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Por qué nos fascinan ‘Stranger Things’ y demás guiños al pasado

Rodeados de incertezas, miramos obsesivamente al pasado en la cultura, pero también en la política

Ejemplar de Juegos Reunidos Geyper, en el libro '¿Qué fue de los 70? Crónica ilustrada de los años del cambio’ (Editorial Arzalia).
Ejemplar de Juegos Reunidos Geyper, en el libro '¿Qué fue de los 70? Crónica ilustrada de los años del cambio’ (Editorial Arzalia).

Hay unos pájaros que vuelan marcha atrás porque les interesa más ver de dónde vienen que a dónde van. Los describe Jorge Luis Borges en su Libro de los seres imaginarios y son eso, imaginarios. Pero estos animales mitológicos, llamados goofus birds, bien podrían ser una metáfora de nuestras sociedades, obsesionadas con rememorar el pasado en un frecuente ejercicio de nostalgia.

Se aprecia sobre todo en el campo de la cultura: la celebración de conciertos que recuperan a los artistas de cierta década (como Love the 90’s o Love the Tuenti’s), los libros que recuerdan los tiempos escolares (Yo fui a EGB), las reuniones de viejas glorias musicales que interpretan en concierto sus viejos éxitos, la aparición de recopilatorios, reediciones, ediciones conmemorativas de discos de antaño, el gusto por el vinilo o los videojuegos pixelados, o las series que recuperan el espíritu de otras épocas (como Stranger Things). Lo retro y lo vintage en interiorismo o en moda: el eterno rumor sobre el retorno de las hombreras o los pantalones de campana; las bombillas de filamento. La nostalgia, como se ve, es buen negocio.

“La nostalgia es una emoción propia de las sociedades posmodernas”, explica Eduardo Bericat, catedrático de Sociología de la Universidad de Sevilla. “El futuro es más incierto que nunca y el presente resulta banal y superficial. Solo queda mirar al pasado”. Si bien durante la modernidad el progreso generaba ilusión y se avistaban en el horizonte utopías que perseguir, ahora los años venideros resultan inquietantes, con un desarrollo tecnológico que no se sabe si será favorable o distópico, una panoplia de problemas globales a resolver y una notoria escasez de ideas políticas para ello.

Los remolinos en el flujo de la sociedad líquida nos marean y el individualismo contemporáneo nos deja sin apoyo ni red de seguridad. “El mundo del pasado nos parece seguro, cohesionado, con algo de encanto, de mito o de emoción”, opina el sociólogo. En efecto, una etimología de la palabra nostalgia podría ser el dolor por el anhelo del hogar perdido, como Ulises en su regreso a Ítaca.

“El futuro es incierto, el presente es banal y superficial. Solo queda mirar al pasado”

Eduardo Bericat, sociólogo

La nostalgia también se detecta en el campo de la política: una socialdemocracia desnortada suspira con frecuencia por los gloriosos años del capitalismo de posguerra, cuando se conjugaba fuerte crecimiento económico con la construcción del Estado del bienestar. No pocos derechistas nostálgicos levantan el brazo con el recuerdo del franquismo, de su nacionalcatolicismo y su desarrollismo. Lo cierto es que el futuro no se ve demasiado nítido y existe cierta sensación de fin del mundo.

Todo cambia tan rápido que los diferentes pasados se producen a chorro. “Sorprende que gente relativamente joven, entre 30 y 35 años, ya estén añorando el pasado, cuando eso era propio de edades más maduras”, apunta Bericat. Y el pasado idílico, además, nos pisa cada vez más los talones. En su libro Retromanía (Caja Negra), el crítico cultural británico Simon Reynolds señala que no solo hay nostalgia, sino que esta cada vez se refiere a tiempos más cercanos: “Nunca existió en la historia humana una sociedad tan obsesionada por los artefactos culturales de su propio pasado inmediato (…) ¿La nostalgia obstaculiza la capacidad de avanzar de nuestra cultura? ¿O somos nostálgicos porque nuestra cultura ha dejado de avanzar?”. Como señala Reynolds, la distancia temporal entre un suceso y su revival cada vez es más corta.

Ejemplar de Juegos Reunidos Geyper en el libro '¿Qué fue de los 70? Crónica ilustrada de los años del cambio’ (Editorial Arzalia).
Ejemplar de Juegos Reunidos Geyper en el libro '¿Qué fue de los 70? Crónica ilustrada de los años del cambio’ (Editorial Arzalia).

Esta obsesión por los tiempos pretéritos no es única en la historia: el Renacimiento se caracterizó por el revival (es un decir) de la cultura clásica grecolatina, en el Romanticismo volvió el gusto por lo medieval. Es un fenómeno que se da en épocas de cambio, turbulencia e incertidumbre. “La nostalgia y el progreso son Jekyll y Hyde: alter egos”, escribe la ensayista Svetlana Boym en su libro El futuro de la nostalgia (Antonio Machado Libros), “los brotes de nostalgia suelen seguir a las revoluciones”. Y ahora vivimos en la revolución constante. Pero en los casos citados la distancia temporal es de siglos. Hoy bastan un par de décadas, o menos, para empezar a anhelar los good old times: los años ochenta ya empiezan a estar quemados y hay quien empieza a dar vueltas sobre los noventa e incluso sobre los dos mil.

“Hay que tener en cuenta dónde está el liderazgo social en términos generacionales”, dice José Rueda Laffond, historiador y profesor de la Universidad Complutense que ha estudiado la memoria y la nostalgia, por ejemplo, a través de series como Cuéntame o Aquellos maravillosos años, “suele estar en aquellos entre los 40 y los 60 años, los que están al mando en la política, la cultura, los medios, etcétera”. Eso explicaría que la nostalgia dominante hoy en día sea la de los años ochenta y noventa, cuando esta generación era joven, de igual forma que a finales del siglo XX se estilaba la nostalgia de otras épocas. “Entonces se percibía una idealización de la copla de los años cuarenta y cincuenta, con intelectuales muy sesudos que hicieron una lectura muy positiva, o también una mitificación de los años sesenta, que todavía pervive”, dice el historiador.

Según el crítico cultural Simon Reynolds, la distancia temporal entre un suceso y su revival cada vez es más corta

El evento Love the Tuenti’s, que tendrá lugar en junio en Ifema, Madrid, reúne a algunos de los músicos de más éxito de los años dos mil: Álex Ubago, El Sueño de Morfeo, Safri Duo o King África. Hugo Albornoz tiene 40 años y es el CEO de Sharemusic!, la empresa que organiza este tipo de eventos. “Hay gente de mi edad que no conecta con la música de ahora y siente conexión emocional con la de los noventa o los dos mil, a veces denostada”, cuenta. En eso se basan estos conciertos: el de junio espera congregar a 25.000 personas, la mayoría de esa mediana edad llena de responsabilidades y preocupaciones. Este presente mostrará en el futuro alguna particularidad: “Hoy en día es todo tan fragmentario y hay tantos estilos diferentes que dentro de unos años quizás sea difícil conceptualizar esta década mediante algunos artistas señalados”, opina Albornoz. Puede que entonces sintamos nostalgia de la propia nostalgia y los pájaros que vuelan hacia atrás, lo que describía Borges, no sepan a dónde mirar.

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