Columna
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Ser mujer y no tener derecho ni al agua

Más de 600 millones de personas siguen sin acceso al agua potable, 2.400 millones sobreviven sin saneamiento mejorado

Unas chicas refugiadas rohinyá en el campo de Kutupalong (Bangladés).
Unas chicas refugiadas rohinyá en el campo de Kutupalong (Bangladés). WONG MAYE-E (AP)

Como en España casi todos tenemos acceso al agua potable. Como es una minoría, y lo será más, el grupo de los damnificados por cortes de suministro a causa de impago. Como nuestros problemas relacionados con el agua son de largo plazo, la tendencia a la sequía y la escasa inversión en la red de suministro y en el alcantarillado.

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Como sucede todo eso, resulta brutal aprender el dramatismo del problema del agua. Claro, ocurre sobre todo en otros rincones del mundo, más bien apartados —sobre todo en el África subsahariana y en el subcontinente asiático.

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Drama de cifras recién aireadas en el noveno Foro del Agua: beneméritamente celebrado ¡en una feria comercial!, el Salón del Ciclo del Agua, en Barcelona. Empecemos por lo bueno, que durará poco y enseguida vendrá el susto. Lo bueno es que en las tres últimas décadas, 2.600 millones de personas lograron acceso mejorado a agua potable y 2.100 millones a saneamiento básico (Gonzalo Delacámara, Universidad de Leeds).

Lo malo es todo lo demás. Más de 600 millones de personas siguen sin acceso al agua potable, 2.400 millones sobreviven sin saneamiento mejorado. Ocho de cada diez personas sin acceso a agua potable viven en zonas rurales. Y más de 300.000 niños mueren cada año por diarreas, vinculadas a la falta de agua en condiciones.

¿Y qué tiene que ver todo eso con la condición de la mujer? De entrada, son la mitad de los afectados. Pero en realidad son muchas más: las mujeres acarrean el 70% del agua en África: fuertes pesos a la espalda y horas que no dedican a nada mejor (Leire Pajín, Instituto de Salud Global de Barcelona). Emplean 40.000 horas/año en esa tarea neolítica (Miguel Ángel Moratinos, Red Española de Desarrollo Sostenible).

Peor. Hay en el mundo más de 900 millones de personas (la mitad, mujeres) que defecan al aire libre, por falta de saneamiento cercano. Las consecuencias de género son asimétricas. Muchas esperan a la noche para hacer sus necesidades: la oscuridad aumenta el riesgo de abusos y violaciones. Las adolescentes que estrenan regla lo pasan peor.

Por eso el agua y la igualdad de género forman parte de los 17 objetivos de desarrollo sostenible de la ONU —la Agenda 2030—, que deben abordarse de forma interconectada.

Y también la paz. Ya decía Simón Peres que “las próximas guerras no serán por la tierra, serán por el agua”.

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