De profesión, niña

Recoger leña, preparar la comida, fregar los platos, limpiar la casa y, en los ratos libres, asistir a la escuela. Este es el día a día de las niñas etíopes como Qello, de 13 años, para quienes el tiempo de juego y las aspiraciones quedan sepultadas por el trabajo doméstico, una especie de entrenamiento para el matrimonio. Una infancia robada por un destino al que es difícil escapar, donde la desigualdad es la norma
EN ETIOPÍA, uno de los países más pobres de África, ser niña es un trabajo a tiempo completo. Según un informe de Unicef, es el segundo país del mundo en el que las niñas dedican más tiempo a las tareas domésticas: hasta 28 horas por semana.
Aquí, nacer niña equivale a una vida de acarrear agua, cocinar, limpiar, recoger leña o cuidar de los hermanos pequeños. Ellas soportan una sobrecarga de trabajo doméstico desigual y abusiva que empieza a edad temprana y se va intensificando a medida que llegan a la adolescencia, lo que les roba la infancia obligándolas a sacrificar oportunidades para crecer o jugar, mientras que supone también un lastre en su educación y desarrollo personal y las expone a violencia física y sexual.
A su vez, en esta lógica de la desigualdad normalizada, la identidad de las niñas se construye desde la inferioridad y así queda definido su papel en la sociedad. Las niñas son educadas para creer que su trabajo es menos valioso que el de sus hermanos varones y su lugar es el interior del hogar, perpetuando unos roles de género que no solo las explotan, sino que las privan de cualquier futuro lejos de casa. Para ellas, el simple hecho de tener alguna ambición es ya un acto heroico en sí mismo.
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