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Universo Antonio Saura

En el 20º aniversario de la muerte del artista, la visita a la Fundación Antonio Saura de Ginebra ayuda a entrar con conocimiento de causa en el universo tenebroso y magistral del fundador del grupo El Paso. Un santuario mal conocido que guarda la memoria, la obra, la biblioteca y la correspondencia privada de uno de los grandes pintores españoles del siglo XX

LEVES LOMAS VERDES y villas de alta o altísima gama bordean la carretera que, paralela al lago Leman, lleva hasta La Pallanterie. Estamos en el municipio de Meinier, a escasos 15 minutos del centro de Ginebra. Al torcer a la derecha en el cruce, el taxi abandona lo que empezaban a ser estribaciones de la idílica campiña suiza y entra en una calle banal de edificios de aire empresarial. Uno de ellos atesora, sin levantar la más mínima sospecha sobre tal cosa, una de las colecciones privadas de arte más interesantes del mundo.

La Fundación Antonio Saura, sin duda uno de los lugares más discretos en el gran circuito internacional del arte moderno, guarda entre sus paredes no solo un valiosísimo conjunto de pinturas, dibujos, grabados, bocetos, apuntes, esculturas, objetos personales, libros, fotografías y cartas, sino también algo que se llama el contexto: el aroma y los testimonios que explican por qué se pintó tal cuadro, por qué se condenó a otro a la hoguera, por qué se escribió tal misiva, por qué se recibió otra. Los porqués y los cómos y los cuándos de tantas y tan intensas amistades con pintores, escultores, novelistas, poetas, pensadores, marchantes, editores… Por qué, en suma, la obra pictórica, gráfica y hasta literaria de Antonio Saura (Huesca, 1930-Cuenca, 1998) conforman uno de los corpus más apasionantes e intransferibles del arte español del siglo XX.

Bocetos y apuntes preparatorios, y Crucifixión 3.85 (1985).
Bocetos y apuntes preparatorios, y Crucifixión 3.85 (1985). Rezo / Contacto

Las puertas del montacargas se abren con estruendo y el visitante se ve inmerso de golpe en el recibidor de la Fondation-Archives Antonio Saura. Se trata de una fundación privada declarada de interés público por el Gobierno suizo, sin subvención pública alguna y autofinanciada al 100% por sus responsables a través de los recursos que logran poner en marcha: venta de obra gráfica y de las publicaciones que edita, expedición de certificados de autenticidad y atribución, préstamos para exposiciones, donaciones privadas, etcétera. Fue creada en 2006 gracias a la perseverancia y los buenos contactos de Marina Saura, hija mayor del artista, y de su pareja, el abogado ginebrino Olivier Weber-Caflisch, albacea testamentario del fundador del grupo El Paso. La tercera pata en la constitución de la fundación hace ahora 12 años fue la cubana Mercedes Beldarraín, la segunda esposa de Antonio Saura (contrajeron matrimonio en 1971) y coheredera del artista junto con su hijastra Marina, nacida de la relación del pintor con su primera mujer, la franco-sueca Madeleine Augot.

“Cuando Olivier acabó el trabajo de albaceazgo (el pago del impuesto de sucesión y la atribución de los distintos legados), nos planteamos qué hacer después”, explica Marina Saura mientras deambula por los blancos y amplios espacios de la fundación, rodeada de las obras de su padre. “Para entonces, Mercedes, Olivier y yo llevábamos años trabajando juntos dedicados a la obra de mi padre sin haber dejado nuestras respectivas ocupaciones y obligaciones [Marina Saura es actriz de cine y teatro y escritora, y publicó el año pasado el volumen de relatos Sin permiso], con la incomodidad añadida de que vivíamos cada uno en diferentes ciudades, París, Ginebra y Madrid. Mi padre vivía y trabajaba en París desde 1967, guardaba su antiguo estudio en Madrid y pasaba los veranos en Cuenca. Habíamos estado más de siete años trabajando en condiciones difíciles, siempre viajando y echando en falta poder disponer de los elementos necesarios (obras, libros, documentos, etcétera) bajo un mismo techo. Así que la necesidad de establecernos en un solo lugar se impuso como algo natural”.

Dora Maar 19.5.83 (1983).
Dora Maar 19.5.83 (1983). Rezo / Contacto

De hecho, el origen de la fundación de Ginebra hunde sus raíces en un conflicto familiar y legal con epicentro en Cuenca: el protagonizado por, de un lado, Marina Saura, Mercedes Beldarraín y Olivier Weber-Caflisch y, de otro, Carlos y Ángeles Saura, hermanos del artista. “Mi padre lo dejó bien claro en sus instrucciones post mortem: ‘Ninguna fundación o institución análoga podrá crearse o llevar mi nombre sin el acuerdo previo y unánime de Mercedes, Marina y tuyo’. La voluntad de mi padre no fue escuchada ni respetada, por lo que no tuvimos más remedio que oponernos a la apertura de esa pseudofundación”. Marina Saura se refiere a la Fundación Antonio Saura de Cuenca, hoy extinta de facto, con un patronato que apenas se reúne, ya sin el apoyo de la Junta de Castilla-La Mancha y plagada de deudas ante Hacienda, la Seguridad Social y los empleados. En abril de 2007, y en unas declaraciones realizadas en Cuenca, Carlos Saura y su hermana Ángeles aseguraron que Antonio Saura siempre les manifestó su voluntad de que la fundación viera la luz en esa ciudad.

Hoy Marina Saura y Olivier Weber-Caflisch, apoyados por un minúsculo puñado de colaboradores en los locales de La Pallanterie, están dedicados prácticamente a tiempo completo a su fundación en Ginebra. De estas mesas, de estos archivos y de estos ordenadores han salido, entre otros trabajos de largo aliento, numerosos certificados de autenticidad (Marina Saura es la titular de los derechos de autor y de imagen de la obra y del nombre de su padre) y el catálogo razonado de la obra gráfica del artista. El de la obra pictórica se encuentra en proceso de elaboración. También nacieron aquí ambiciosos proyectos editoriales, como los monumentales volúmenes Antonio Saura por sí mismo (un exhaustivo compendio de su obra, editado por Lunwerg) o Nulla dies sine linea (el asombroso proyecto en el que el artista se pasó un año entero, 1994, ilustrando día a día las noticias que más le llamaban la atención en la prensa, editado por Patrick Cramer). O Contra el Guernica (Archives Antonio Saura/Museo Reina Sofía/Ediciones de La Central), inolvidable libelo en cuyas páginas el autor dejó incrustado —con parecidas dosis de humor y rabia— su estupor ante lo que denominó “el griterío demente” ante el desembarco de la obra magna de Picasso en Madrid en 1981: “Detesto imaginar qué hubiera opinado Picasso si hubiese sabido que el Guernica llegaría a España en un régimen monárquico, protegido por la Guardia Civil, siendo Calvo-Sotelo presidente del Gobierno y un cura director del Museo del Prado, habiendo sido encerrada la pintura en una urna cristalina bajo la protección permanente de las metralletas, y años más tarde en una pecera antibalas por capricho de un Gobierno socialista antimarxista”.

El último de esos trabajos editoriales, el volumen titulado Sur Picasso (sobre Picasso), acaba de ver la luz en la Fundación-Archivos Antonio Saura. En él se dan cita todos los textos que el creador de series pictóricas como las Crucifixiones, las Metamorfosis, los Sudarios o las Multitudes escribió sobre el genio malagueño. El libro ha sido editado por la propia fundación en francés. Ya existe un proyecto para hacerlo en inglés y, apunta Marina Saura, “algún día, espero, en español”.

Los 41 dibujos originales de la serie Sueño y mentira de Franco, sobre el dictador y el régimen, siguen esperando para ser expuestos en España

Ese “espero” alude quizás a una relativa decepción ante el eterno compás de espera que tradicionalmente los círculos museísticos y editoriales de España han observado para con la obra de Saura. La última gran retrospectiva, que tuvo lugar en el IVAM y en el Reina Sofía, se remonta a 1989. Ahora, nuevas interrogantes se plantean en relación con otro importante proyecto. Se trata de la esperada aunque nunca confirmada exposición en España de la serie de 41 dibujos Mentira y sueño de Franco, ejecutada entre 1958 y 1962, y en la que el artista oscense plasmó entre lo irrisorio, lo hilarante y lo terrible su aversión a la dictadura. Los dibujos nunca han sido expuestos en su conjunto. Los responsables del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía —que posee una de las mejores colecciones de obras de Antonio Saura, fruto de la dación en pago efectuada en su día por el pintor— estaban dispuestos a hacerlo y el acuerdo estaba a punto de cerrarse. Pero según Marina Saura, los vaivenes políticos dieron al traste con la exposición… al menos de momento: “La situación política española ha paralizado las actividades culturales, primero con la imposibilidad de aprobar los Presupuestos del Estado y ahora con la incertidumbre total en la que está un país donde nada se mueve. Los dibujos de Mentira y sueño de Franco son de una actualidad rabiosa y exponerlos en España tiene todo su sentido. Pero nosotros no pedimos ni esperamos nada. Si sale, fantástico. Si no, qué se le va a hacer”. Finalmente, y si las gestiones fructifican, los dibujos podrían ser expuestos en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Su director, Miguel Zugaza, ha manifestado ya a Marina Saura su interés al respecto.

Universo Antonio Saura
Universo Antonio Saura
Arriba, Marina Saura ordena libros en la biblioteca personal del artista en la fundación de Ginebra. En medio, parte de la colección de arte primtiivo de Antonio Saura. Abajo, bocetos.
Arriba, Marina Saura ordena libros en la biblioteca personal del artista en la fundación de Ginebra. En medio, parte de la colección de arte primtiivo de Antonio Saura. Abajo, bocetos. Rezo / Contacto

Pasear en soledad durante una tarde entera entre los peines repletos de óleos, acrílicos, dibujos, grabados, collages y grattages, y entre los cajones llenos de cuadernos y carpetas a su vez plagados de apuntes y bocetos es acceder a un laberinto fascinante, el laberinto Saura. Un pintor de cuyo destino real e imaginario en los libros de arte cabe preguntarse. ¿Qué dimensión habría alcanzado su pintura si hubiera nacido en Brooklyn en vez de en Huesca? ¿Qué lugar en la historia del arte moderno le habría sido reservado de haber pintado en un estudio acristalado de Manhattan en lugar de haberlo hecho frente a Los Ojos de la Mora, en los roquedos de Cuenca? ¿Cuál habría sido su cotización en el caso de haber frecuentado la noche neoyorquina en vez de haberse dedicado al grupo El Paso y a sus amigos Millares, Viola, Chirino, Feito y Canogar? Tantas preguntas retumban tras los mundos de Saura.

En esos cajones mágicos uno se topa con tesoros insospechados. Uno de ellos se titula Libro de vida y viene envuelto en una carpeta gris de oficina corriente y moliente. Es un compendio de planes vitales, el rosario de voluntades del artista, cosas que deseaba realizar (y algunas se realizaron tras su muerte), exposiciones, publicaciones. Ahí están el Diario del caos, la Guía subjetiva del Museo del Prado, o las Cartas imaginarias (al Greco, a Rembrandt, a Matisse, a Van Gogh, a Pollock…), o el texto Razones por las cuales rechazo entrar en la Academia, o incluso ese viejo proyecto editorial para una Autobiografía de juventud: la que escribió en 1950 tras superar cinco años de inmovilidad por culpa de una tuberculosis que le dejó huellas de por vida.

La peregrinación por los archivos de Ginebra en busca de tesoros ofrece otras sorpresas, como las obras originales y las tiradas limitadas de libros ilustrados: La familia de Pascual Duarte, los Diarios de Kafka, el Quijote, Pinocho… Al fondo, por fin, surge la ingente biblioteca personal de Antonio Saura: poesía, novela, ensayo, tratados de arte, pensamiento… Pero nada comparable a su correspondencia privada, una cueva de las maravillas epistolar. Ahí están las confesiones, parabienes, discusiones y diatribas entre el pintor y un sinfín de artistas, escritores, pensadores, marchantes, galeristas… Alejo Carpentier le da calabazas a un prólogo para un libro. Eduardo Chillida le habla de su amada Donostia. En 1973, Julio Cortázar lamenta el drama de la dictadura chilena. Manuel Millares le llama “mi querido recalcitrante ibérico-telúrico Antonio”. Robert Motherwell, Jorge Oteiza, Severo Sarduy, Juan Marsé, César Manrique, Joan Miró, Camilo José Cela, Marcel Duchamp, Fernando Arrabal, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre…

“Lo fundamental es pintar con ojos nuevos las mismas obsesiones”, dejó escrito Antonio Saura. Sus obsesiones: el erotismo, cierto ascetismo en lo vital y lo artístico, la literatura, la religión, las dictaduras, el cuerpo de la mujer, Goya, Velázquez, la crucifixión… Dueño de un universo estético de códigos inequívocos, angustia y criaturas retorcidas, Saura lo dijo y lo hizo. Proyectar ojos nuevos sobre las viejas verdades del mundo. 

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