NAVEGAR AL DESVÍOColumna
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La maldita verdad

EN 2008, y después de revisar a fondo y en tres ocasiones todo el proceso, la justicia alemana declaró inocente a Marinus van der Lubbe, que había sido condenado y ejecutado como autor del incendio del Reichstag, sede del Parlamento alemán durante la República de Weimar hasta 1933. Fue el 27 de febrero de ese año cuando las llamas destruyeron la Cámara de diputados.

Marinus, un revolucionario holandés, fue detenido en la zona. Condenado y guillotinado. El presidente Von Hindenburg se doblegó a la exigencia del nuevo canciller, Adolf Hitler, y firmó un decreto de emergencia que suspendía las libertades y que dio paso a la gran caza de comunistas, y de paso de todo antifascista, sin respetar la inmunidad de los parlamentarios opositores. Ese decreto abrió paso a la dictadura. Y a todo lo que vino después: un horror nunca visto.

Marinus, aquel joven albañil de 24 años, no había tenido nada que ver con la quema del Reichstag. Fue el chivo expiatorio, en una operación de “falsa bandera” organizada por los propios nazis. La gran derecha se entregó al juego o se amilanó. En poco tiempo, millones de electores se fueron detrás de las trompetas del Tercer Imperio.

La Gran Guerra terminó oficialmente en 1945, pero tuvieron que pasar 75 años, desde aquel día de febrero de 1933, para desmontar con todas las de la ley una mentira de semejante calibre. Hubo tiempo, mientras tanto, para intentar propagar otros bulos de la misma calaña incendiaria, como el atribuir el bombardeo de Gernika a quienes lo sufrieron. A “rojos” y “gudaris”. Ese fue tal vez el bulo más canalla del aparato de propaganda franquista, el de encubrir a la Legión Cóndor con un segundo bombardeo de basura corrosiva sobre la carne quemada.

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Además de ser munición en la guerra psicológica, había en esta producción de bulos un indisimulado componente de maldad redoblada. Lo que se quería transmitir desde el principio es que no se trataba de un conflicto entre humanos, sino una confrontación entre superhumanos y subhumanos (Untermensch, en alemán).

Este desahogo de la memoria viene a propósito de un encuentro con la palabra “maldad”. Fue hace unos días, en el congreso de la Asociación de Periodistas de Información Ambiental. Una de las ponentes, Laura Chaparro, de la redacción de Maldita.es, hizo una magistral exposición sobre la naturaleza de los bulos, en la línea del lema que define a esta iniciativa independiente contra la desinformación: “Periodismo para que no te la cuelen”. Llegó un momento en que la escuchábamos en vilo. Como se escuchan las verdades incómodas. Porque, en el nutrido supermercado de la desinformación, la verdad es incómoda y además incomoda. Hay que trabajarla como se cosecha un cultivo ecológico. La verdad, como la tierra, no está a la altura de una mesa de despacho. Hay que doblar el espinazo, desechar semillas transgénicas, detectar la presencia de tóxicos, usar abonos orgánicos y, sobre todo, sentir con las manos. Verificar.

Vivimos en una especie de Bulolandia. Y lo que es peor, de cada 250 bulos, un tercio tienen como objetivo dañar la imagen de la migración. Si ustedes han visto en las redes un vídeo en el que aparecen alumnos arrojando libros a una profesora y poniendo patas arriba la clase, y a los que se identifica como “menas” (menores extranjeros no acompañados), han de saber que esas imágenes nada tienen que ver con España. Es un incidente de escolares en Brasil. Si han recibido por WhatsApp un documento de un supuesto funcionario del INEM en el que se afirma que un inmigrante tiene “muchas más papeletas de recibir ayuda que cualquier ciudadano español”, han de saber que es un absoluto bulo. Si ven una desinformación en la que aparece la imagen de un corazón con gusanos y la leyenda de que es el órgano de un niño que compartía juegos con su perro, pues sepan que el corazón es de un perro y que en ese bulo solo puede haber maldad.

En los bulos puede haber interés económico e ideología como política del daño. Pero es la maldad lo que une antiguos y nuevos, grandes y pequeños bulos. Por mi parte, ya me he apuntado a la “comunidad de malditos y malditas”. El compromiso: hacer lo que se pueda por viralizar la verdad. La maldita verdad.

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