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COLUMNA i

La hora de apostar

El fracaso en la tramitación de los Presupuestos le da al presidente la razón para convocar

Pedro Sánchez pasa por delante de Joan Tarda en el debate del miércoles.
Pedro Sánchez pasa por delante de Joan Tarda en el debate del miércoles.

Un adelanto electoral es una apuesta. En un sistema parlamentario los presidentes pueden anticipar las elecciones y manipular así los tiempos para ganar ventaja política. Sin embargo, como buena apuesta, una cosa es atreverse y otra que salga bien. Suele haber dos racionalidades distintas detrás de no agotar una legislatura. De un lado, que los gobiernos busquen minimizar sus pérdidas porque consideren que seguir en el poder desgasta. Algo así primó cuando José Luis Rodríguez Zapatero hizo las elecciones generales en 2011. Del otro lado, puede ser que un gobierno piense que es el momento propicio para incrementar apoyos. Por esto convocó Manuel Chaves las elecciones andaluzas en 1996 tras la legislatura de la pinza. Ahora bien, lo más duro es cuando los gobiernos cometen un error de percepción, como los de Artur Mas en 2012 o Theresa May en 2017, que ambos convocaron pensando que ganarían escaños y los cedieron.

Los adelantos electorales son frecuentes en la segunda mitad de un mandato y por parte de gobiernos en minoría de un solo partido. Además, suelen asociarse con contextos económicos favorables (aparejan la popularidad del presidente), con que el partido del gobierno saque distancia en los sondeos a sus rivales o con que la oposición esté dividida. En todo caso, la clave está más en el porqué que en el cuándo. Es decir, en cuál es la razón que justifica ir a las urnas y muda el oportunismo en necesidad. E incluso así, con razones bien armadas, entre la firma del decreto y la celebración de los comicios 54 días después puede haber infinitas contingencias.

El fracaso con los presupuestos le da al presidente la razón para convocar y es dudoso que vaya a tener otra tan clara. Ya parece descartado que el Gobierno aguante hasta otoño y tiene sentido, pues implicaría perder el argumento del bloqueo presupuestario y, sin la mayoría de la moción, ni siquiera cuenta con garantías de convalidar sus decretos en el Congreso. Ganaría tiempo, pero si el PSOE pierde poder en las autonómicas su ventaja en los sondeos se puede evaporar rápidamente.

La decisión oscila entre dos escenarios. De un lado, una elección concurrente en mayo. Es indudable que esto alinearía a toda la organización a luchar por Sánchez, pero supone al tiempo que el PSOE sacrifique el activo que suponen sus barones y su estructura local. Además, la contaminación entre arenas electorales sería importante, haciendo más difícil ejercer rendición de cuentas a los votantes ya que hasta el último alcalde socialista se vería (aún más) condicionado en sus apoyos por la valoración del presidente.

Del otro lado, convocar en abril podría ayudar al Gobierno a que sus líderes territoriales se impliquen (sería una previa de sus propias elecciones) y tiene la narrativa del bloqueo del presupuesto por la oposición y los independentistas como arma, por más que sea el primero en medirse a las urnas. De ahí que probablemente este último escenario es el mejor (o menos malo) para un presidente que no se puede permitir retrasar más la apuesta.

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