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OPINIÓN

¿Dónde estamos ahora?

Hacer un balance del estado del planeta no es tarea sencilla: ¿podemos ver la botella medio llena? ¿o está medio vacía? Este es un artículo incluido en volumen inicial de los 11 de la colección 'El estado del planeta'. Cada domingo se puede adquirir un nuevo libro con EL PAÍS

La Tierra vista desde un satélite.
La Tierra vista desde un satélite. AFP

Hacer un balance del estado de nuestro planeta no es una tarea sencilla. La ecuación contiene numerosas variables y datos que se relacionan entre sí configurando un complejo andamiaje: recursos naturales que se agotan ante la presión de una población en constante crecimiento, contaminación, cambio climático, guerras, hambre, pobreza, desigualdad… pero también unos avances tecnológicos sin precedentes que han mejorado el bienestar general, una revolución científica que nos pone al alcance de la mano de forma inmediata una cantidad de información envidiable para cualquier otra generación anterior, disminución de la mortalidad infantil, progresos en la medicina que alzan la edad media de las personas, avances espectaculares en la reducción del hambre y la pobreza…

Hacer balance es ver la botella medio llena o medio vacía. En esta colección expondremos por qué está medio vacía y cómo puede llenarse. Y cuál es el peligro de que se haga añicos y salte todo por los aires.

Nunca en la historia de la humanidad hemos tenido necesidad de tantos recursos, aunque bien es verdad que hasta ahora hemos sido siempre capaces de saciar esa casi ilimitada voracidad del Homo sapiens. Pero ya hay señales claras de que esos recursos no son infinitos y que la presión sobre el planeta empieza a mostrar sus límites. Y como bien sabemos, en este dilema no hay un plan B, no hay otro planeta, no existe una opción alternativa. Hay que gestionar lo que tenemos de forma sostenible, es decir, que siga facilitando nuestra vida y la de las generaciones futuras. ¿Seremos capaces? ¿Es todavía posible?

La botella medio vacía

Desde los albores de la humanidad, es decir, durante unos 2,5 millones de años, los humanos se alimentaron con lo que tenían a su alcance, cazando animales y recolectando plantas. Hace aproximadamente 12.000 años, en la cuenca de los grandes ríos de lo que hoy son Irán e Irak, tuvo lugar el nacimiento de la agricultura y, con ella, una revolución agrícola que provocó un crecimiento imparable hasta nuestros días. En los siguientes siglos vimos alzarse las primeras grandes ciudades y cómo las grandes civilizaciones se sucedían escalonadamente, cada vez más potentes: Sumer, China, Egipto, Persia, los mayas, los griegos, Roma, los aztecas, el imperio español, holandés, británico… En realidad, el crecimiento de la población fue relativamente moderado hasta hace muy poco, hasta la Revolución Industrial de principios de 1800.

Si contamos desde el nacimiento de la agricultura, la humanidad tardó unos 10.000 años en alcanzar los 100 millones de habitantes (alrededor de la época del Imperio romano). Hacia 1500 se llega a 500 millones y para 1820 se supera por primera vez la cifra mágica de 1.000 millones. A partir de aquí, con la revolución industrial, el número se dispara: en un siglo se duplica. En 1970 se llega a los 3.000 millones y bastaron solo otras cuatro décadas para que se volviera a duplicar superando los 6.000 millones. En la actualidad, se calcula que somos unos 7.600 millones de habitantes y, según las proyecciones de las Naciones Unidas, alcanzaremos la barrera de los 10.000 millones alrededor de 2050.

Como hemos visto, la presión del ser humano sobre los recursos disponibles en el planeta es tremenda. Pero la capacidad del hombre de incrementar y mejorar los rendimientos de los recursos es asimismo espectacular. Desde la revolución agrícola y el inicio de la diabólica progresión geométrica del crecimiento demográfico, la carrera entre producción de alimentos y población la ha venido ganando holgadamente la primera.

Habrá que seguir incrementando la producción de alimentos porque la demanda seguirá creciendo

Incluso hoy el planeta produce mucho más de lo que su actual población necesita. En el Imperio romano, una hectárea producía unos 300 kilos de cereal y el campesino medio trabajaba unas tres hectáreas con lo que obtenía casi una tonelada de grano. Poco después, durante la Edad Media, esa hectárea rendía el doble, unos 600 kilos, y el campesino medio podía trabajar unas cuatro hectáreas, consiguiendo unas dos toneladas y media de grano. Hoy, en los Estados Unidos, a principios del siglo XXI una hectárea mejorada e irrigada produce unas 10 toneladas de grano y cada campesino puede trabajar una media de 200 hectáreas, es decir, produce unas 2.000 toneladas de grano. Claro que, también, en el Sahel del siglo XXI una hectárea sigue produciendo unos 700 kilos de grano, casi como en la época romana: no todas las zonas del planeta han evolucionado de igual forma.

El baile de cifras no suele ayudar a la reflexión. Ruego que vuelvan a repasar lo monstruoso de los datos citados hasta ahora: en los últimos 500 años ¡la población se ha multiplicado por 14! ¡La producción humana por 240!

Detengámonos de nuevo para reflexionar cómo el mundo ha cambiado de forma tan radical en poco tiempo. Hasta la época moderna tardía, alrededor de un 90% de la población mundial vivía de la agricultura. Dicha cifra fue reduciéndose a medida que no era ya necesaria tanta gente para producir suficientes alimentos. Hoy, más de la mitad de los habitantes del planeta vive en grandes ciudades. En los Estados Unidos tan solo el 2% de la población vive de la agricultura, pero esa cifra ínfima produce no solo lo suficiente para alimentar al resto del país sino para exportar sus excedentes. En Europa, la cifra dedicada a la agricultura es apenas del 3% de su población. Las ciudades del mundo ocupan un escaso 3% del terreno del planeta, pero albergan al 54% de la humanidad, unos 3.500 millones de personas, que viven en zonas urbanas. Y está previsto que esta población urbana aumente hasta el 65% para 2050, especialmente en los países en desarrollo, donde tendrá lugar el incremento mayor: más de dos tercios de la población mundial vivirá en ciudades para entonces.

No hay ejemplo más evidente que el ocurrido en los últimos 50 años del siglo XX, entre 1950 y 2000. Mientras la población del planeta se multiplicaba por 2,5, una serie de avances científicos permitía incrementar los rendimientos agrícolas de forma espectacular en lo que se ha denominado la revolución verde, consiguiendo que la producción de alimentos se triplicara con creces.

Justo después de la II Guerra Mundial, un ingeniero agrónomo estadounidense especializado en la mejora genética de los cultivos, Norman Borlaug, consiguió desarrollar ciertas variedades de trigo de alto rendimiento que producían más grano y respondían mejor a los fertilizantes. Otros científicos lo aplicaron al arroz. India y Pakistán consiguieron así hacer frente a las grandes hambrunas de las décadas de los sesenta y setenta. Por todo ello Borlaug recibió el Premio Nobel de la Paz en 1970. Luego hemos sabido que el precio medioambiental pagado por todo ello ha sido enorme, pero por lo pronto los alimentos han seguido ganando con creces a la demografía. ¿Podremos seguir ganando esta carrera? ¿Y si es así, a qué precio? La FAO calcula que para dar de comer a los aproximadamente 10.000 millones de personas en el año 2050 habrá que incrementar aproximadamente un 50% nuestra producción actual de alimentos.

Nuestra dieta está cambiando

En la actualidad, tres cuartas partes de la comida que consumimos son arroz, trigo o maíz. Solo el arroz supone la mitad de la comida mundial. Pero esa dieta está cambiando a un ritmo tan acelerado como nuestro propio mundo. En 1980 los chinos comían, de media, unos 14 kilos de carne por persona al año; ahora unos 55. En las últimas décadas, el consumo de carne ha aumentado el doble que la población, el consumo de huevos tres veces más. Hacia 1950 el consumo mundial de carne era de unos 50 millones de toneladas al año: en la actualidad se ha multiplicado por seis y se espera que hacia 2030 vuelva a duplicarse.

Un joven indio junto a neumáticos para reciclaje en Gauhati, India.
Un joven indio junto a neumáticos para reciclaje en Gauhati, India. AP

Eso sin contar con nuestras macro producciones de cerdos y pollos. Brasil, que es el primer exportador mundial de pollos, produce cada año unos 7.000 millones estos animales, tantos como habitantes tiene la tierra, cantidad que exporta a todos los rincones del planeta. Estados Unidos y China producen una cifra parecida, pero se los comen ellos. El ser humano ha pulverizado su entorno para convertirlo en una gran despensa: en la actualidad, frente a los 7.500 leones que todavía viven y los 200.000 osos en peligro de extinción conviven unos 1.500 millones de vacas, 1.000 millones de ovejas, 1.000 millones de cerdos y más de 25.000 millones de gallinas repartidas por el mundo. La gallina doméstica es el ave más ampliamente extendida en toda la historia de la humanidad. Después del ser humano, las vacas, los cerdos y las ovejas domésticas son los mamíferos más extendidos por el mundo, en dicho orden.

Durante milenios, los seres humanos hemos dependido de la existencia de unas 10.000 especies de plantas para la alimentación. Pero gran parte de esta diversidad se ha ido perdiendo y ahora dependemos de solo unas 150. Y aunque pueda parecer extraño, son solo cuatro de ellas —arroz, trigo, maíz y patata— las que nos proporcionan alrededor del 60% de las calorías que obtenemos de las plantas.

La paradoja del hambre

Hemos señalado el gran logro de incrementar nuestra capacidad de producción de alimentos a pesar del creciente desafío demográfico. Pero la gran paradoja de nuestro sistema actual es que, a pesar de la abundancia y de que se produce mucho más de lo necesario, unos 815 millones de personas siguen pereciendo por causas relacionadas con la falta de alimentos. En pleno siglo XXI de avances tecnológicos y milagrosas revoluciones agrarias, una de cada nueve personas no tiene acceso a un derecho humano tan básico como es el derecho a la alimentación, a vivir.

Ese es, sin duda, uno de los grandes retos actuales de la humanidad. A pesar de que se avanza en este sentido (desde 1990 hay unos 200 millones menos de hambrientos y la mitad de los países en desarrollo alcanzaron las metas fijadas en 2015 sobre la reducción del hambre de los Objetivos de Desarrollo del Milenio), lo cierto es que hay medios suficientes para que todos los habitantes puedan alimentarse de forma aceptable. Los habitantes de este gran planeta están dando pasos agigantados, pero no todos al mismo tiempo.

Si hay alimentos suficientes, ¿por qué entonces millones de personas siguen muriendo de hambre? Por la pobreza o, dicho mejor de otra manera, por la riqueza: unos tienen mucho y otros muy poco. El ya tristemente famoso 1% de la población posee el 46% de toda la riqueza generada en el planeta. Estas desigualdades han generado una sociedad donde a una amplia capa no le llegan los beneficios colectivos.

Hambre, conflictos y migración

Como hemos visto, la cuestión del hambre no es un problema de producción, ni de falta de alimentos. Mientras unos nadan en la abundancia, más de 800 millones de personas no tienen recursos para comprar alimentos. Una gran parte de esa cifra —alrededor de la mitad— está relacionada con conflictos bélicos de distinta naturaleza. En Yemen, dos tercios de la población tiene dificultades para obtener alimentos; lo mismo sucede en Sudán del Sur, Somalia y en la cuenca del lago Chad (donde la violencia del noroeste de Nigeria se ha extendido al norte del Camerún, oeste de Chad y sureste del Níger). Los conflictos y la miseria han provocado que haya más de 65 millones de personas desplazadas. Desde la II Guerra Mundial no se vivía una situación similar.

Más de 20 países han logrado desde 1990 mejorar sus niveles nacionales de seguridad alimentaria

En la actualidad unos 244 millones de personas viven fuera de su país de origen. La mayoría son refugiados por motivos económicos, es decir, emigraron con la esperanza de mejorar su vida y suelen enviar remesas de dinero a sus hogares de origen; pero de esa cifra hay 65 millones de desplazados forzosos que se enfrentan a condiciones extremas como la falta de empleo, de ingresos y a la imposibilidad de acceder a servicios sociales y sanitarios mínimos. A menudo sufren el acoso, animosidad y violencia de los países de acogida.

Para amplificar todavía más, si cabe, la gran paradoja del hambre en el mundo, desperdiciamos alrededor de un tercio de dichos alimentos y, encima, vivimos una nueva epidemia por exceso: la obesidad afecta a todos los países del planeta, ricos y pobres, con la incongruencia de que muere hoy el doble de personas por exceso o mala alimentación (obesidad) que por falta de alimentos (hambre).

Porque ese es otro de los grandes sinsentidos de nuestro mundo actual: en un mundo de abundancia hay más muertes por enfermedades relacionadas con la salud que por guerras. A pesar del ruido mediático de los conflictos actuales como Siria, Afganistán o Irak, lo cierto es que vivimos ahora una época de relativa paz fuera de esos focos concentrados y específicos, como lo muestra el bajo número de muertes violentas. De los 56,4 millones de defunciones registradas en 2015, tan solo unos 180.000 fueron víctimas de la guerra y otras 500.000 lo fueron por crímenes violentos. Aun siendo unas cifras estremecedoras, representan menos del 1,5% del total de muertes anuales. Ese año, 1.300.000 personas murieron en accidentes de coche (2,25% del total) y otras 815.000 se suicidaron (1,45%).

En otras palabras, una persona tiene muchas más posibilidades de perecer en un accidente de tráfico que de morir asesinado por un terrorista, un soldado o un delincuente. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) las diez causas principales de fallecimiento en nuestra época están vinculadas a la salud y la alimentación. Hoy, el exceso de azúcar y el automóvil son más peligrosos que los conflictos bélicos. Y en este mundo de sinsentidos nos gastamos 1,69 trillones de dólares en armas mientras que las cifras para afrontar retos clave como erradicar el hambre o garantizar el acceso a la educación podrían ser solucionados con un porcentaje ínfimo de dólares.

Un entorno al límite

El efecto de toda esta población en constante aumento sobre los recursos naturales ha sido devastador. Casi la mitad de los bosques que en tiempos cubrieron la Tierra han desaparecido. Solo desde 1990 se han perdido unos 129 millones de hectáreas de bosques: una superficie casi equivalente a la de Sudáfrica. Hacen falta 27.000 árboles para cubrir la demanda anual de papel higiénico a nivel mundial y 17 para fabricar 3.000 cuadernos universitarios de 100 hojas. Cada año deforestamos una superficie equivalente a Panamá y cada minuto, el equivalente a 36 campos de fútbol.

No va mucho mejor nuestra relación con los mares. Lo que parecía una fuente inagotable, los recursos marinos, han sufrido un impacto brutal en un periodo escandalosamente escaso. Hasta hace tan poco como los años cincuenta, los mares eran sostenibles y estaban repletos de peces que conseguían reproducirse sin problemas, nivelando la cantidad de pesca realizada por el hombre. Además, alrededor de un 78% de todos los océanos estaba prácticamente sin explotar. Pero en pocos años esta tendencia ha cambiado radicalmente. La producción pesquera mundial se ha disparado y ha crecido de manera constante en las últimas cinco décadas, incluso por encima del incremento demográfico. Entre la década de 1960 y el 2012, el promedio de consumo de pescado per cápita casi se duplicó, pasando de algo menos de 10 kilos a más de 19.

Una comida típica saudí.
Una comida típica saudí. AP

Esto ha tenido un efecto atroz sobre nuestras aguas marinas: a partir de los años sesenta varias zonas del océano comenzaron a ser sobreexplotadas a un nivel nunca visto en toda nuestra historia y desde entonces dicha tendencia no hace más que aumentar. Se estima que más de un tercio del total de la población marina ha sufrido un nivel de explotación no sostenible debido a una pesca excesiva, es decir, no les permite repoblarse. Las diez especies más productivas representaron alrededor del 27% de la producción de la pesca de captura marina mundial en 2013. Sin embargo, la mayoría de sus poblaciones está plenamente explotada y es imposible aumentar su producción; el resto son objeto de sobrepesca y solo se puede aumentar su producción después de restaurar las poblaciones.

Además, los océanos son de todos y de nadie: el 67% de la superficie marina está fuera de la jurisdicción nacional por lo que es preciso recurrir a la no siempre eficiente maquinaria de los acuerdos internacionales para protegerla, lo cual complica todavía más su explotación responsable. Por otra parte, la contaminación humana está causando estragos: en 2050 podría haber en nuestros mares más plásticos que peces, como ha alertado la ONU.

Otro recurso natural que sufre el impacto del Homo sapiens es el agua, cuya escasez, acrecentada por el cambio climático, afecta ya a todos los continentes. Las necesidades son claras: se requieren de una a tres toneladas de agua para producir un kilo de cereal y hasta 15 toneladas para producir un kilo de carne. Se calcula que para producir la comida diaria de una persona hacen falta entre 2.000 y 5.000 litros del líquido elemento. La creciente escasez de agua es uno de los principales desafíos para el desarrollo sostenible y, seguramente, se agravará a medida que la población mundial siga creciendo y el cambio climático se intensifique.

Cerca de 1.200 millones de personas, casi una quinta parte de la población mundial, vive en áreas de escasez física de agua, mientras que unos 500 millones se aproximan a esta situación. Otros 1.600 millones, alrededor de un cuarto de la población mundial, se enfrenta a situaciones de escasez económica de agua, donde los países carecen de la infraestructura necesaria para transportar el agua desde ríos y acuíferos.

A lo largo del último siglo, el uso y consumo de agua creció a un ritmo dos veces superior al de la tasa de crecimiento de la población y la ONU calcula que para el año 2030 casi la mitad de la población mundial vivirá en áreas de estrés hídrico.

Si bien la importancia del agua es bien conocida, no lo es tanto la de la degradación de los suelos, un problema extremadamente serio y que afecta a más de la mitad de la tierra dedicada a la agricultura, así como el aumento de la desertificación. No es más que una degradación de la tierra en zonas áridas o semiáridas, y está causada principalmente por la actividad humana y por las variaciones climáticas, agudizadas ahora por el efecto del cambio climático. La desertificación no se refiere tanto a la expansión de los actuales desiertos como al deterioro de los ecosistemas de las tierras áridas o semiáridas y que son extremadamente vulnerables a la explotación excesiva y el uso inapropiado de prácticas tales como la deforestación, el pastoreo excesivo, riego inadecuado o prácticas inadecuadas asociadas a la pobreza y la inestabilidad política, es decir, factores todos del impacto humano sobre ellas. La FAO calcula que más de 250 millones de personas están directamente afectadas por la desertificación y que más de 1.000 millones en más de un centenar de países están en peligro si no se toman las medidas necesarias para impedirlo.

A la sombra del cambio climático

Por si todo lo anterior fuera poco, la acción del Homo sapiens en la era de la industrialización ha conseguido que la concentración de gases como el dióxido de carbono, el óxido nitroso y el metano, que son liberados por la industria, la agricultura y la combustión de combustibles fósiles, haya aumentado un 30% desde el siglo pasado, cuando, sin la actuación humana, la naturaleza se encargaba de equilibrar las emisiones que se producen de forma natural en el planeta. Nuestro modo de producción y consumo energético ha generado una alteración climática global que provoca, a su vez, serios impactos tanto sobre la tierra como sobre los sistemas socioeconómicos.

De 1880 a 2012 la temperatura media mundial aumentó 0,85°C. Los océanos se han calentado, las cantidades de nieve y hielo han disminuido y el nivel del mar ha subido. De 1901 a 2010, el nivel medio mundial del mar ascendió 19 centímetros, ya que los océanos se expandieron debido al hielo derretido por el calentamiento. La extensión del hielo marino en el Ártico ha disminuido en cada década desde 1979, con una pérdida de unos 100 kilómetros cada diez años.

Debido a la concentración actual y a las continuas emisiones de gases de efecto invernadero, es probable que el final de este siglo presencie un aumento de 1 o 2°C en la temperatura media mundial en relación con el nivel de 1990 (aproximadamente de 1,5 a 2,5°C por encima del nivel preindustrial). Si alguien albergaba dudas sobre el calentamiento global, los datos más recientes muestran que los años 2015, 2016 y 2017 han sido los más calurosos desde que hay registros. Así, los océanos se calentarán y el deshielo continuará. Se estima que el aumento del nivel medio del mar será de entre 24 y 30 centímetros para 2065 y de 40 a 63 para 2100, en relación al periodo de referencia de 1986-2005. Si usted vive en una isla o en una zona costera ya puede empezar a temblar…

Niños juegan en una playa llena de plásticos en Manila (Filipinas).
Niños juegan en una playa llena de plásticos en Manila (Filipinas). Getty Images

La mayoría de los efectos del cambio climático persistirán durante muchos siglos, incluso si se detienen las emisiones. Existen pruebas alarmantes de que se pueden haber alcanzado o sobrepasado puntos de inflexión que darían lugar a cambios irreversibles en importantes ecosistemas y en el sistema climático del planeta. Ecosistemas tan diversos como la selva amazónica y la tundra antártica pueden estar llegando a umbrales de cambio drástico debido al calentamiento y a la pérdida de humedad. Los glaciares de montaña se encuentran en alarmante retroceso y los efectos producidos por el abastecimiento reducido de agua en los meses más secos tendrán repercusiones sobre varias generaciones.

Aunque el cambio climático nos afecta a todos, los países más pobres, que están peor preparados para enfrentar cambios rápidos, sufrirán las peores consecuencias. Y —lo que es peor— son los que menos han contribuido a dicho calentamiento.

Se predice la extinción de animales y plantas, ya que los hábitats cambiarán tan rápidamente que muchas especies no se podrán adaptar a tiempo. La OMS ha advertido que la salud de millones de personas podría verse amenazada por el aumento de la malaria, la desnutrición y las enfermedades transmitidas por el agua.

Por su parte la FAO señala que el calentamiento global afecta de forma directa a la producción alimentaria: los rendimientos de los productos básicos están ya reduciéndose y, para 2050, es probable que la norma sea un descenso de dichos rendimientos de entre un 10% y un 25%. Mientras tanto, sequías, inundaciones, aumento del nivel del mar y huracanes amenazan cada vez más la vida y las formas de vida de los más vulnerables. Este tipo de desastres relacionados con el clima contribuyen en gran medida a las pérdidas económicas y al desplazamiento de la población. El cambio climático es uno de los grandes retos colectivos de la humanidad para salvar nuestro planeta. Por eso se considera un hito histórico el Acuerdo de París, firmado en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York por 175 líderes mundiales en abril de 2016. Su finalidad principal es reforzar la respuesta mundial a la amenaza del cambio climático estabilizando el aumento de la temperatura mundial en este siglo por debajo de los 2˚C con respecto a los niveles preindustriales y proseguir con los esfuerzos para limitar aún más el aumento de la temperatura a 1,5˚C.

La botella medio llena

No hay lugar a dudas sobre los impresionantes avances que el ser humano ha realizado en las últimas décadas, especialmente durante los últimos 25 años. A pesar del aumento de la población mundial en unos 2.000 millones de personas, la cantidad de personas que vive en pobreza extrema se ha reducido en más de la mitad (cayendo de 1.900 millones en 1990 a unos 836 millones en 2015). Unos 2.100 millones pudieron acceder a un saneamiento mejorado y más de 2.600 millones consiguieron acceso a agua potable.

Entre 1990 y 2015, la tasa de mortalidad infantil en niños menores de cinco años se redujo en más de la mitad, de 91 a 43 por cada mil nacidos vivos. Enfermedades como el VIH, la malaria y la tuberculosis bajaron de forma drástica. La cantidad de niños en edad escolar que no asistieron al colegio ha disminuido de la mitad a nivel mundial y el África subsahariana ha registrado la mayor alza en enseñanza primaria entre todas las regiones.

En resumen, hoy la población es más longeva, hay más niños y niñas que van al colegio, la medicina moderna ha elevado nuestro nivel de bienestar como a ninguna otra generación anterior y se han realizado importantes avances en la reducción del hambre y la pobreza.

Por si eso fuera poco, a pesar de que cada día desayunemos con noticias de guerras y bombas, lo cierto es que vivimos en un periodo de relativa tranquilidad bélica comparado con nuestro aterrador pasado. De hecho, aunque hay tensión en ciertas áreas, apenas existen conflictos bélicos entre países y los medios se ocupan de enfrentamientos internos (Afganistán, Sudán, Siria, Somalia, Yemen…) aunque puedan estar alentados por intereses externos. Un continente como el americano, desde la Tierra del Fuego hasta Alaska, ha erradicado completamente la guerra como recurso y carece de conflictos armados internos de importancia: en Colombia se ha puesto punto final a la última guerrilla del continente.

A inicios del siglo XXI hemos conseguido controlar las pestes, sabemos cómo reducir el hambre y en gran medida los conflictos bélicos. La amenaza nuclear parecería haber convencido a las grandes potencias que su uso desencadenaría un suicidio colectivo al que nadie quiere llegar, lo cual ha incrementado las formas de resolución de conflictos por otras vías. Crucemos los dedos.

Es más, en la era de la economía del conocimiento, donde las cinco mayores empresas son virtuales (Apple, Google, Microsoft, Amazon y Facebook), las guerras tradicionales a gran escala no parecen ser una opción. En el pasado, tenía sentido controlar un país —invadirlo o dominarlo militarmente— para acceder a sus riquezas naturales como minas o petróleo. Pero, en la actualidad, ¿alguien cree seriamente que China o la Federación de Rusia estarían interesados en invadir los Estados Unidos para controlar Silicon Valley, donde están ubicadas la mayoría de dichas empresas? Las guerras entre países están claramente a la baja y los conflictos son de otra naturaleza.

Incluso el terrorismo, del que tanto interés hay en que contribuya a nuestra ansiedad diaria, es cuantitativamente ínfimo en cuestión de mortandad a nivel mundial. Mientras que en 2016 la obesidad causó la muerte de unos tres millones de personas (OMS), los terroristas mataron en todo el mundo a 29.376 personas, la mayoría en países en vías de desarrollo. Como ha señalado algún autor, para el norteamericano o el europeo medio, la Coca-Cola supone una amenaza mucho más letal que Al-Qaeda. Este espectacular progreso se ha sustentado fundamentalmente en un crecimiento económico sin precedentes. Son avances prometedores que nos ofrecen la esperanza de que las cosas pueden cambiar y las transformaciones colectivas son posibles.

En lo que respecta a los recursos naturales también tenemos señales positivas. El ritmo de deforestación, por ejemplo, está descendiendo, de 7,3 millones de hectáreas al año en la década de los noventa a 3,3 millones en 2015. Cada vez hay más experiencias positivas que muestran cómo es posible gestionar correctamente los bosques, todavía hoy son fuente de proteínas, minerales y vitaminas de la dieta rural y además unos 2.400 millones de personas dependen de leña para cocinar y para esterilizar el agua.

Según los últimos datos de la FAO, más de 20 países han logrado desde 1990 mejorar sus niveles nacionales de seguridad alimentaria y, al mismo tiempo, mantener o aumentar la cubierta forestal, demostrando así que no es necesario talar los bosques para producir más alimentos. Doce de esos países aumentaron su cubierta forestal en más de un 10%: Argelia, Chile, China, República Dominicana, Gambia, Irán, Marruecos, Tailandia, Túnez, Turquía, Uruguay y Vietnam.

La obesidad afecta a todos los países del planeta, ricos y pobres, con la incongruencia de que muere hoy el doble de personas por exceso o mala alimentación que por falta de alimentos

Un ejemplo esperanzador es la iniciativa lanzada en 2007 por la Unión Africana, con la ayuda de la FAO y otros organismos internacionales, de un ambicioso programa conocido como la Gran Muralla Verde del Sáhara y el Sahel. El objetivo es revertir la degradación de la tierra y la desertificación para ayudar a las comunidades locales de 14 países a adaptarse al cambio climático y proteger su seguridad alimentaria. Se trata de un muro de arbolado de 15 km de ancho, una monumental defensa forestal, junto con un programa de desarrollo rural en las zonas fronterizas con el Sáhara cuyos métodos ya se exportan a lugares como Haití o Fiyi.

Todos estos logros se basan en un conjunto similar de medidas: marcos legales eficaces, tenencia segura de la tierra, regulación de los cambios del uso del suelo, incentivos para la agricultura sostenible y la silvicultura, financiación adecuada y una clara definición de los roles y responsabilidades de los gobiernos y comunidades locales.

Una revolución todavía más esperanzadora es la que nos viene del planeta azul. A pesar de que —como se ha señalado con anterioridad— el consumo de pescado per cápita se ha duplicado en las últimas cinco décadas, muchos milenios después de que la producción alimentaria terrestre pasara de actividades de caza y recolección a la agricultura, la producción de alimentos acuáticos ha dejado de basarse principalmente en la captura de peces salvajes para comprender la cría de un número creciente de especies cultivadas: 2014 marcó un hito histórico cuando el pescado procedente del sector acuícola para consumo humano superó por primera vez la del pescado capturado en el mar.

Ante la estabilidad de la producción de la pesca de captura desde finales de la década de 1980, la acuicultura ha sido la desencadenante del impresionante crecimiento del abastecimiento de pescado para el consumo humano. Si bien la acuicultura proporcionaba solo el 7% del pescado para consumo humano en 1974, este porcentaje aumentó al 26% en 1994 y al 39% en 2004. China ha desempeñado una importante función en este crecimiento, ya que representa más del 60% de la producción acuícola mundial. Sin embargo, el resto del mundo (a excepción de China) también se ha visto beneficiado al haberse duplicado su proporción de acuicultura en el suministro general de pescado para consumo humano desde 1995.

El concepto de “economía azul”, surgido de la Conferencia de Río+20 de 2012, desempeñará un papel importante en el logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible a nivel mundial. El modelo hace hincapié en la conservación y la gestión sostenible, basado en la premisa que los ecosistemas oceánicos saludables son más productivos y representan la única manera de garantizar que los pequeños Estados insulares en desarrollo y los Estados costeros del mundo en desarrollo se beneficien de manera equitativa de sus recursos marinos.

El milagro es posible

En este complejo contexto de escasez de recursos, aumento de la población y cambio climático, la respuesta a la pregunta inicial sigue siendo la clave para entender nuestras opciones de futuro. ¿Podremos alimentar a la cada vez más numerosa población de forma sostenible y preservar nuestro planeta para las generaciones futuras?

En primer lugar, está claro que habrá que seguir incrementando la producción de alimentos porque la demanda seguirá creciendo, y lo hará en un contexto de creciente escasez de recursos e importantes cambios en la composición estructural de la demanda agrícola. Históricamente, como he señalado con anterioridad, se han logrado aumentos mayores en la producción en periodos comparables. Sin embargo, pese a las mejoras generalizadas en la eficiencia agrícola, los aumentos de rendimiento se están ralentizando y puede resultar difícil mantener el ritmo de crecimiento. Este desarrollo económico acelera los cambios en la dieta e impulsa una demanda agrícola distinta, especialmente en los países emergentes donde se ha impulsado el auge de una clase media a nivel mundial que a su vez está acelerando los cambios dietéticos. Por ejemplo, esa nueva clase media de los países emergentes cada vez come más carne y más productos lácteos, lo que tiene serias repercusiones en el uso sostenible de los recursos naturales.

Una niña india recoge en el bosque hojas secas, que le servirán a su madre para encender el fuego con el que cocinar.
Una niña india recoge en el bosque hojas secas, que le servirán a su madre para encender el fuego con el que cocinar. AP

A nivel global cada vez habrá más personas consumiendo menos cereales y mayores cantidades de carne, frutas, hortalizas y alimentos procesados, resultado de los cambios en los hábitos alimentarios que seguirá añadiendo mayor presión, lo que provocará —a menos que lo impidamos— más deforestación, degradación de la tierra y emisiones de gases de efecto invernadero.

El cambio climático y la competencia por los recursos naturales seguirán contribuyendo a la degradación del medio ambiente, con consecuencias negativas para los medios de vida y la seguridad alimentaria de las personas si no somos capaces de adaptar las técnicas agrícolas al nuevo medioambiente. Los problemas de pobreza extrema, hambre, inseguridad alimentaria y subnutrición persistirán, junto con el aumento del sobrepeso, la obesidad y las enfermedades crónicas asociadas a la dieta a menos que se tomen las medidas apropiadas.

La comunidad internacional conoce muy bien todos estos desafíos. La ambiciosa Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en septiembre de 2015, proporciona una visión global y compleja de cómo pueden combinarse múltiples objetivos para afrontar un desarrollo sostenible. Se trata de 17 objetivos precisos para erradicar la pobreza, proteger el planeta y asegurar la prosperidad para todos como parte de una nueva agenda de desarrollo sostenible. Cada objetivo tiene metas específicas que deben alcanzarse en los próximos 15 años. Para alcanzar estas metas todo el mundo tiene que hacer su parte: los gobiernos, el sector privado, la sociedad civil y cada uno de nosotros.

Los objetivos presentan la singularidad de instar a todos los países, ya sean ricos, pobres o de ingresos medios, a adoptar medidas para promover la prosperidad al tiempo que protegen el planeta. Reconocen que las iniciativas para poner fin a la pobreza deben ir de la mano de estrategias que favorezcan el crecimiento económico y aborden una serie de necesidades sociales, entre las que cabe señalar la educación, la salud, la protección social y las oportunidades de empleo, a la vez que luchan contra el cambio climático y promueven la protección del medio ambiente.

El resultado final de esta ambiciosa agenda dependerá de si los encargados de la elaboración de políticas y las partes interesadas logran integrar e implementar las distintas acciones para alcanzar dichos objetivos. El desarrollo sostenible es un desafío universal cuya responsabilidad colectiva recae en todos los países y en cada uno de nosotros.

Los vientos que corren sobre un retorno al unilateralismo no son buenos augurios para el cumplimiento de los compromisos colectivos que representan un avance fundamental en la gestión de nuestro planeta. El statu quo ya no es una opción, por tanto, todas las sociedades deberán introducir cambios fundamentales en su forma de producción y consumo. Se precisan importantes cambios en los sistemas agrícolas, economías rurales y la gestión de los recursos naturales para superar los muchos desafíos que existen y garantizar un futuro seguro y saludable para todos.

Mirando hacia delante y, respondiendo entonces a la pregunta inicial, es posible que seamos capaces de producir una cantidad de alimentos suficiente, pero para hacerlo de forma global, inclusiva y sostenible tendremos que revisar a fondo el actual sistema socio-económico de producción. En ello nos jugamos el futuro.

Enrique Yeves es director de comunicación de la FAO, Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. Este texto forma parte del primer libro de la colección El estado del planeta, que se puede adquirir cada domingo con EL PAÍS.

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