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NAVEGAR AL DESVÍO COLUMNA i

La nación de naciones

Lo más importante no es la antigüedad ni de la nación ni del Estado, sino que sean espacios verdaderamente democráticos.

DEFINIR A  España como “nación de naciones” no debería de ser un problema, motivo de conflicto e incluso de ofuscamiento, como suele ser. Hay gente que a partir de ahí ya no admite la conversación. No hay más que hablar. Más que un choque de ideas, lo que se produce es un choque óptico. Donde una persona ve una nación, otra divisa la “nación de naciones”. Y uno piensa que el otro está mal de la vista. O que ve espejismos. O que delira. Y el que ve varias naciones donde el otro solo ve una considera que hay una avería dogmática, uniformadora, que impide ver la policromía.

Sería muy interesante una historia de la mirada en España y sobre España. Lo que hay de “historia profunda” de cada uno. De prejuicio o de deseo. Ver lo que no está “bien visto”. Lo que se oculta, lo que se esconde, lo que incomoda. O incluso, como ocurre en la naturaleza indómita, lo que se camufla o prefiere no ser visto. Goya escribió al pie de uno de sus grabados: “No se puede mirar”. Y esa frase es todo un manifiesto de la mirada. Una invitación a ver con libertad. Como de pequeño te advertían, en la escuela del miedo y el pecado, “no se puede decir”. Y lo bien que te sentías, la rebelde excitación, cuando lo que “no se puede decir” se levantaba del suelo y saltaba alegremente a los labios. Recuerdo a Lores, Paco Lores, emigrante en Buenos Aires, contar en el café Federal, por San Telmo, la historia del barco pesquero de su familia en Galicia. Le habían puesto de nombre República. Pero un día, el niño Lores, desde el ventanal del bar del puerto, vio llegar el barco y gritó como siempre: “¡Ahí viene el República!”. Y sintió el miedo y el silencio a su alrededor, hasta que un familiar le dijo: “Ya no existe más el República. Ahora se llama Victoria”. Aquel hombre de hierro, artífice del Museo del Exilio, recordaba el episodio de la infancia con mar en la mirada. Podías ver en aquellos ojos oceánicos una parte de la historia dramática de España. Y lo que puede cambiar un nombre. O un puñado de palabras.

La mirada democrática es incompatible con la imposición óptica. Mientras escribo, escucho en la radio a un líder político subido a las zancas de la historia inapelable: “Ni Cataluña es una nación, ni España una nación de naciones”. Una afirmación apodíctica, que no admite ni espera retorno. No es una excepción, es un punto de vista bastante común. Algo que comparten, por ejemplo, dirigentes de derecha o barones socialistas. No faltan quienes dividen el país en “constitucionalistas” o no en función de que la mirada alcance a ver o no esa concepción plurinacional de España. E incluso ir más allá en la acometida, y que el uso de la salmodia “nación de naciones” sea un test, como lo era el no comer tocino para los conversos, que delate a los débiles de espíritu o al enemigo enmascarado.

En todos los discursos nacionalistas se suele realzar la antigüedad de la criatura. Cuanto más vieja sea una nación, más nación será. Pero hay naciones muy antiguas que nunca fueron Estado o lo son de tiempo reciente. No, lo más importante no es la antigüedad ni de la nación ni del Estado. Lo más importante es que sean espacios verdaderamente democráticos, donde se cultive tanto la igualdad social y la solidaridad como la creatividad cultural. La esperanza y no una añoranza fósil. España puede ser antigua como reino o reino de reinos, pero es muy joven como democracia. “Entre 1814 y 1981, España fue testigo de más de 25 pronunciamientos”, recuerda Paul Preston en Un pueblo traicionado (Debate, 2019). Y abre ese libro impagable con una cita de Ortega y Gasset en 1921 que todavía puede escandalizar: “Empezando por la Monarquía y siguiendo por la Iglesia, ningún poder nacional ha pensado más que en sí mismo”. Complementaria con otra anotación de Antonio Machado: “En España lo mejor es el pueblo”.

En la naturaleza, para la supervivencia, lo más importante es el área de visión. La becada casi puede abarcar los 360 grados, no tiene área de ceguera, y por eso es considerada “la centinela del bosque”. En la Constitución española, el Estado de las autonomías es un cimiento, no un accesorio de quita y pon como pretenden los ultras. Pero además hubo la suficiente área de visión para incluir una referencia abierta a las “nacionalidades históricas”. Ver a Cataluña como “nación” y España como “una nación de naciones” no debilita la democracia, sino que la refuerza. Y no es un retroceso, ni un provincialismo, sino el paso necesario para una realidad posnacional. Pasar de la hostilidad a un espacio de esperanza.