Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Cómo un retrete te cambia la vida

Cansados de reconstruir sus precarias viviendas de adobe en una comunidad rural del Este de Costa de Marfil, un grupo de vecinos buscó apoyo para construir hogares dignos. Ya están de mudanza

Abran Siman Marie y su hermano Essi Kouakou posan frente a su vieja casa de adobe. Ver fotogalería
Abran Siman Marie y su hermano Essi Kouakou posan frente a su vieja casa de adobe.
Tabagne (Costa de Marfil)

A los paupérrimos vecinos de una comunidad de Tabagne, en una remota zona rural al Este de Costa de Marfil, no les contactó ninguna ONG para regalarles unas casas nuevas con paredes de ladrillo, retrete, agua potable, luz y una cocina moderna. Fueron ellos mismos quienes, cansados de reconstruir sus centenarias viviendas de adobe, minúsculas y sin baño, decidieron que esa no era una manera digna de vivir y llamaron a quien podía ayudarles. Esta es la misma historia de siempre, pero al revés.

Preguntado por su nombre y edad, Essi Kouakou, responde el número de matrícula del que antaño fuera su vehículo. “40.086”, dice. Sentado en una banqueta de madera en la puerta de su vieja casa, una habitación que no llega a los 10 metros cuadrados en las que apenas hay una cama, ropa apilada y una bolsa llena de medicamentos, continúa relatando que nació en 1920 y combatió en Rabat (Marruecos). En 1949 cayó preso, asegura, y no le liberaron hasta 1952. A sus 98 años (si no le ha fallado la memoria con su fecha de nacimiento), hoy sobrevive de lo que da el campo. “Estoy agotado”, susurra. “A veces estoy bien, pero cuando estoy cansado, me siento obligado a ir a la tierra porque si no voy, no hay comida”.

En la habitación de al lado vive su hermana pequeña, Abran Siman Marie, de 55 años. Ambos nacieron entre las paredes de adobe de esta precaria vivienda enclavada en Tabagne, adonde se llega tras varias horas en coche desde Abiyán (la capital económica del país) por una carretera asfaltada solo hasta la mitad del trayecto. El resto, tierra bacheada. Ella resume su vida así: “Vamos al campo y segamos con el machete”. Además de esta labor, la mujer ha criado a ocho hijos, aunque uno de ellos ya murió. Ahora tiene motivos para estar “feliz”, dice. “Marcharme de aquí es la mejor noticia que he tenido”, sentencia en su idioma, el koulango. Ya viuda y con los vástagos viviendo fuera del hogar, se muda a una nueva casa junto con otros cinco miembros de la familia.

Como ellos, millones de marfileños viven en estructuras temporales, que requieren mucho mantenimiento. Las paredes son habitualmente de barro sobre un marco de madera y se rompen con frecuencia, a veces, incluso colapsan y caen. Los techos de paja son el hábitat perfecto para numerosos insectos transmisores de enfermedades, como mosquitos con malaria y la mosca tsetsé, que puede provocar dolencias oculares. De retrete, ni hablamos. Y la cocina es un montón de piedras sobre las que queman la leña.

Habitat for Humanity estima que se requieren un millón de viviendas para las familias que residen en asentamientos informales y casas precarias en Costa de Marfil

A falta de estadísticas oficiales, la organización internacional Habitat for Humanity estima que en el país (22,7 millones de habitantes) se requieren un millón de viviendas para las familias que ahora residen en asentamientos informales y este tipo de casas precarias. "Cada año hacen falta 40.000 más", advierte Vincent Kouakou, responsable de microfinanzas para viviendas de la ONG en Costa de Marfil. De ellas, apunta, 20.000 nuevas unidades se deberían construir en Abiyán. "La situación es de déficit. Pero el Gobierno solo no puede atender a esta demanda", explica. De las 60.000 casas prometidas en 2010 por el presidente Alhassane Ouattara, cuya entrega estaba programada entre 2011 y 2015, a finales de 2016 apenas se habían construido 4.223", según datos del think tank sudafricano Centre for Affordable Housing Finance in Africa (CAHF).

Las ONG cubren, en buena medida, las dificultades de las autoridades para atender las necesidades de hogares dignos, tanto en las ciudades como en las zonas rurales, en un país en el puesto 171 de 188 en el Índice de Desarrollo Humano de la ONU y en el que un 46,3% vive por debajo del umbral de la pobreza nacional, según datos del Banco Mundial. Prueba de ello son los carteles con el sello de la organización correspondiente allí donde se observan casas de ladrillo y paredes pintadas.

Essi Kouakou dice tener 98 años y aún trabaja en el campo. “Estoy agotado”, susurra. “A veces estoy bien, pero cuando estoy cansado, me siento obligado a ir a la tierra porque si no voy, no hay comida”. ver fotogalería
Essi Kouakou dice tener 98 años y aún trabaja en el campo. “Estoy agotado”, susurra. “A veces estoy bien, pero cuando estoy cansado, me siento obligado a ir a la tierra porque si no voy, no hay comida”.

Los vecinos más jóvenes de Essi Kouakou y Abran Siman Marie sabían de un nacido en Tabagne que trabajaba en una ONG que construía casas para pobres por el país. Pobres como ellos. Le buscaron y cuando consiguieron localizarle, le preguntaron por qué no les ayudaba a mejorar sus vidas. Querían viviendas dignas para sus familias, sobre todo, para los más mayores del lugar que, trabajadores del campo, apenas tienen para comer. Así fue como conocieron la labor de Habitat for Humanity y contactaron con ellos.

"Los criterios son sencillos: se ayuda a personas con necesidades. Además, tienen que conformar un grupo organizado en una mutua o una asociación. Se requiere que dispongan de una parcela acondicionada y ciertos recursos para ayudar en la construcción de sus casas. Y, además, tienen que tener un aval de unos 400.000 francos (unos 600 euros). Con todo esto, pueden acceder a este programa", detalla Kouakou. "Tenemos un catálogo de casas con varios modelos que está consensuado con el ministerio de Construcción y nuestra oficina en Sudáfrica. Los beneficiarios escogen el que más les gusta. Ellos o personas que les apoyen tienen que cubrir el 30% de todos los costes. Se trata de implicar a la gente, que contribuyan. Así, cuidarán más la propiedad pues sentirán realmente que es suya", apunta Michel N’Guessan, responsable de programas de la organización en el país. 

La primera de las condiciones, estos vecinos de Tabagne la cumplían de sobra. El siguiente paso era agruparse oficialmente. "14 personas formamos una asociación que se llama Katahua, aunque uno de los fundadores ya ha fallecido, lamentablemente", relata Maxime Yeboua. "Cada miembro aportó unos seis millones de francos (CFA) de África occidental (unos 9.150 euros) para adquirir una tierra, ayudar a la construcción de las casas y llevar electricidad al lugar", continúa. Para conseguir tal cantidad de dinero, asegura, todos ellos —profesores, funcionarios, trabajadores en el sector privado y pequeños empresarios— tuvieron que pedir préstamos al banco o a sus empleadores.

Los vecinos de Tabagne que han accedido al programa de ayuda para construir una vivienda digna cumplían el requisito de ser pobres. Después, se asociaron y reunieron el dinero que necesitaban para comprar un terreno y pagar parte de las obras

Lo consiguieron: realizados estos trámites y el papeleo, Habitat for Humanity aceptó su petición. El pasado 20 noviembre de 2017, día en que la nueva comunidad se inauguró oficialmente, los obreros todavía estaban ultimando los retoques de las 30 viviendas levantadas con fondos de la ONG y de los beneficiarios. Están apenas a 10 minutos en coche de las viejas casas, miden unos 75 metros cuadrados que se distribuyen en un salón, dos dormitorios, dos baños y una cocina moderna. La vecindad se llama Fodjo Bini Kouame, como el cooperante de Tabagne que trabajaba en la organización.

"Este es un proyecto para los más vulnerables que no se podrían permitir pagar estas viviendas, que en el mercado costarían cinco millones de francos (unos 7.000 euros). Viven así porque la región del Este es pobre, de las más pobres de Costa de Marfil. Antes era una zona rica porque había explotaciones de cacao, pero en 1982 y 1983 hubo una sequía y el cultivo se trasladó a otras zonas del país. Ahora siembran anacardo. Por un kilo reciben medio euro aproximadamente", explica Ouattara Kouassi, voluntario de la asociación Katahua. 

En el trayecto que separa la antigua comunidad de la nueva, Kouassi señala a un edificio de paredes desconchadas. “Yo estudié aquí en 1976”, señala desde el coche una escuela. “No ha cambiado nada”, lamenta la falta de mejoras en infraestructuras en todo este tiempo. "Esta es una región que no tiene grandes políticos que consigan inversiones para el pueblo, solo el ministro de Pesca es de aquí y él no puede hacerlo todo. Así que nosotros, que somos funcionarios, tratamos de hacer algo. Con nuestros sueldos, tratamos de ayudar a nuestros padres y la gente que lo pasa mal", razona este responsable de informáticos y estadística en la Dirección Regional de Educación Nacional en Dabou.

Una de esas personas que "lo pasa mal" (hasta ahora) es Yaoua Nadelene. Nació en jueves, lo dice su nombre, y tiene 52 años. Frente a la puerta de su flamante vivienda, cuando todavía le están dando los últimos retoques, dice estar muy feliz. “Allí no tengo elección”, señala con un gesto el camino en dirección a su antigua morada, “es lo que me había tocado”. “Esto es como un sueño; nunca me había imaginado que podría cocinar en una cocina moderna, pero no sé qué voy a preparar. Lo que seguro que sí que haré será disfrutarlo”, asegura.

También podrá ir al baño, al suyo, dentro de su casa, con higiene e intimidad. Ya no tendrá que salir al bosque como hasta ahora para hacer sus necesidades. “Es desagradable. Para una mujer es degradante, pero te acostumbras. Te adaptas”, dice resignada. Reconoce que los problemas de salud han sido su pan de cada día. “Evidentemente, en aquellas condiciones enfrentamos problemas como diarreas porque no bebemos agua potable”. Ahora, tras la mudanza, ya no es así. Ya no tiene que consumir la lluvia que se acumula en charcas o pozos, y muy probablemente contaminada.

Salir al bosque para hacer mis necesidades es desagradable. Para una mujer es degradante, pero te acostumbras. Te adaptas

Yaoua Nadelene, vecina de Tabagne

"Es importante entender las malas condiciones de vida de muchas personas. No tienen ninguna oportunidad de residir en una buena casa. Esto a su vez es un factor que influye en su situación de pobreza porque tienen que reconstruir la que tienen una y otra vez. Y no pueden salir del círculo de la miseria. Con buenas casas, enferman menos porque disponen de agua potable. Y tienen luz. Esto les cambia la vida extraordinariamente", resume N’Guessan, de Habitat for Humanity de Costa de Marfil.

En la villa Fodjo Bini Kouame, el casi centenario Essi Kouakou, su risueña hermana Abran Siman Marie, Yaoua Nadelene y así hasta las 30 familias que albergará, cuentan con estos servicios. Ellos y los vecinos de alrededor. El voluntario Ouattara Kouassi muestra orgulloso los postes de luz. No ha sido fácil ni barato llevar electricidad a esta área, reconoce, pero lo han conseguido y quien quiera puede engancharse y pagar su factura. "Seguirán viviendo del campo y enfrentando problemas. Pero su vida va a mejorar porque tienen más comodidades", anota. Ahora, planean lograr más, confiesa su colega Maxime Yeboua. Ya están pensando en replicar el experimento en más comunidades de Tabagne, levantar centros de alfabetización de adultos y casas de acogida para chicas jóvenes. "Es una pérdida enorme que la niñas dejen la escuela porque se quedan embarazas", zanja. Tienen las ideas y ahora saben bien cómo movilizarse para llevarlas a cabo.

Puedes seguir a PLANETA FUTURO en Twitter y Facebook e Instagram, y suscribirte aquí a nuestra newsletter.

Más información