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El ritmo de la naturaleza

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Un mochuelo comienza su jornada con las primeras luces de la luna.

Las enseñanzas de una gineta a su cría. El rastro del vuelo de una golondrina. Una salamanquesa ante el universo. La fauna proporciona momentos tan únicos como efímeros. Pertrechado con su cámara y grandes dosis de paciencia, el salmantino Mario Cea (1970) imagina instantes que persigue con su objetivo y algo de luz. Sin manipulación posterior, el fotógrafo consigue captar la vida a una velocidad salvaje

SON MUCHAS las horas invertidas para conseguir fotografiar momentos fugaces, incluso en ocasiones prácticamente invisibles para el ojo humano, como los que ofrece la fauna salvaje. Mis imágenes, por norma general, nacen en mi cabeza, las imagino, incluso puedo llegar a verlas terminadas en mi mente. El reto está en conseguir captarlas con la única ayuda de mi cámara y algo de luz, sin ningún tipo de manipulación posterior. Una vez que tengo clara la instantánea, comienza el proceso de creación mediante técnicas fotográficas, que empieza por localizar al modelo protagonista. Normalmente este primer paso es el que más tiempo lleva, ya que los animales salvajes van y vienen cuando quieren y es muy complicado prever sus comportamientos. También trato de encontrar una ubicación adecuada para realizar mi trabajo y espero el momento oportuno para iniciar los preparativos.

Tan solo la experiencia adquirida durante muchos años puede aportar los conocimientos que permitan alcanzar el éxito en unas sesiones que, aun así, en muchas ocasiones resultarán infructuosas. Cuando me hallo en el lugar adecuado y he dado con un animal colaborador, llega el momento de poner en práctica la parte técnica. Tengo que reconocer que soy bastante obsesivo y crítico con el acabado de mis imágenes y que no me importa repetir cuantas veces sean necesarias hasta lograr un resultado que me satisfaga. Me gusta plasmar ese momento efímero, ese instante fugaz, esa escena invisible, y poder mostrar al espectador una imagen única que nació dentro de mí.