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Feliz apocalipsis

HAY UN verso de Vicente Huidobro en el que recuerda que su madre hablaba “como la aurora y los dirigibles que van a caer”. Una maravilla, la síntesis. Si le quitas la aurora, descalabras la metáfora y el habla. Palabras como dirigibles a punto de desplomarse. Hay gente que habla así. Cuando dicen algo, va a misa. Es un habla encuadernada con la contundencia. No espera réplica, ni crítica, ni matiz. Solo adhesión. Todo es carga de fondo. Todo un: “¡Se van a enterar!”. Todo un: “¡Ahí queda eso!”. Me asombra esta gente que es fanática de sí misma. Que mira por encima del hombro a todo el mundo, incluido a Pau Gasol, que mide 2,14 metros y está creciendo.

En la política española, y en parte de la comentocracia, abundan los discursos armados de expresiones que nos sobrevuelan como “dirigibles a punto de caer”. Fogosos e incansables productores de apocalipsis. No nos dan ni un respiro. El paradigma de este estilo, la celebrity apocalíptica de la temporada, es Cayetana Álvarez de Toledo, portavoz en el Congreso del principal partido de la derecha. Es una persona a la que admiro, porque no solo se admira lo admirable. Admiro la manera en que dirige los dirigibles a punto de caer. Ese dirigir las declaraciones hacia un punto de riesgo aeronáutico. Un punto de silencio similar al ojo del huracán. Después de soltar los dirigibles, y de que estos caigan a tierra y se desmoronen sobre nosotros, Cayetana se queda impasible en ese silencio de esfinge a la espera de que rechinen los goznes de la historia, que las rotativas se paren y que, como dice el libro de San Juan, los siete ángeles de las siete trompetas se apresten a tocarlas.

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En su última tanda de dirigibles apocalípticos, la portavoz del partido que gobernó más de 14 de los últimos años, en los periodos 1996-2004 y 2011-2018, manifestó que vivimos en España una situación política “más difícil” que “cuando ETA mataba”. La organización terrorista anunció el “cese definitivo de la acción armada” en 2011 y su disolución en 2018. Escribo este artículo al día siguiente de esas declaraciones (“cuando ETA mataba, era un momento terrible desde el punto de vista humano. Era un desafío brutal. Pero el momento político actual es más difícil”, dijo en la entrevista a El Correo). La primera réplica vino de Consuelo Ordóñez, presidenta del Colectivo de Víctimas del Terrorismo y hermana de Gregorio Ordóñez, líder del PP vasco asesinado el 23 de enero de 1995. La más relevante por venir desde el núcleo del dolor y de la experiencia histórica: “¿Dónde estabas tú cuando ETA nos mataba? (…) Aquí se mataba a la gente precisamente por hacer política”.

En la serie The Crown, basada en la historia contemporánea de la familia real británica, y una de esas ficciones documentales que merecen el calificativo de impecables, hay un interesante diálogo entre la reina Isabel y el que fue primer ministro Harold Wilson. Es una conversación que mantienen después de que la reina, tras la insistencia de Wilson, visitase una aldea minera galesa, Aberfan, escenario en 1966 de una tragedia en la que murieron 144 personas, en su gran mayoría niños, aplastada la escuela por el derrumbe de una escombrera. La reina lamenta la impotencia frente a la catástrofe, e incluso confiesa que encuentra “algo deficiente” en su interior, la incapacidad de llorar ante la tragedia. Wilson viene a decirle, y creo que es literal, que los dirigentes de un país deberían contentarse con “calmar más crisis de las que creamos”.

Hay muchas razones para ser apocalíptico hoy en el planeta. Podríamos poner el nombre a los cuatro jinetes del Apocalipsis y a alguno más. En la parte en que trata de un mundo dominado por “el ángel del abismo”, Abadón o el Destructor, la imaginación de San Juan se presta a conectar los miedos antiguos con las pesadillas premonitorias de un Philip K. Dick.

—¡Ay, ay, ay de los habitantes de la tierra! —dice el libro.

La emergencia ambiental está ahí. No es una crisis sectorial ni pasajera. No es de izquierdas ni de derechas. No es de ricos y pobres, aunque siempre hay quien piensa que se va a salvar en los camarotes de lujo del Titanic. Los cuatro puntos cardinales ya son uno. Sé que la señora Álvarez de Toledo, marquesa de Casa Fuerte, buena periodista e historiadora, está informada de todo esto. De esto y de lo otro. De que zozobra el horizonte para jóvenes y viejos, aquí y en las antípodas. Así que no necesitamos más suministros de miedo. Tenemos de sobra. Ni necesitamos sobreproducción de apocalipsis. Tenemos suficiente. Tampoco necesitamos enemigos, ni exteriores ni interiores.

Necesitamos políticas para “calmar crisis” y no para enconarlas. Necesitamos un brindis. Y no malaventuras.

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