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Un reino siempre demasiado breve

Un reino siempre demasiado breve

Berthe, la hija que Madame Bovary dejó huérfana, tiene una vida sencilla y miserable. Hasta que descubre el poder de la literatura

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“De todas las causas que han perjudicado la salud de las mujeres, es posible que la principal haya sido la multiplicación infinita de novelas”, afirmó Samuel Auguste Tissot. Pero esto, naturalmente, Berthe no lo sabe. Que Tissot fue un médico suizo, que escribió acerca de la epilepsia, que investigó — no se sabe mediante qué métodos— el onanismo, tampoco. Su padre ha muerto, su madre ha muerto, su abuela ha muerto; el prestamista Lhereux ha vaciado la casa, el boticario Homais ya ha obtenido su medalla, Yonville se ha convertido en una especie de bruma a la que Berthe regresa a veces para descorrer un velo, sin conseguirlo. Nunca regresa a la aldea —así la llama—, pese a que Ruan está relativamente cerca y los medios de transporte han mejorado mucho en los últimos años. A veces escucha a las otras hilanderas hablando acerca de su infancia, pero la suya está en un sitio al que no puede regresar y del que sólo conserva un puñado de imágenes difusas. Berthe trabaja en una hilandería, desde que era niña y por lo que le queda de vida, piensa. Una de las mujeres de la fábrica tiene un ojo de vidrio; se ha dado cuenta porque nunca la mira con él. Pero el hecho es que nadie la mira nunca, ni siquiera en la fiesta anual de la fábrica o a la salida de la iglesia, como si todos tuvieran uno o dos apéndices vítreos en las cuencas vacías o ella fuera de la materia de la que están hechos los sueños.

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La hija de Madame Bovary
Con Madame Bovary, Gustave Flaubert (Ruan, 1821) dejó un poderoso retrato de la burguesía del siglo XIX y del abismo entre realidad y ficción. La protagonista, Emma, tuvo una hija llamada Berthe, de la que se ocupó poco. Al final de la novela, la muchacha queda huérfana, es enviada a vivir con una tía y entra a trabajar en una fábrica. Patricio Pron retoma en ese punto el relato para continuar con esta serie de verano en la que los autores homenajean a sus personajes favoritos.

Berthe tiene 23 años, es alta. De su padre, que era médico, ha heredado la ineptitud para hacer frente a las enfermedades. De su madre, algo de una belleza indiferente y severa, como la de una campesina, y poco más. Sobre todo, no ha heredado el interés por los libros, que la arruinó y arruinó a su familia. Berthe cose hacia dentro, como si, con un gesto, pudiera, a la vez, reparar un género y herirse a sí misma. Ruan no carece de atractivos, pero ella no los conoce. Muy pronto comenzará el impresionismo y todo se romperá en pequeños estímulos de color que desmentirán la existencia de una realidad que no esté fragmentada y sea objetiva, aunque esto Berthe tampoco lo sabe. Por lo demás, los estímulos en su vida son escasos y memorables. Un sombrero nuevo, en una ocasión. Un rugido, la primera vez que un automóvil atravesó el centro de la ciudad. Un escaparate decorado con cintas tricolores en un aniversario de una nación que no ha hecho nada por ella.

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Un día alguien le habla del fenaquistiscopio del belga Joseph Plateau, pero ella no consigue hacerse una idea de en qué consiste el nuevo invento. Otro día estalla una guerra, y esa tarde, Berthe —que podría haber ido a la piscina, por supuesto— se queda en su cuarto rezando por todo y por todos, los de un bando y los del otro. Algo después, la mujer del dueño de la hilandería visita las instalaciones, deja tras ella un rastro de perfume de Colonia, ve algo que no le gusta o que no le conviene, tironea de la manga del redingote a su marido, se hace seguir por él a su despacho. A partir de ese momento, una de las hilanderas les lee a sus compañeras extractos de libros píos y a veces biografías históricas que el director, o más posiblemente su esposa, seleccionan de la oferta existente de estos materiales, que en todas las épocas es abundante; el director supervisa personalmente la construcción de una tarima de madera para la lectora, que desde ese momento se erige en el centro de la fábrica como el púlpito de una iglesia de mujeres cabizbajas. Pero Berthe no aprueba el cambio. Desde el día en que comienzan las lecturas, añora las conversaciones con las otras obreras, las únicas conversaciones que mantenía a lo largo de la jornada. Sobre todo, siente temor, un temor a la palabra escrita que alguien le ha inculcado y de cuyo origen sólo tiene noticias dispersas y poco claras. El país continúa en guerra; los hilos que confecciona van a parar de seguro a los uniformes militares, piensa a veces: un pequeño descuido infortunado y el hilo será desgarrado, se empapará de sangre, será enterrado apresuradamente, volverá a la tierra.

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Algo largamente cerrado se abre con la nueva práctica, sin embargo. Berthe lo siente en ella y lo percibe en las otras mujeres de la fábrica, una especie de deshielo. La lectura genera un efecto no del todo imprevisto: la producción aumenta. Pero esto no es el resultado del carácter moralizante de las obras escogidas por el director, o por su esposa, sino de la paradójica relajación mezclada con inminencia que éstas producen en las obreras, incluso las obras destinadas a exaltar un sentimiento patriótico que las empleadas miran con suspicacia. Porque ¿quién puede creer menos en la trascendencia de una bandera que quien la ha confeccionado?

“Aunque Berthe no ha leído mucho, lo que lee
representa para ella lo opuesto al daño”

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Una de esas banderas es reemplazada por otra, Francia pierde la guerra, el emperador es hecho prisionero, todo lo que podía pasar ha pasado ya o sucederá sin la participación de Berthe ni de nadie que ella conozca. De alguna manera, los acontecimientos conforman una vida exterior que Berthe percibe por primera vez en oposición a una vida interior que empieza a poblarla por dentro. Un tiempo atrás, cuando resultó evidente que la guerra no podía ser ganada pero que tampoco daría lugar a una derrota absoluta —que los nacionalistas suelen preferir porque son las que más y mejor fundan las falsedades de las que estos se alimentan—, y los ánimos decayeron, también el del director, las hilanderas comenzaron a proveerse ellas mismas de lecturas, de crónicas de sucesos y de novelas románticas publicadas por entregas en la prensa. Al principio las leían a escondidas, pasándoselas de mano en mano; más tarde, sin embargo, comenzaron a dárselas a la encargada de leer, por lo general con la instrucción de que se interrumpiera si veía entrar al director: por último de forma desembozada, sin esperar la aprobación de nadie. Una época más propicia podría haber suscitado otras formas de rebeldía, pero la de Berthe tiene el signo de una liberación exclusivamente interior, y es esa liberación la que ella obtiene, la de la creación de una idea de sí misma que nada ha promovido nunca, excepto esas jornadas de una literatura primero oral y luego más y más escrita, en la que Berthe pasa a gastar todo el dinero que le sobra, que por otra parte no es mucho.

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Alguien ha sostenido que cuanto menos se lee, más daño hace lo leído; sin embargo, y aunque Berthe no ha leído mucho, lo que lee representa para ella lo opuesto al daño, representa una forma de beneficio absoluto, si bien indirecto, que se enfrenta a los años en que permaneció en una ignorancia deliberada que era el reverso de la historia de su madre. Un día alguien trae una novela con la que ha tropezado y se la entrega a la lectora; es difícil, hay que regresar continuamente atrás para ratificar una intuición o un recuerdo, la lectura suscita discusiones, la ironía de su autor les pasa inadvertida a casi todas las obreras, puesto que están habituadas —como muchas personas— a creer que un texto sólo puede decir una cosa a la vez. Berthe también es ajena a ella, pero vislumbra o comprende que conoce la historia. Quizás no llega a decírselo siquiera a sí misma, tal vez todo se ve eclipsado por su incapacidad para hablar de ello, pero en la novela están Yonville y su padre y toda una historia de su madre de la que nada sabía.

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La lectura se va a extender a lo largo de varias jornadas, pero Berthe no puede esperar: el primer día, después de escuchar el comienzo del relato, le pide a la lectora que le preste el ejemplar y se pasa toda la noche leyendo, pese al cansancio de la jornada. Al devolvérselo a la mañana siguiente no lo ha terminado todavía, pero no hace falta porque conoce el resto de la historia. Se pregunta si las otras la reconocerán en el libro, cómo el autor llegó a conocer tan bien los hechos, si es alguien de Yonville, si acaso no es el abogado Dupuis: todas esas preguntas se recuestan y en algún sentido bordean una idea central y sobre la que muy pronto no le queda ninguna duda, la de que su madre no se arruinó porque leyó mal o demasiado —Berthe cree saber desde hace tiempo que nunca se ha leído demasiado y que leer mal es imposible—, sino porque intuyó en los libros unas posibilidades que no tenía, que no estaban disponibles para ella ni para ninguna de las mujeres de su clase. No hay indicios de que vaya a haberlos algún día, se dice Berthe, pero eso no invalida su intuición de que los libros no son, como creyeron su padre y su abuela —y también el autor, le parece evidente—, el problema de Emma Bovary, sino todo lo que no era literatura. Sobre todo, no invalida la certeza o la intuición de su madre, y Berthe siente por primera vez desde su infancia una añoranza intensísima de la mujer, aunque también del reino siempre demasiado breve en el que las dos van a poder encontrarse en el futuro compartiendo un hábito pero no un destino. Pide permiso a la mujer que suele leerles. Esta vez, dice, va a ser ella la lectora. Sube al estrado. Se aclara la voz. Mira a las otras obreras, expectantes. Comienza a leer.