ALIMENTACIÓN ESCOLAR

Menús escolares contra la obesidad

En países caribeños como Santa Lucía, obligados a importar la mayoría de su comida, los comedores de los colegios persiguen dietas equilibradas y conciencia nutricional

Un niño en la escuela pública de Bellevue (Santa Lucía).
Un niño en la escuela pública de Bellevue (Santa Lucía). C. L.
Castries (Santa Lucía) - 15 mar 2018 - 06:06 UTC

"Cuando hablas con los padres, te dicen que es lo que el niño les pide". Jania Fontenelle tuerce el gesto mientras varios niños aprovechan la pausa del almuerzo para comer Doritos y chocolatinas o beber zumos azucarados. "Pero nos preocupa la porquería que comen". La directora del colegio público Bellevue dice que se van a reunir con los progenitores de cada clase para impartir un taller sobre nutrición. Estamos en Santa Lucía, un país insular caribeño poco más grande que Ibiza que sufre un rápido aumento del sobrepeso y la obesidad. En la región los padece uno de cada tres jóvenes. Y muchos de estos archipiélagos han decidido atacar el problema desde las aulas.

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En el colegio mixto Marchand de la capital, Castries (donde vive casi un tercio de los 178.000 habitantes de la isla), es la hora del recreo, y varios niños devoran trozos de pizza fría y conos de helado. Al mismo tiempo, las cocineras Mary Eugéne y Joanne Joseph comienzan a preparar la comida. Es el día sin carne, así que los 175 alumnos de esta escuela primaria tendrán arroz y alubias rojas, pan, huevos y té. "El Ministerio nos dice que prescindamos de la carne al menos dos veces por semana", explica Eugéne. "Y también hemos introducido fruta fresca, más verduras, legumbres y algunos productos típicos de la isla", añade.

En 2013, Santa Lucía lanzó en 20 centros del país una iniciativa piloto sobre su plan de alimentación escolar dirigido a mejorar la nutrición de sus niños. Porque entre 2001 y 2010, la prevalencia del sobrepeso infantil en el Caribe oriental había pasado del 7% al 14%. Y en países como este, que se ven obligados a importar la gran mayoría de la comida que consumen (aquí la factura anual es de 130 millones de dólares, casi la cuarta parte del presupuesto estatal), las miradas enseguida se dirigieron a lo que los niños estaban comiendo.

Entre 2001 y 2010, la prevalencia del sobrepeso infantil en el Caribe oriental se duplicó: del 7% al 14%

"En esta parte de la ciudad la realidad de mucha gente es muy dura", explica Eric Regis, que imparte en el centro las novedosas clases de Agricultura. "Los padres no tienen tiempo para cocinar y solían dar dinero a sus hijos para que se compren cualquier cosa. Y ellos, claro, adquirían dulces o aperitivos poco saludables". Ahora, ese dinero lo entregan a las encargadas del comedor. Porque con la ayuda de la FAO (agencia de la ONU para la alimentación y la agricultura) y la cooperación internacional, el Gobierno diseñó los menús y reformó cocinas y comedores. Y aunque el programa está subvencionado, los niños pagan un dólar del caribe oriental (unos 37 céntimos de dólar estadounidense) por un almuerzo valorado en unos 6,7 dólares caribeños (2,4 estadounidenses).

Pero en lugares pobres como este suburbio de Castries, hasta esa cantidad puede ser demasiado. Por eso hay quien defiende que la elección de alimentos ultraprocesados y muchas veces cargados de azúcares, sales o grasas, es puramente económica. Sunita Daniel, oficial de la FAO en el país, asegura que sus estudios muestran que el actual menú es solo 50 céntimos de dólar caribeño más caro que el que se servía antes.

En Marchand hay unos 60 alumnos que están exentos de pago, y los docentes hacen lo posible porque no trascienda a quiénes no les alcanza. "Era un problema, porque muchos dejaban de comer por no pasar la vergüenza", comenta Regis. De hecho, encontrar esa discreción es uno de los retos para el —por ahora lejano— plan de extender la alimentación escolar a la educación secundaria.

Joanne Joseph (izquierda) y Mary Eugéne preparan el almuerzo en el colegio Marchand de Castries (Santa Lucía).
Joanne Joseph (izquierda) y Mary Eugéne preparan el almuerzo en el colegio Marchand de Castries (Santa Lucía).C.L.

"Lo cierto es que íbamos pensando en atacar el problema del sobrepeso y las dietas poco nutritivas, pero vimos que también había niños que no comían lo suficiente", reconoce Daniel. Un denominador común en los programas similares de otros países de la región (hasta 17 han seguido este modelo), donde conviven las dos caras de la malnutrición: hambrientos y obesos compartiendo aula. Pero el número de los segundos no deja de crecer. Entre el caso de los adultos santalucenses, seis de cada 10 mujeres y cinco de cada 10 hombres sufren obesidad o sobrepeso. En el conjunto del Caribe, la cifra es aún mayor.

Cambio de metas en los comedores

El Programa Mundial de Alimentos, que apoya programas de alimentación escolar en 69 países, calcula que cada día casi 85 millones de niños de América Latina y el Caribe desayunan, comen o meriendan en sus escuelas. Para muchos de ellos será la única comida del dia.

Los objetivos principales de los programas de alimentación escolar siguen siendo luchar contra el hambre y crear un círculo virtuoso de asistencia a clase, mejores resultados académicos y reducción de la pobreza, pero en muchos países evolucionan para combatir otras formas de malnutrición como el sobrepeso y la obesidad. En el mundo hay ya 124 millones de niños y jóvenes —de entre cinco y 19 años— que sufren obesidad, 10 veces más que hace cuatro décadas. Un reciente informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que en 2022 serán más los niños y adolescentes obesos que los desnutridos.

Lleva una hora y media cruzar la isla desde la capital —donde atracan los enormes cruceros turísticos que sostienen, junto a los servicios financieros offshore, la economía local— hasta el colegio Bellevue, en el sudeste. Por el camino, los anuncios de Pepsi o de la cadena de comida rápida KFC (que patrocina distintos programas de alimentación escolar en el mundo) inundan el paisaje tropical de esta isla volcánica y montañosa. En este centro de 160 alumnos, solo 90 se quedan a comer. Y aunque el menú escolar suele basarse en espinacas, lentejas, lechugas, judías o arroz, y los miércoles se reparte fruta, hoy hay pizza y pollo frito. "Es un día especial, porque queremos recaudar fondos para un festival", explica Fontanelle, la directora. 

Es la elección del día especial porque, para los alumnos, siguen siendo los platos más atractivos. El debate candente es si esto se debe a los continuos esfuerzos marketing por parte de la industria o se trata de elecciones libres del consumidor. "Nosotros estamos haciendo grandes esfuerzos por educar nutricionalmente desde la escuela", defiende Ezechiel Joseph, ministro de Agricultura de Santa Lucía. Esos esfuerzos, además de los menús escolares, incluyen la instalación de huertos en los centros y la introducción de la asignatura de Agricultura. "Cultivarlas y conocer de primera mano cómo crecen hace que los niños se acerquen más a las verduras", sostiene Regis, el profesor del colegio Marchand.

Pese a que Joseph mantiene que su Gobierno está por educar, "y no por prohibir", se baraja vetar la venta de bebidas azucaradas en las cantinas o quioscos de los colegios. En la de Bellevue se siguen viendo helados, galletitas, caramelos y golosinas, pero no están los típicos refrescos azucarados. En cambio, sí hay unos flashes de mango, guayaba y manzana elaborados por la propia comunidad escolar a partir de los árboles que los padres de los alumnos —muchos de ellos agricultores— han plantado alrededor del centro.

“Cultivarlas y conocer de primera mano cómo crecen hace que los niños se acerquen más a las verduras”

Pero de vuelta en la ciudad, en el colegio Marchand, los frutos del huerto no complementan demasiado el menú ministerial. "Solo mandan vegetales congelados, y meten demasiados carbohidratos", se queja Regis. "A veces los profesores tenemos que contribuir con coles y otras verduras", relata. Porque, aunque el programa de alimentación escolar no está en discusión entre los políticos de Santa Lucía —quedo fuera del debate partidista en las últimas elecciones—, el dinero no sobra.

"Los fondos, claro. Los fondos son nuestra limitación", admite el ministro Joseph. "A cuantos más niños queramos llegar, más dinero necesitaremos". Y, pese a los esfuerzos por producir más comida en una isla que hasta hace poco se dedicaba básicamente a las bananas (la agricultura supone poco más del 3% del PIB), por el momento esa comida saludable para los escolares tendrá que seguir siendo mayoritariamente importada.

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