ya te lo harías tú”. Marc Almirall, estudiante de Informática en la Politécnica de Cataluña, coincidía: “Unos se limitaron a poner apuntes en el portal”. Otros, dice, fueron solícitos y no se conformaron con servir sucedáneos de clases presenciales. Los tres destacaron que abundó entre los profesores la “obsesión” por que no se copiase.

Este curso el común de las universidades españolas ha arrancado con un esquema híbrido de enseñanza presencial y virtual. Para garantizar las distancias de seguridad en las clases y evitar concentraciones en los campus se han reducido a menos de la mitad de asistentes las clases teóricas in situ. Los alumnos se dividen en grupos rotatorios: cuando unos están en el aula, otros ven la clase desde casa. Con vistas a la actividad presencial se priorizan las prácticas, el trabajo de laboratorio, los seminarios. El espacio y el tiempo de la enseñanza se han descoyuntado y cada institución trata de adaptarse. Cristina Gelpí, vicerrectora de proyectos de docencia de la Pompeu, señala el reto: “Lo técnico no es problema. Aquí llevábamos 10 años de transformación digital. Lo esencial es poder cuidar en esta situación la relación entre profesor y estudiante; cuando se pueda, de manera presencial, y cuando no, aprovechando las herramientas virtuales: los foros, las reuniones, los correos electrónicos, las videoconferencias”.

Cristina Gelpí, vicerrectora de proyectos de docencia de la Pompeu Fabra.
Cristina Gelpí, vicerrectora de proyectos de docencia de la Pompeu Fabra.EDUARDO NAVE

En las universidades de toda España, en mayor o menor medida, el viraje pedagógico roza con inercias vetustas. “Yo diría que hay interés entre los profesores jóvenes, pero no hay estímulos suficientes. Para la promoción de sus carreras lo metodológico no se valora”, dice Francisco Michavila, exdirector de la cátedra Unesco de Gestión y Política Universitaria.

Otro gran obstáculo para el cambio es la caída de inversión en las universidades tras el crash de 2008. Entre 2010 y 2017, los 50 centros públicos españoles dejaron de recibir 9.500 millones de euros. El gasto de España en educación superior, 1,28% del PIB, es el más bajo de los 34 países de la OCDE que dan información. El Gobierno ha creado para esta área un fondo covid de 400 millones por la pandemia. Y Castells aguarda que las universidades puedan beneficiarse del histórico plan de recuperación aprobado en Bruselas en primavera: “Creo que Europa priorizará las inversiones de futuro”.

Entretanto, los rectores resoplan. “Este país no apuesta por la Universidad. Los Gobiernos son cortoplacistas y la reinvención de la gestión, de la investigación y de la docencia universitarias requiere de apoyo y de una estrategia a largo plazo”, lamenta Goyache, de la Complutense, la universidad más grande del país, con 71.000 estudiantes, y cuyas raíces se remontan al siglo XIII. “Hacemos milagros con lo que tenemos y tenemos mucho que aportar, por ejemplo, en situaciones como esta que necesitan urgentemente de la activación de la ciencia; y lo hemos hecho, pero no hemos podido aportar tanto como podríamos con más impulso”, dice.

El rector de la Pompeu, Jaume Casals, al frente de un centro creado en 1990 y con 12.000 estudiantes, tiene una opinión terminante sobre la coyuntura: “Si no se inicia un cambio verdadero, esto se irá al garete”.

Joaquín Goyache, rector de la Complutense, en su Paraninfo antiguo.
Joaquín Goyache, rector de la Complutense, en su Paraninfo antiguo.EDUARDO NAVE

Casals, profesor de Filosofía, reclama que se dé a las universidades más autonomía real para decidir cómo funcionan y a qué se dedican. Considera que el sistema de universidades español forma un conglomerado básico y homogéneo —como un servicio general, al modo de la educación primaria o la secundaria— y que se requiere “que se diferencien entre sí”, que haya “variedad”. Sostiene que ya hay jóvenes que no ven las universidades como “el lugar para desarrollar su talento” y no cree en la idea de la universidad como “un enorme conjunto de aulas” donde se enseña a la vieja usanza. “En vez de ser mamuts inmensos y carísimos, podríamos organizarnos de manera más frugal y efectiva”, dice Casals, que si bien defiende con convicción lo presencial como “elemento irreductible” de la enseñanza universitaria, lo acotaría de forma más puntual e intensiva a actividades de colaboración estrecha entre alumnos y profesores.

La incógnita del curso es si será viable el intento de salvar la presencialidad. Si la vuelta a los edificios, así sea restringida, no producirá un nivel de contagios que aboque de nuevo al cierre. Castells asegura que desde julio se vienen perfilando los protocolos de seguridad y que las universidades están listas para rastrear caso por caso: “Se seguirán departamento por departamento, facultad por facultad”. Cree que se podrá mantener el plan de enseñanza híbrida. En el peor de los escenarios también habría respuesta, dice: “En caso de cierre, el curso se acabaría en buenas condiciones. Las universidades están preparadas y contamos con las agencias de calidad nacional y autonómicas para garantizar el nivel académico”. El autor de La era de la información, criticado por su escasa presencia mediática, enarbola un concepto ante lo que pueda venir: “Flexibilidad”.

Es la palabra que repiten como un mantra los altos cargos de las universidades.

“Flexibilidad, gestión de la incertidumbre, sentido común. Esto necesitamos”, dice en el rectorado de la Pompeu su vicerrectora de Internacionalización, Isabel Valverde. En esta universidad, la llegada de estudiantes extranjeros para estancias cortas —como los erasmus— ha bajado a la mitad. “Es un problema económico porque supone un aporte, pero es sobre todo un problema en términos de nuestra filosofía, porque la Pompeu es impensable sin su dimensión internacional, sin la presencia de estudiantes de todo el mundo”.

Valverde apunta a otro reto de este inicio de curso: la comunicación. ¿Cómo lograr que las indicaciones calen en una crisis en la que se propagan con tanta rapidez las falsedades? ¿Cómo llegar a los estudiantes, hijos del maelström cibernético, en una pandemia a la que según la propia OMS va ligada una infodemia?

Un examen a principios de septiembre en la Universidad Complutense.
Un examen a principios de septiembre en la Universidad Complutense.EDUARDO NAVE

Recorriendo antes del inicio del curso la Pompeu y la Complutense, conversamos con alumnos que mostraban confianza en sus universidades, pero había más desorientados y quejosos. Si bien los centros están enviándoles información por correo, y difundiéndola por sus webs y redes, se sienten desinformados y creen que sus centros van a tientas. “No se puede generalizar, pero gran parte de los centros han dado información a última hora”, dice David López, de la Coordinadora de Representantes de Estudiantes de Universidades Públicas.

Un flemático estudiante de Barcelona opina: “Yo pienso que este curso es una moneda al aire”.

En Madrid, dos estudiantes charlan en el campus en una parada de bus.

—Han dicho que las clases serán semipresenciales, pero que de todos modos pueden ir cambiando cada día.

—Yo no entiendo cómo va a ser.

—Todo es muy raro.

—Bueno. Aquí es siempre el “ya se verá”.

En la marquesina hay un anuncio del Ayuntamiento en la que aparece escrito seis veces “higiene-higiene-higiene-higiene-higiene-higiene”.

En el salón de la Pompeu donde nos atendía la vicerrectora Valverde, el jefe de la Oficina de Prevención de Riesgos Laborales, Sergi Jarque, afirma que será fundamental la “responsabilidad individual” de la comunidad: “Cada persona que tenga síntomas o cuyo contagio esté confirmado deberá aportar en su facultad la información necesaria para que se pueda hacer el rastreo de sus contactos”. Confía en las medidas diseñadas. Pero le causa zozobra una cosa: “La gente está infotoxicada. No se retiene la información y hay mucha desconfianza, y de esto depende la efectividad de todo lo demás”.

Desde el salón del rectorado se ve la fachada soleada de la basílica de la Mercè. Su Virgen es la patrona de Barcelona. Dice la leyenda que en 1687, en medio de la agonía del pueblo, obró el milagro de acabar con una plaga de langostas que asolaba la ciudad.

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