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Una familia en blanco y negro

De sus ocho hijos, tres le salieron albinos a Mafanta Cissé y ahora la vida le ha regalado tres nietos con la misma alteración genética. Esta es la historia de un clan que ha superado el miedo y las burlas infantiles y vive en armonía con sus vecinos

Parte de la familia de Mafanta Cissé. Ver fotogalería
Parte de la familia de Mafanta Cissé.

Mafanta Cissé, de 73 años, se sienta en la puerta de su casa en el barrio de Missira, a la sombra de un inmenso árbol. Allí vende bolsitas de jabón en polvo a 75 céntimos de euro a sus vecinas, una manera sencilla de tener unos pequeños ingresos extra. Estos días hay mucho revuelo a su alrededor. Hace apenas un mes nació Sumaila, su nieto benjamín, el último tesoro de esta gran familia. Blanco como la luna llena, el pequeño se acurruca en los brazos de Mafanta y recibe un biberón de leche caliente para regocijo general. De sus ocho hijos, tres le salieron albinos y ahora la vida le ha regalado tres nietos con la misma alteración genética. “Una bendición”, asegura la orgullosa abuela.

Es corriente escuchar historias negativas sobre el albinismo en África, relatos de personas perseguidas e incluso asesinadas por brujería. Sin embargo, aquí, en este rincón de Bissau, la familia Darramé es querida y respetada. Igual que en otros muchos lugares del continente aunque salgan menos en los medios de comunicación. “Mi hermana tuvo un hijo albino y eso nos preparó en cierta manera. Tenía un poco de miedo y me preocupaba su futuro, pero con el tiempo he entendido que en las cosas de Dios no hay que entrar. Él ha decidido que las cosas sean así y siempre nos va a ayudar. Estoy contenta de estar viva y estar rodeada de todos mis nietos”, explica la matriarca de este variopinto clan.

Fue como una ruleta. El mayor de los hermanos, Suleymane, nació con este trastorno, lo que significa que Mafanta Cissé y su marido Bamaro Darramé tenían el gen recesivo sin saberlo. Luego llegaron Mamadú, Issa y Awa, todos negros como sus padres. Después Mariama y Brahima, albinos, mientras que las pequeñas Djalica y Adara no. En la siguiente generación las combinaciones también fueron curiosas. Mientras los hijos de Suleymane y Mariama (ambos albinos) nacieron sin la alteración, tres de los cuatro hijos de Issa (que no lo es) sí que heredaron el albinismo.

La abuela sostiene al último de sus nietos en brazos. ver fotogalería
La abuela sostiene al último de sus nietos en brazos.

Aunque no pudo terminar los estudios, las cosas no le han ido del todo mal a Suleymane, que hoy es maestro de Primaria. Su hermano Brahima también tuvo que renunciar a ir al instituto por falta de recursos económicos y ahora busca trabajo además de ser un activo miembro de la asociación de albinos de Guinea Bissau. “De pequeño me llamaron alguna vez barata branca (cucaracha blanca) y caldo de mancara, una comida que lleva una salsa clarita. He escuchado decir que es una maldición, que somos niños serpiente, pero debo decir que lo que más recuerdo de mi infancia es cómo jugaba con mis amigos Samba, Avelino y Saliú y cómo me defendían si alguien se metía conmigo”, explica Brahima.

El albinismo es un trastorno de origen genético y hereditario que provoca que los individuos afectados carezcan de pigmentación en piel, pelo y ojos. Suelen tener problemas de visión y tener una piel muy sensible, sobre todo a los rayos del sol. “En Guinea Bissau no hay dermatólogos especializados”, prosigue Brahima, de 28 años, “y esto es un problema. Sin embargo, la cuestión más seria es la visión porque nos sitúa en el límite de poder leer y escribir con normalidad”, añade.

De pequeño me llamaron alguna vez barata branca (cucaracha blanca). He escuchado decir que es una maldición, pero debo decir que lo que más recuerdo de mi infancia es cómo jugaba con mis amigos

Aisha y Lucmani, los hijos de Issa de nueve y siete años, corretean alrededor de Mafanta mientras ella les recrimina con esa sabia mezcla de autoridad y ternura que sólo las abuelas saben conjugar. “Aquí todos los niños son iguales, no hacemos ninguna distinción”, dice la matriarca, “por aquí les dicen brancoscomo un insulto, pero yo les respondo que los blancos también son hijos de Dios”. La niña juega a ponerse diferentes modelos de gafas de sol y Lucmani es un auténtico torbellino de brincos y carreras. “De mayor quiero ser profesora”, dice Aisha. “Yo conductor de coches”, tercia el pequeño. Ambos van a una escuela de beneficiarias del Proyecto de Educación Inclusiva de Guinea Bissau (APPEHL), implementado por la ONG Humanidad e Inclusión y financiado por UNICEF, la Unión Europea y la Agencia Francesa para el Desarrollo.

El bebé se agazapa envuelto en una tela gris entre los brazos de su abuela ajeno al revuelo. De repente, Aisha se arranca con el himno de Guinea Bissau. “Me gusta cantar” dice con la mirada baja y una sonrisa tímida. Lucmani sin embargo prefiere hacerlo “sólo en los días de Carnaval”. Dos vecinas observan la escena sonrientes y se sientan bajo el árbol familiar, cansadas de la caminata y divertidas con el remolino infantil. Dos chiquillos quieren llevarse a Lucmani para jugar al fútbol, pero él prefiere esconderse del sol hasta que apriete un poco menos. “Mi preferido es Cristiano Ronaldo”, remata.

Brahima Darramé colabora con la ONG Humanidad e Inclusión (antes Hándicap Internacional) en la denuncia de la discriminación que sufren las personas discapacitadas. “Los problemas de la piel y de visión hacen que muchas veces los albinos no puedan terminar sus estudios y conseguir un trabajo digno, deberíamos tener algún tipo de ayuda del Estado”, explica. En un país donde el 80% de la población vive con menos de dos dólares al día y sostenido en los últimos años por donantes internacionales no lo tienen fácil. Ni ellos ni casi nadie. “Pero aquí estamos y nos tenemos los unos a los otros”, asegura abriendo los brazos y mostrando a su hermosa familia, en la que cada miembro aporta lo que puede. “Una bendición”, repite Mafanta Cissé.

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