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OPINIÓN i

Una omisión preocupante

El acuerdo entre el Gobierno y Podemos evita cualquier mención a la recuperación presupuestaria de la ayuda al desarrollo

Miriam, de 16 años, en su casa de El Bañado en Asunción.
Miriam, de 16 años, en su casa de El Bañado en Asunción.

En ocasiones, lo que se calla es mucho más sonoro que lo que se dice. Esto es precisamente lo que ha ocurrido con la ayuda al desarrollo en el acuerdo presupuestario firmado la semana pasada entre el Gobierno y el grupo parlamentario de Ahora Podemos. De las cincuenta páginas dedicadas a asuntos tan diversos (y necesarios) como la subida del salario mínimo, la inversión en investigación, la introducción de nuevos impuestos, el apoyo a la cultura, la modificación de la Ley Mordaza o el impulso a las energías renovables, no ha habido ni una sola palabra para redefinir el papel de España en el mundo. Incluso los juegos de azar y las apuestas en línea merecen capítulo propio, pero no así la cooperación, una política agresivamente castigada que ha visto disminuir su presupuesto un 73% en la última década.

La sociedad civil y la oposición (incluyendo Podemos y el PSOE, cuando la ejercía hace solo unas semanas) han puesto cifras a este desafío: 0,4% del PIB al final de la legislatura, de acuerdo con una proposición no de ley aprobada a finales de 2017 con el apoyo de todos los partidos. Si consideramos las implicaciones de este escenario para el próximo año, cualquier incremento razonable debería estar por encima de los 400 millones de euros para la cooperación que realiza el Ministerio de Exteriores. El partido en el Gobierno debe saberlo, porque fue la cifra que propusieron en su presupuesto alternativo para 2018.

Estas negociaciones son complejas y sus portavoces han aclarado que quedan cosas por cerrar. Pero los hechos de esta semana sugieren que las expectativas creadas acerca de la reforma de nuestra acción exterior podrían quedarse en puro artificio retórico. Todavía no se ha secado la tinta del discurso de Pedro Sánchez ante la Asamblea General de la ONU –“nuestro compromiso tiene nombre, tiene fecha, tiene metas, es la Agenda 2030 para los Objetivos del Desarrollo Sostenible”– y la primera ocasión de demostrarlo con hechos no parece confirmar una de las herramientas fundamentales de los ODS. En otros ámbitos sensibles, como el de la ayuda humanitaria, la incapacidad para corregir un recorte acumulado del 80% contrastaría con la celeridad que demostró el Gobierno a la hora de blindar las exportaciones de armas a Arabia Saudí.

El camino que separa las proclamas parlamentarias de las políticas de carne y hueso está hecho de compromisos presupuestarios

La omisión de Podemos resulta igualmente inexplicable. Ningún grupo parlamentario ha sido más beligerante en la denuncia de la pobreza internacional, las violaciones de derechos humanos o las causas del desplazamiento forzoso. Pero el camino que separa las proclamas parlamentarias de las políticas de carne y hueso está hecho de compromisos presupuestarios. Y, en este punto, la realidad es que Podemos se alinea ahora con los demás partidos de la oposición. A pesar de que muchos de sus cuadros y bases tienen una trayectoria personal ligada a la cooperación internacional, los morados no han dado señal en ningún momento de que este capítulo forme parte de sus líneas rojas.

No queda mucho margen. Pese al esfuerzo de algunas comunidades autónomas, el olvido ha ido carcomiendo a las instituciones e individuos que sostienen una política que no hace tanto tiempo distinguía a España en el mundo. La ausencia de recursos detrae oxígeno de un sistema al que se le acumulan reformas pendientes para modernizar sus instituciones –empezando por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo– y garantizar la calidad de cada euro invertido. Esto es particularmente necesario en un momento en el que España está llamada a definir, junto con sus socios, el rol de la Unión Europea en el mundo a través de un nuevo marco financiero plurianual, un acuerdo post-Cotonú, o una nueva herramienta de política exterior (a propuesta de la Comisión Europea). Y todo ello bajo la presión de posiciones enconadas y visiones reduccionistas en lo que se refiere a la gestión de la migración o del refugio. La relevancia económica del sistema de cooperación se traduciría inmediatamente en relevancia política, en un momento en el que la voz de la comunidad del desarrollo es imprescindible para definir una posición digna y relevante de España en asuntos y regiones altamente sensibles.

Las próximas semanas nos mostrarán la voluntad política real de cada grupo. PSOE y Podemos tienen la oportunidad de corregir esta omisión inicial. ERC, PDCat y PNV, de empujarles a que lo hagan. Cuando se hayan aprobado los próximos presupuestos, todo el mundo debe entender que la cooperación ha vuelto para quedarse.

Por Gonzalo Fanjul, Carlos Mataix, José Moisés Martín, Iliana Olivié, José María Vera y Rafael Vilasanjuán.

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