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Hacer el amor

En los sesenta, el movimiento 'hippy' llegó a casi cada rincón del globo. En la imagen, jóvenes en Berlín Oeste 'haciendo el amor'.
En los sesenta, el movimiento 'hippy' llegó a casi cada rincón del globo. En la imagen, jóvenes en Berlín Oeste 'haciendo el amor'.Leonard Freed (Magnum Photos)
Martín Caparrós

La expresión, heredera de la consigna ‘hippy’ ‘Make love not war’, se convirtió en una audaz marca de los años sesenta

ESTABA ESCRIBIENDO sobre otra cosa —uno siempre está escribiendo sobre otra cosa— cuando tronó la voz de Pappo. Pappo Napolitano fue un cantante del primer rock argentino, duro, suburbano, tan machote. Pappo cantaba blues con esa voz tanguera y de pronto gritó, en esa canción de 1972, que “yo sólo quiero hacerte el amor”. Y entonces recordé cuánto me había impresionado escucharlo en su momento y entonces, recién entonces, entendí el peso de aquella novedad, de aquellos cambios.

Solemos recordar —poco a poco vamos olvidando— que los años sesenta transformaron nuestras vidas mucho más que ciertas revoluciones: cambiaron nuestras ideas sobre el sexo, la juventud, el arte, el consumo, y cambiaron, sobre todo, las vidas de la mitad del mundo —­las mujeres— y, gracias a eso, las de la otra mitad. Pero no siempre recordamos cómo era el mundo antes.

El mundo era, entre otras cosas, un lugar donde no se podía decir aquella frase. Un cantante, un poeta, un pretendiente de a pie no podían decirle públicamente a la deseada que querían acostarse con ella. No sólo porque la moralidad ambiente se lo impedía; más brutalmente, porque no tenían las palabras necesarias.

En los distintos castellanos había, por supuesto, verbos que referían el acto sexual: infinidad de verbos. Los más comunes, en distintos lugares, siguen siéndolo: follar, coger, tirar, chingar, singar, templar. Pero sonaban duros, agresivos: ninguno podía, hace 50 años, ser pronunciado abiertamente. Y mucho menos cantarse en una canción para decir aquello que no debía decirse: proclamar yo sólo quiero follarte /cogerte /chingarte era impensable. No había palabras para decir en público lo que no podía decirse en público. Perogrullo apoya esos procesos: esas palabras recién aparecieron cuando muchos pensaron que sí podían usarlas.

“Hacer el amor” nos llegó del inglés. Make love not war fue el slogan más famoso del movimiento hippy norteamericano

Solemos repudiar la llegada de los llamados barbarismos: como si el idioma fuera un país contemporáneo, como si levantara rejas en Melilla, como si no estuviera hecho de esas apariciones. “Hacer el amor” nos llegó del inglés a través de una consigna pública: Make love not war fue el slogan más famoso del movimiento hippy norteamericano, surgido contra una sociedad puritana y silenciadora que callaba el amor pero gritaba la patria y sus guerritas. Una sociedad donde primaba la vieja ilusión de todos los poderes: que si algo no se dice no existe. Una sociedad que ya preparaba el contraataque: el entonces gobernador de California, un tal Ronald Reagan, dijo en esos días que le parecía que esos chicos que querían el amor y no la guerra “no podrían hacer ni lo uno ni lo otro” —y se lanzó al combate.

Fue hace sólo medio siglo. Unos años antes “hacer el amor” todavía significaba —en inglés, francés, italiano, castellano— cortejar, requebrar, requerir de amores, cosas que sí podían decirse. Hasta que la necesidad de decir lo que antes se callaba lo cambió: ya no era intentar acercarse al ser amado; era hacer con él o ella una cosa concreta, muy precisa. Así, un movimiento que se pretendía espiritual rindió tributo a cierta idea moderna, funcional: el amor no era algo que se sentía o se buscaba, sino algo que se hacía y se hacía otra vez y más veces.

Hacer el amor —la expresión “hacer el amor”— se volvió una marca de la época: gesto de audacia, revolución de otra manera. Después, con el tiempo y otros avatares, perdió su novedad y se nos tornó cursi, casi un eufemismo: muchas canciones bobas lo refrendan. Suele pasarle a los precursores: envejecen bastante mal, bastante pronto. Pero éste sigue siendo un testigo de tanta diferencia. Ahora, cuando se ha vuelto natural hablar de lo que l@s person@s hacen en las camas, parece increíble que, hace tan poco, esos hechos no pudieran ser dichos en voz alta. 

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