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IDEAS ANÁLISIS i

La pesadilla tecnológica

La cultura que ha surgido a través de Internet se caracteriza por una producción y un consumo frenéticos, y una dinámica de distracción y dependencia

Exposición Internet World en Singapur (1999).
Exposición Internet World en Singapur (1999). AFP/ Getty Images

El ciberespacio, con sus voces desencarnadas y sus etéreos avatares, tuvo una naturaleza mística desde el principio, y su inmensidad sobrenatural se convirtió en el receptáculo adecuado para todos los anhelos y tropos espirituales de Estados Unidos. Como escribiera en 1991 Michael Heim, filósofo de la Universidad Estatal de California, “¿Qué mejor forma de imitar el conocimiento de Dios que crear un mundo virtual constituido por bits de información?”. En 1999, el año que Google se mudó desde un garaje en Menlo Park a sus oficinas de Palo Alto, un científico de la computación de la Universidad de Yale, David Gelernter, redactó un manifiesto donde predecía “la segunda llegada del ordenador”, repleto de imágenes diáfanas de “cibercuerpos flotando a la deriva en el cibercosmos informático”, y “cúmulos de información bellamente dispuestos como si se tratase de inmensos jardines”. La retórica milenarista se exacerbó con la llegada de la Web 2.0. “Contemplen”, proclamaba la revista Wired en su artículo de portada de agosto de 2005: estamos adentrándonos en un “nuevo mundo”, creado no por la gracia de Dios, sino por la “electricidad de la participación” generada por la web. Será un paraíso creado por nosotros mismos, “producido por los usuarios”. Las bases de datos de la Historia serán borradas, la humanidad reiniciada. “Tú y yo estamos viviendo ese momento”.

Aquella revelación ha llegado hasta nuestros días, y el paraíso tecnológico sigue brillando en nuestro horizonte. Hasta los ricachones se han sumado a este futurismo quimérico. En 2014, el inversor Marc Andreessen publicó una serie de tuits entusiastas —a los que denominó tormenta de tuits— en los que anunciaba que los ordenadores y los robots estaban a punto de liberarnos de “las limitaciones de nuestras necesidades físicas”. Haciéndose eco de John Adolphus Etzler (y también de Karl Marx), declaró que “por primera vez en la historia” el ser humano sería capaz de expresar plenamente su verdadera naturaleza: “Podremos ser lo que queramos. Los principales campos de la actividad humana serán la cultura, las artes, las ciencias, la creatividad, la filosofía, la experimentación, la exploración y la aventura”. Lo único que le faltó citar fue las verduras.

Cabría despachar estas profecías como mera palabrería autoindulgente de niños ricos, salvo por una cosa: han terminado por dar forma a la opinión pública. Al extender una visión utópica de la tecnología, una visión que define el progreso exclusivamente en términos tecnológicos, han reducido la capacidad crítica de la gente, propiciando que los empresarios de Silicon Valley sean libres de remodelar la cultura para que se adapte a sus intereses comerciales. Después de todo, si los tecnólogos están creando un mundo de superabundancia, un mundo donde no existirá ni el trabajo ni la necesidad, sus intereses particulares deben ser por fuerza los mismos intereses que alberga la sociedad. Interponerse en su camino, o incluso cuestionar sus aspiraciones y actividades, sería contraproducente y sólo serviría para retrasar la llegada de algo maravilloso e inevitable.

El camino trazado por Silicon Valley ha tenido el refrendo académico por parte de teóricos tanto de universidades como de think tanks. Intelectuales de todo el espectro político, desde la derecha seguidora de Ayn Rand hasta la izquierda marxista, han descrito la red informática como una tecnología para la emancipación. El mundo virtual —defienden— supone una liberación de las limitaciones sociales, empresariales y gubernamentales; libera a la gente para ejercer su voluntad y su creatividad sin cortapisas, ya sea como empresarios que buscan ganancias o como voluntarios que se dan a la tarea de la “producción social” fuera de los márgenes del mercado. “Esta nueva libertad”, escribía el profesor de Derecho Yochai Benkler en su influyente libro de 2006 La riqueza de las redes, “posee un potencial práctico enorme: como dimensión de la libertad individual; como plataforma para una mayor participación democrática; como medio para fomentar una cultura más crítica y reflexiva; y, en una economía global cada vez más dependiente de la información, como mecanismo para lograr mejoras en el desarrollo humano en todo el mundo”. Llamarlo revolución, decía Benkler, no era ninguna exageración.

Benkler y sus acólitos tenían buenas intenciones, pero sus puntos de partida estaban equivocados. Ponían demasiado énfasis en los primeros años de la web, cuando sus estructuras sociales y comerciales eran aún incipientes, y sus usuarios tan sólo representaban una muestra sesgada del conjunto de la población. No fueron capaces de ver que la Red acabaría canalizando las energías de la gente dentro de un sistema de información administrado, centralizado y fuertemente regulado, organizado con el fin de enriquecer a un pequeño grupo de empresas y a sus propietarios. La Red puede generar mucha riqueza, es cierto, pero es un tipo de riqueza a lo Adam Smith; concentrada, además, en muy pocas manos, en lugar de distribuirse ampliamente. La cultura que ha surgido a través de la Red, y que hoy en día se extiende a cada vez más facetas de nuestra vida y de nuestra mente, se caracteriza por una producción y un consumo frenéticos —los smartphone nos han convertido a todos en medios de comunicación— pero no por dotarnos de mayor poder y mucho menos de una mayor capacidad de reflexión. Es una cultura de la distracción y la dependencia. Esto no significa negar los beneficios de un sistema universal y eficiente de intercambio de información; se trata, antes bien, de negar la mitología que envuelve dicho sistema. Y refutar el argumento que defiende que, para poder alcanzar aquellos beneficios, ese sistema ha tenido que adoptar la forma que presenta en la actualidad.

Al final de su vida, el economista John Kenneth Galbraith acuñó el término “fraude inocente”. Lo utilizaba para describir una mentira o una media verdad que, al sostener los puntos de vista y necesidades de quienes están en el poder, se presenta como un hecho. Después de repetirla hasta la saciedad, esa mentira acaba pasando al acervo popular convertida en un lugar común. El fraude “es inocente porque muchos de quienes lo emplean no son conscientes de su culpabilidad”, escribía Galbraith. Y “es un fraude porque, veladamente, está al servicio de intereses particulares”. Concebir Internet como una herramienta para liberarnos es un fraude inocente.

Extracto de La pesadilla tecnológica, de Nicholas Carr, que publica Ediciones El Salmón el 4 de marzo. 

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