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El humo asfixiante del cañaveral colombiano

El monocultivo de azúcar y la quema de cañas han transformado la agricultura del Valle del Cauca

La caña se quema porque de esta manera resulta más fácil cortarla y cosecharla.
La caña se quema porque de esta manera resulta más fácil cortarla y cosecharla.María Rado
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Cae la tarde en el Valle del Cauca y comienzan las quemas. La pavesa, la ceniza en suspensión que vuela desde los cañaverales en llamas, cae sobre las calles incluso en la ciudad de Cali, la capital mundial de la salsa y también de este departamento de Colombia. Sin embargo, es en la periferia rural donde la ceniza ennegrece las ropas colgadas a secar y el humo hace enfermar a niños y ancianos. Es el lado oscuro y menos dulce de la caña de azúcar, el monocultivo que ha terminado con casi cualquier otra forma de agricultura en la región.

La carretera que une Cali con Palmira —una población de 350.000 habitantes a 30 kilómetros al Este de la capital del departamento— avanza siempre flanqueada por un mar verde de plantas de caña. Como todas las de esta región, la vía es notablemente mejor que la mayoría de las del país. La recorren constantemente inmensos camiones con varios remolques que transportan la cosecha de lo cañaverales hacia los ingenios. Allí se refinan los 2 millones de toneladas anuales de caña que se destinan a la producción de biocombustible, ron o azúcar de mesa.

Al final de la tarde y por la noche, sectores aislados de los cañaverales empiezan a arder. Aunque los ingenios lo atribuyen a quemas accidentales o ajenas a su voluntad, siempre se producen en la época de cosecha. La quema de cañaverales es una técnica extendida a nivel mundial para facilitar el corte y el transporte de la caña. En Colombia no es ilegal, salvo por ciertas restricciones. Pero distintos estudios realizados en diversos países del mundo (también en la propia Coliombia) demuestran que el humo producido en estas quemas afecta negativamente a la salud de las poblaciones locales.

De la hacienda al ingenio

El sector cañero está presente en el Valle del Cauca desde el siglo XIX. Pero fue un hecho ocurrido en 1959 y 2.000 kilómetros al norte de aquí lo que cambió para siempre la industria azucarera colombiana. Con la revolución cubana, la isla dejó de ser el principal suministrador de azúcar de Estados Unidos, y estos volvieron sus ojos hacia Colombia.

Además, en los noventa la “apertura económica” llevó a Colombia desregulación y la destrucción de aranceles. Las pequeñas y medianas fincas de distintos cultivos agrícolas, que aún abundaban por aquel entonces, no pudieron hacer frente a la competencia internacional. Y con la ruina de la pequeña agricultura se produjo una mayor concentración de la tierra y un crecimiento de la caña como monocultivo.

“El Valle del Cauca es uno de los departamentos con mayor concentración de la tierra del país”, sostiene Mario Pérez, profesor de la caleña Universidad del Valle. “La caña es un cultivo que crece unos dos metros. Así que si tienes un pequeño predio y no quieres cultivar caña, terminas siendo impactado por ella”, añade Pérez.

María Rado

Hoy, en el Valle, hay unas 250.000 hectáreas sembradas de caña, frente a 50.000 repartidas en pequeñas fincas agrícolas. Además, la mecanización de los últimos años en las grandes explotaciones ha reducido notablemente la necesidad de mano de obra.

Aunque la mayor parte de la producción sigue destinada al azúcar de mesa, desde 2005 se impulsa la producción del etanol (biocombustible producido con caña), que es apoyada por importantes subvenciones estatales aprobadas por el Gobierno de Álvaro Uribe. Un año antes, a punto de expirar el plazo legal, el Ejecutivo había derogado el decreto, aprobado en 1994, que obligaba a acabar con las quemas de caña en 10 años. Y este método ha sido utilizado sin pausa desde entonces.

Los ojos nublados del Valle del Cauca

Desde la Buitrera, perteneciente al término municipal de Palmira, hay una vista panorámica del Valle del Cauca. Allí, en una finca de 48 hectáreas sembradas con frutales y caña, vive Luz Elena Molina desde hace 39 años, cuando las quemas comenzaron a hacerse más habituales. Tras toda una vida sometida a los humos de las quemas, los problemas respiratorios y las apneas se han convertido en crónicos para ella y hasta hace tres años dormía conectada a una máquina de aire.

“Yo recuerdo que cuando mi papá vivía, hace 39 años, no había quemas frecuentes, era ilegal. Pero luego los ingenios vieron que era bueno para ellos para la cuestión económica”, evoca Molina. “Desde entonces, todos los días y a todas horas había quemas y eso me afectaba”.

Aunque reconoce que han reducido algo en los últimos años —probablemente por la mecanización paulatina de la cosecha, que facilita el corte— asegura que todos los días sigue divisando desde la terraza de su casa columnas de humo provenientes de los cañaverales. “Antes, desde la Buitrera, el Valle se veía limpio. Ahora parece que uno tuviera los ojos nublados de todo el humo que queda”.

“Las quemas nos afectan a todos, las personas mayores padecemos de los bronquios, pero también los animales mueren”

“Las quemas nos afectan a todos, las personas mayores padecemos de los bronquios, pero también los animales mueren”, denuncia Lidia Treviño, una campesina de la vereda de El Bolo, también en Palmira. Treviño puso una demanda por unos árboles frutales que se incendiaron durante las quemas de caña junto a su finca, que también se ve afectada por la fumigación con glifosato que se realiza sobre los cañaverales desde una avioneta . “En los tiempos de mis padres había cacao, árboles frutales… Ahora ya casi no se cosecha nada, salvo cuando la caña está de menos de ocho meses. Todo lo demás son pérdidas”.

En Sabanetas, una comunidad rural del municipio de Guachené, a una hora en coche hacia el sur de Cali, vive Elsías Possú, de 74, años, con su anciano padre. “Antes de que empezaran las quemas uno vivía sabroso aquí, pero ahora uno se asfixia”, dice Possú, mientras arde el cañaveral que linda con su pequeña finca de frutales. Según Possú, la quema se produce una vez al año, cuando la caña está madura para ser cosechada y después se produce una requema con la hoja que sobra del corte. “A mi padre le estamos dando remedios para reactivarlo porque el hombre tiene gripa permanente desde que comenzaron las quemas. Eso es un veneno mortal”, explica el septuagenario campesino.

La quema y sus consecuencias

Dedicar toda la tierra disponible a la caña azucarera genera los conflictos habituales de cualquier monocultivo: las luchas por el agua, la presión sobre la economía campesina familiar y el impacto sobre la soberanía alimentaria de la región. Pero aquí la peculiaridad son los efectos derivados de las quemas y de la fumigación aérea con glifosato, un químico también utilizado en el pasado por el Gobierno para matar las matas de coca. El glifosato favorece la maduración de la caña, pero también acaba con el resto de cultivos sobre los que cae arrastrado por el viento.

Ambas prácticas son legales en Colombia. Están sujetas a ciertas regulaciones, como mantener una distancia con centros poblados y tener en cuenta la velocidad y dirección del viento. Pero las comunidades locales consultadas se quejan de que no se cumple la normativa.

“Cuando se quema la caña hay ventajas económicas, una de ellas es que facilita el corte manual y la otra es que aumenta la concentración de sacarosa en los tallos", explica declara el profesor Pérez. “Pero hacerlo tiene unos impactos grandes. Cuando uno vive acá, cada determinado tiempo llegan las lluvias de hollín a nuestras casas, la ropa blanca se mancha, hay que trapear y barrer varias veces, es supremamente incómodo. Pero eso es una cuestión de comodidad, el otro tema ya tiene que ver con los impactos en la salud”.

“Quemar la caña facilita el corte manual y aumenta la concentración de sacarosa en los tallos”

Los efectos de la quema para la salud de las personas que habitan en las zonas vecinas a los cañaverales no son fáciles de determinar, al existir numerosos factores que influyen en la generación de enfermedades respiratorias. Sin embargo, está probado sobradamente que la contaminación atmosférica es un elemento de riesgo de enfermedades y puede agravar afecciones respiratorias o cardíacas preexistentes.

Un estudio realizado en 1991 por la Universidad de Lasalle de Bogotá fue el primero en demostrar las consecuencias nocivas para la salud humana y la calidad del aire de la quema de caña en el Valle del Cauca. En 2008, otra investigación de una investigadora de la también bogotana Universidad de Los Andes titulado La caña de azúcar: ¿una amarga externalidad?, llegó a conclusiones similares sobre las consecuencias de las quemas en la población de Palmira. Y más recientemente, un estudio realizado en 2015 por la Universidad de Sao Paulo, Brasil, volvió a determinar que la salud de personas mayores, niños y asmáticos sufría especialmente por estos incendios deliberados.

A pesar de todas estas evidencias, se ha hecho poco al respecto desde que esta técnica se extendiera por la zona en los años setenta. El hollín sigue lloviendo sobre las poblaciones del valle del río Cauca, envenenando a parte de la población mientras el monocultivo de caña sigue creciendo, formando un desierto verde que se extiende por más de 200 km.

Alternativas a la quema: otro tipo de agricultura

María Rosa Cardona, una ingeniera agrónoma vallecaucana, tenía una finca de frutales y otros alimentos en la vereda de El Bolo, Palmira. Cuando hace 30 años la presión del creciente monocultivo de caña hizo inviable económicamente la finca, María Rosa decidió dejar que la naturaleza se abriera paso. Sembró algunas plantas tradicionales y “abrió un sendero ecológico” que ahora alquila para visitantes que quieran conocer cómo era el Valle del Cauca antes de que el cultivo se volviera extensivo.

“Como aquí no hay herbicidas, van llegando plantas que están extinguidas y que el pájaro o el murciélago las traen”, explica Cardona, caminando por medio de un denso oasis selvático rodeado de incontables hectáreas de caña de azúcar. “Van encontrando donde establecerse y cuando se establecen llegan mariposas nuevas, llegan pájaros… así es como era el Valle del Cauca”, abunda la ingeniera.

En el municipio de Bulgalagrande, en el norte del departamento, la Hacienda la Lucerna ha apostado por una producción sin quemas y con una variedad de caña orgánica en sus 152 hectáreas. Un rebaño de ovejas se encarga de alimentarse de la hojarasca y la maleza, evitando de esta forma la necesidad de quemar los remanentes del corte de la caña y reivindicando una forma menos agresiva con el entorno y la salud de cultivar la materia prima del azúcar.

Propuestas agro turísticas como el sendero ecológico de Cardona o de agricultura orgánica, como la Hacienda la Lucerna, van apareciendo en respuesta al modelo imperante y a la práctica de la quema. A falta de una regulación más severa por parte del Estado, la economía campesina tira de imaginación y resistencia para luchar por su supervivencia en este mar de azúcar humo que es hoy en día el Valle del Cauca.

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