Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

El experto en mosquitos que fotografió la España de la miseria

Un libro rescata las imágenes inéditas tomadas por Juan Gil Collado, un científico represaliado por el franquismo

Juan Gil Collado, encaramado a un árbol con un cazamariposas, hacia 1921.
Juan Gil Collado, encaramado a un árbol con un cazamariposas, hacia 1921.

Víctor García Gil recuerda cuando, de niño, su abuelo le mostraba su colección de fotografías antiguas. “Para mí era como ver las películas de Tarzán de Johnny Weissmuller”, rememora. Su abuelo era Juan Gil Collado, un científico que recorrió la España de la miseria en busca del que entonces era el enemigo público número uno de muchos españoles: los insectos. El entomólogo peregrinó por las regiones más pobres del país pertrechado con una cámara y fotografió a los labradores azotados por el mosquito de la malaria, a los niños con piojos, a los gañanes con pulgas, a los pastores con sarna. Gil Collado, nacido en Martos (Jaén) en 1901, falleció en 1986. Su nieto ha custodiado su legado en silencio durante más de 30 años.

Las imágenes inéditas del científico aparecen ahora en un libro, La dignidad de un entomólogo (ediciones Doce Calles), escrito por el propio Víctor García Gil y por Alberto Gomis, catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad de Alcalá. “Las condiciones miserables de vida de sus habitantes, su aislamiento y la afección de todo tipo de enfermedades impresionaron al científico”, narran los autores sobre uno de los primeros viajes de Gil Collado a La Cava, una pequeña población de arroceros en el Delta del Ebro, en Tarragona, hacia 1925.

Labradores de La Cava (Tarragona) observan a Gil Collado mientras este les hace una foto, hacia 1925.
Labradores de La Cava (Tarragona) observan a Gil Collado mientras este les hace una foto, hacia 1925.

El padre de Juan era amanuense: escribía al dictado de las personas analfabetas de Martos. Su madre era ama de casa. En 1901, ocho de cada diez habitantes de Jaén no sabían leer ni escribir o no tenían estudios. Cuando el niño tenía dos años, sin embargo, la familia se trasladó a la capital. Allí, en el verano de 1916, Gil Collado ingresó en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Madrid. La malaria, entonces más conocida como paludismo, se erradicó de España en 1964, pero a comienzos del siglo se cebaba con los habitantes de Extremadura, Andalucía, Murcia y Cataluña. La localidad barcelonesa de Prat del Llobregat estaba tan afectada que fue bautizada como “el pueblo de las fiebres”. Solo en Sevilla, con una población de 275.000 personas, se registraban más de 16.000 casos de malaria y una docena de muertes cada año.

En medio de ese apocalipsis, en 1923, Gil Collado fue fichado por el Ministerio del Estado para una misión con escolta militar por el protectorado español en Marruecos. Su objetivo era experimentar el efecto de unas algas sobre las larvas de los mosquitos que transmiten la malaria. Dos años antes había ocurrido el Desastre de Annual, la estrepitosa derrota española ante las tropas de la resistencia bereber. Murieron unos 13.000 militares españoles tras las controvertidas decisiones de los altos mandos apoyadas por el rey Alfonso XIII.

Gil Collado, hacia 1921 y en 1973, con su nieto Víctor García Gil, coautor del libro 'La dignidad de un entomólogo'.
Gil Collado, hacia 1921 y en 1973, con su nieto Víctor García Gil, coautor del libro 'La dignidad de un entomólogo'.

Al volver de Marruecos, Gil Collado fue contratado por el Museo Nacional de Ciencias Naturales, en Madrid. Allí se convirtió en uno de los mayores expertos mundiales en los mosquitos de la malaria. En 1925 se casó con Carmen Fernández, hija del jefe de personal de la Fábrica Gal, la empresa productora del jabón Heno de Pravia. “Su coquetería rozaba el esnobismo, cuando pocos meses antes de su matrimonio [Gil Collado] viajó a París, de donde vino imbuido de las últimas tendencias de los cosmopolitas dandis parisinos”, explican Gomis y García Gil. En Francia, el científico adoptó del actor Maurice Chevalier un sombrero de tipo canotier y un elegante bastón. “Su aspecto, más que sofisticado, le pareció ridículo y estrafalario a su prometida, quien le conminó a guardar el sombrerito y el bastón en un armario y olvidarse de sacarlos, si quería pasear con ella por la calle”, cuentan con sorna los autores. No obstante, el científico siguió vistiendo traje y pajarita el resto de su vida.

Poco a poco Gil Collado se fue sumergiendo en los ambientes de los intelectuales republicanos de Madrid. El 12 de marzo de 1930 firmó, junto a otras personalidades, un manifiesto de Acción Republicana encabezado por Manuel Azaña, que se publicó en varios periódicos pese a la censura. “Nuestro designio es aunar los esfuerzos de todos para restaurar en España la libertad mediante la República. Nada más. Nada menos”, pregonaban.

Una mujer y sus hijos en la puerta de su choza, en Extremadura, hacia 1929.
Una mujer y sus hijos en la puerta de su choza, en Extremadura, hacia 1929.

El entomólogo celebró el 14 de abril de 1931 la proclamación de la Segunda República, que veía como “la oportunidad que España necesitaba para despegar en educación” y “mejorar una sanidad pública deficitaria, propia de un país pobre y subdesarrollado”, según subrayan los autores. Sin embargo, cuando no había transcurrido ni un mes asistió “horrorizado” a la quema de iglesias y conventos en ciudades de toda España. En Madrid, grupos incontrolados incendiaron las bibliotecas de la residencia de jesuitas y del Instituto Católico de Arte e Industrias, aniquilando primeras ediciones de las obras de Lope de Vega, Quevedo y Calderón de la Barca.

En el invierno de 1932 Gil Collado se embarcó en otra expedición, esta vez a la isla de Fernando Poo, en la Guinea Española, pero de nuevo para estudiar los insectos transmisores de enfermedades. Se llevó un salacot y un revólver, que no le sirvió para defenderse de su principal enemigo: un mosquito que le transmitió la malaria. Su compañera de viaje, la brillante científica Trinidad Gutiérrez Sarasibar, falleció poco después, aparentemente por otra misteriosa enfermedad tropical.

Autobús de línea a Santa Isabel, la capital de la isla de Fernando Poo, en 1933.
Autobús de línea a Santa Isabel, la capital de la isla de Fernando Poo, en 1933.

En la isla de Guinea, Gil Collado comió lagarto, ranas, saltamontes y hormigas fritas. Para prevenir la picadura de las moscas tsetsé, que inoculan unos parásitos que inflaman el cerebro y provocan la llamada enfermedad del sueño, “los nativos sugirieron a los científicos dejarse acompañar por ellos pues, según su creencia, la mosca prefería a la gente de color”, cuentan Gomis y García Gil.

De vuelta a Madrid, Gil Collado fue uno de los protagonistas del Congreso Internacional de Entomología, organizado en la capital en septiembre de 1935 con delegaciones de medio mundo. La revista Blanco y Negro lo explicó mejor que nadie. "Para el vulgo resulta casi una chifladura el hecho de que se reúnan hombres doctos y sesudos, provenientes de muy diversas naciones, para hablar, discutir y comunicarse sus estudios acerca de la vida y costumbres de los insectos”, señalaban. Pero, añadía la revista, “esos beneméritos entomólogos trabajan abnegada y silenciosamente en beneficio de la gran familia humana, así para librarla de terribles enfermedades producidas por insectos, como para facilitarle medios de preservar su riqueza frutal y forestal contra el estrago devastador de legiones de bichitos”.

Tres científicas (Trinidad Gutiérrez, María de la Encarnación Sánchez y Paulina de Zavala) con su escolta militar en Marruecos, en 1930.
Tres científicas (Trinidad Gutiérrez, María de la Encarnación Sánchez y Paulina de Zavala) con su escolta militar en Marruecos, en 1930.

El Congreso Internacional de Entomología fue el fin de una época. Sus actas nunca fueron publicadas. El estallido de la Guerra Civil hizo que insignes entomólogos españoles —como Ignacio Bolívar, un experto en saltamontes que había dirigido el Museo Nacional de Ciencias Naturales— huyeran de España por su compromiso con la República. Otros, como el parasitólogo Sadí de Buen, fueron fusilados. Tras la contienda, una comisión franquista examinó las actas del congreso y “procedió a expurgar los trabajos cuya autoría se debía a personas de las que se dudaba su adscripción al nuevo régimen”, según recuerdan Gomis y García Gil. Juan Gil Collado, tras un arresto domiciliario, fue apartado de su plaza en el museo.

“A los excesos y crímenes cometidos en los primeros meses de la guerra en la ciudad por los grupos más radicales del bando republicano, dirigidos contra miembros de la Iglesia, personas de ideología conservadora o militares retirados, y cuyas víctimas inocentes fueron elevadas a la condición de mártires por las nuevas autoridades, iba a suceder ahora un prolongado periodo en el que nuevas víctimas inocentes verían sus vidas truncadas”, lamentan los autores de La dignidad de un entomólogo. Gil Collado y su familia se convirtieron en “refugiados de guerra, sin hogar, sin un trabajo estable y sin recursos”.

Fotografía tomada por Gil Collado en un lugar y año sin determinar.
Fotografía tomada por Gil Collado en un lugar y año sin determinar.

El Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y del Comunismo juzgó al entomólogo por su efímero contacto con una logia masónica. Los jueces le exigieron que confesara los nombres de otros masones. Gil Collado, con una arriesgada ironía, respondió citando al presidente estadounidense Theodore Roosevelt, al primer ministro británico Winston Churchill y al neurocientífico Santiago Ramón y Cajal, ganador del Premio Nobel. El tribunal le condenó en 1945 a “una sanción de inhabilitación absoluta perpetua para el ejercicio de cualquier cargo del Estado”.

Gil Collado vivió “el exilio interior”, señalan su nieto y Gomis. Sin embargo, su éxito en una empresa privada, la vasca Insecticidas Cóndor, le permitió rehabilitarse como científico y ganar el pan para su familia. “Tras la guerra, mis abuelos se convirtieron en unos indigentes. Sus tres hijos se educaron en las condiciones más asilvestradas, de aquí para allá, incluso estuvieron sin escolarizar durante tres años”, explica García Gil. Los tres hijos, pese a todo, salieron adelante. Muy adelante.

Gil Collado, en el centro, con pajarita, junto a su mujer, Carmen Fernández, y unos amigos en la sierra de Madrid.
Gil Collado, en el centro, con pajarita, junto a su mujer, Carmen Fernández, y unos amigos en la sierra de Madrid.

El hijo mayor, Luis Gil Fernández, es filólogo griego y traductor de las obras de Platón y Sófocles. Ganó el Premio Nacional de Historia en 2007. El hijo pequeño, Juan, fue pionero del estudio del latín medieval en España y desde 2011 ocupa el sillón de la Real Academia Española que quedó vacante tras la muerte de Miguel Delibes. La hija mediana, Carmen, murió el año pasado tras una triunfante carrera científica investigando virus de animales y humanos. Fue la primera mujer en lograr una beca de la Fundación Juan March para ir a la Universidad de Cambridge, donde conoció a su marido, el físico Federico García Moliner, ganador del Premio Príncipe de Asturias de Investigación en 1992. Víctor García Gil, el coautor de La dignidad de un entomólogo, es el hijo de ambos.

Juan Gil Collado falleció por un cáncer el 26 de agosto de 1986 y, además de una colección de fotografías, legó a su nieto una enseñanza para toda la vida. “Mi abuelo me educó en la idea de la reconciliación. Ni él ni su familia conocieron el rencor y mucho menos se lo inocularon a sus hijos y nietos. Fueron españoles que se negaron a odiar a otros españoles”.

Se adhiere a los criterios de The Trust Project Más información >

Más información