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Una parábola contemporánea

En las fechas más profundas del cristianismo, el dinero que dejó de estar disponible para los necesitados fluye hacia el templo

El humo consume Notre Dame el 15 de abril ante la mirada de parisinos y turistas.
El humo consume Notre Dame el 15 de abril ante la mirada de parisinos y turistas.GEOFFROY VAN DER HASSELT/ AFP / Getty Images

Las noches de Buenos Aires son todavía cálidas en este otoño austral. Los cartoneros hacen su trabajo dentro de los contenedores de basura, un ejército de miserables se acuesta sobre las aceras, millones de argentinos duermen el sueño inquieto de quien no sabe cómo se las arreglará mañana. Este país atraviesa tiempos oscuros. Pero las cosas no son muy distintas en otros lugares con mejor perfil macroeconómico. Estamos habituados a mirar la pobreza sin verla; a ocuparnos de nuestros propios problemas, que no son pocos; a pensar que el mundo siempre ha sido más o menos así y que, en lo esencial, nunca cambiará.

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Asumimos como naturales fenómenos incomprensibles. El mundo lleva más de un siglo en una supuesta guerra contra el narcotráfico y apenas nos preguntamos por qué el enemigo es cada vez más fuerte, ni qué porcentaje de sus colosales ganancias alimenta los mercados financieros, ni si hay connivencia entre nuestros generales y los suyos para mantener el gran negocio de esta guerra. Nos parece mal que existan paraísos fiscales donde las grandes y pequeñas fortunas se protegen de los impuestos, pero no solemos preguntar por qué existen. ¿De verdad los Gobiernos quieren acabar con ellos? ¿Tan difícil sería hacerlo si existiera realmente la intención?

El incendio de Notre Dame de París ofrece una instructiva parábola. La visión de la catedral en llamas encogió los corazones en todo el planeta porque ardía un símbolo múltiple: del cristianismo, de la historia cultural europea, de la belleza arquitectónica, del turismo de masas, de un pasado que el viejo continente parece añorar cada día con más fuerza. Extinguido el incendio, cuando aún no se han evaluado por completo los daños y partes de la estructura se mantienen en precario, se plantea el asunto de la reconstrucción.

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Y surgen los Epulones de hoy, los Arnault y los Pinault, ofreciendo toneladas de dinero. Eso está bien. Por fin sabemos para qué servían los paraísos fiscales, las reducciones de impuestos sobre las grandes fortunas, las desgravaciones por obra cultural y, en general, las políticas económicas contemporáneas: los multimillonarios fueron los primeros en dar un paso adelante para rescatar un valioso pedazo del patrimonio cultural y religioso de la humanidad.

Por decirlo de otro modo: los grandes mercaderes corren a salvar el templo. Se trata de un buen gesto, al margen de cualquier consideración sobre si lo que hay tras él es una operación de relaciones públicas o blanqueo de imagen. Sí, es un buen gesto. Y es normal que hablemos de ellos, los nuevos Epulones, mucho más que de los pequeños donantes anónimos. Ellos ofrecen cantidades asombrosas.

Hay algo esencialmente obsceno en esta historia. En las fechas más profundas del cristianismo, cuando se conmemora un fenómeno teológico tan misterioso como la muerte y resurrección del dios del amor y la compasión, el dinero que dejó de estar disponible para los necesitados (inmigrantes, estudiantes, desempleados, familias con enfermos crónicos o ancianos, y cortemos aquí porque la lista sería interminable) fluye hacia el templo. El patrimonio de la humanidad, antes que la humanidad misma. Y lo asumimos de forma natural.

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