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Están locos estos ‘tubabs’

Como la aldea gala de Asterix, un puñado de comunidades campesinas resiste con dificultades al acaparamiento de tierras en el valle del río Senegal

El jefe tradicional Samba Diba Sow contempla los arrozales de Lerabé, al norte de Senegal. Ver fotogalería
El jefe tradicional Samba Diba Sow contempla los arrozales de Lerabé, al norte de Senegal.

El vehículo 4x4 se detiene en la pista de tierra que atraviesa un inmenso arrozal cerca de Podor, al norte de Senegal. A la izquierda y bajo un sol implacable, una decena de campesinos del pueblo de Lahel está recogiendo y separando el grano de las espigas. Dos blancos (aquí se les llama tubabs) descienden del coche y se entretienen charlando con Alpha Dia, jefe del pueblo vecino de Korkaye, mientras contemplan con interés el trabajo campestre. Entonces, dos paisanos que conducen una carreta cargada de sacos paran a su lado y preguntan a Dia quiénes son esos europeos y qué hacen aquí. Tras unos minutos de charla en pulaar, la lengua local, Dia les tranquiliza. "Tienen miedo de que vengan extranjeros a comprar la tierra y los expulsen", asegura.

A simple vista, el valle del río Senegal es una especie de paraíso adornado de enormes extensiones de tierra fértil plantadas con caña de azúcar, arroz, cereales locales como el sorgo o el mijo, pepinos y cebollas. Los canales de irrigación circundan los cultivos y en época de lluvias la crecida del río permite que florezca aún más la vegetación. Sin embargo, tras esta idílica apariencia subyace un conflicto épico. El esplendor del valle atrae a grandes empresas y gobiernos extranjeros que pretenden quedarse con la mejor tajada y muchas comunidades o líderes tradicionales acaban cediendo a la presión o al soborno y venden su tierra. Pero no todas. Los pueblos de Lerabé, Guedé o Lahel, como la aldea gala de Asterix y Obelix, resisten al invasor.

El anciano diom (jefe) Samba Bida Sow es la autoridad en Lerabé. Se la han otorgado los propios campesinos y ganaderos, los propietarios ancestrales de una tierra a la que sus antepasados llegaron hace casi mil años. Su casa es modesta, pero alberga un par de construcciones de bloque y cemento y un amplio patio con un árbol cuya sombra invita a sentarse y conversar. "Esta comunidad se divide en una decena de aldeas y tiene 4.865 habitantes", asegura (la cifra se la acaba de soplar uno de sus nietos, él no la necesita para nada). "Y tenemos todas las actividades, plantamos cereales, sandías, batatas, tomate, gombo, berenjenas, pimientos y ahora arroz, mucho arroz. Pero también vivimos del ganado", añade. Vacas, cabras y corderos son omnipresentes. Y es que estamos en el corazón del Futa Toro, la tierra de los peul, los pastores por excelencia del Sahel.

Hace cuatro años, un empresario francés desembarcó en Guedé, a una decena de kilómetros, con la intención de comprar 4.000 hectáreas para plantar arroz destinado a la exportación. Pero los jóvenes se opusieron. "Esta es la tierra de nuestros padres y nuestros abuelos", le espetaron al inversor. El proyecto acabó por instalarse al oeste, en Diama. "Los campesinos que vendieron allí ya se están arrepintiendo", asegura Mariam Sow, coordinadora de la ONG senegalesa Enda Pronat, defensora de los derechos de los campesinos y natural de Guedé, "el acaparamiento de tierras es un problema muy serio que amenaza al mundo rural". Solo en 2016, medio millón de hectáreas de la mejor tierra cultivable de Senegal pasó a manos de grandes empresas o inversores venidos de lejos.

Tras esta idílica apariencia del valle del río Senegal subyace un conflicto épico

En esta región del Futa, nadie se olvida de la fecha del 26 de octubre de 2011. Esa mañana, dos agricultores murieron a causa de los enfrentamientos provocados por el rechazo de la comunidad de Fanaye a la venta de 20.000 hectáreas a la empresa italiana Senhuile para la producción de biocombustibles a partir de batata y girasol. El proyecto se acabó instalando a decenas de kilómetros, cerca de Ross Bethio, donde consiguió el acuerdo de los líderes de la comunidad a base de sobornos y regalos. Pero eso solo fue la punta del iceberg. En 2016, los agricultores de Diokoul, un poco más al sur, se vieron despojados de 1.000 hectáreas de la noche a la mañana en beneficio de Senegindia, una compañía de capital indio, y hace tan solo unos meses, el grupo marroquí Addoha consiguió la cesión de 10.000 hectáreas en este mismo departamento de Podor para cultivar y exportar arroz.

Djiby Ly, Djenaba Demba, Binta Cámara y Aminata Ba junto al río Doué y la bomba que extrae el agua para conducirlo a su huerto, en Guedé. ver fotogalería
Djiby Ly, Djenaba Demba, Binta Cámara y Aminata Ba junto al río Doué y la bomba que extrae el agua para conducirlo a su huerto, en Guedé.

Alpha Dia preside la Federación de Productores Hortícolas en la Isla A Morphil, un espacio de increíble potencial agrícola que se beneficia del agua del río Senegal y dos de sus afluentes, el Gayo y el Doué. "Debemos estar unidos para resistir ante este fenómeno, crear una plataforma de vigilancia para alertar a las comunidades en cuanto se detecte un intento de compra o cesión de la tierra", asegura. El Gobierno senegalés está empeñado en atraer inversores extranjeros para poner en marcha explotaciones agrícolas a gran escala y, por tanto, incentiva este fenómeno que en los últimos años se ha acelerado. Pero se están encontrando con la resistencia campesina de la que Fanaye fue la primera y más sonada evidencia.

Aunque el Estado es propietario de buena parte de la tierra, está obligado por el derecho consuetudinario a consultar a las comunidades antes de venderla o cederla, lo cual no siempre se respeta. "Paradójicamente, el Gobierno ha anunciado que pretende alcanzar la autosuficiencia alimentaria. ¿Eso cómo se consigue? ¿Fomentando la inseguridad alimentaria de las comunidades cuyos campesinos se convierten, en el mejor de los casos, en jornaleros a sueldo?", se pregunta Mariam Sow. Otro de los problemas de este fenómeno es que el nuevo propietario no entiende las dinámicas de convivencia que han existido durante siglos. "Aquí todos somos campesinos y ganaderos y respetamos ambas actividades, hay que dejar espacios de paso y pastos a los animales también", añade Dia.

En la otra orilla del río, en el lado mauritano, la situación es similar. Decenas de proyectos liderados por inversores extranjeros, especialmente de países del Golfo como Arabia Saudí, han logrado hacerse con el control de miles de hectáreas en los últimos veinte años, hecho denunciado por el Foro de Organizaciones Nacionales de Derechos Humanos (FONADH), que agrupa a unas veinte ONG. Según Mamadou Sarr, presidente de este organismo, “hay una total anarquía. Asistimos a la desposesión de propietarios tradicionales legítimos, a un acaparamiento de grandes superficies de tierra en beneficio del agronegocio extranjero y nacional y con una opacidad total con el pretexto de poner en marcha proyectos de inversión”.

El esplendor del valle atrae a grandes empresas y gobiernos extranjeros que pretenden quedarse con la mejor tajada y muchas comunidades o líderes tradicionales acaban cediendo a la presión o al soborno y venden su tierra

De acuerdo. Lerabé y Guedé se negaron a vender, pero ¿ahora qué? Pese a las buenas condiciones naturales, los agricultores del walo, la zona próxima al río, siguen cultivando como hace siglos y los sistemas de distribución son arcaicos. Falta modernización y un plan, créditos agrícolas y canales de venta seguros. "Aquí vendemos el kilo de pepino a 100 francos CFA (unos 15 céntimos de euro), en Dakar se compra a 800 (1,2 euros). Los productores están exhaustos, no pueden hacer una previsión de cuánto van a ganar. La falta de apoyo del Estado explica por qué algunos deciden vender", asegura el agricultor Ibrahima Sow, vecino de Guedé.

Para dar una alternativa a esta zona, la ONG Enda Pronat tiene una idea. "La tierra está ahí, el agua está ahí, la mano de obra también. Solo nos faltan los recursos económicos para hacerlo", asegura Mariam Sow. Cerca de Guedé, 38 mujeres y dos hombres han convertido una parcela de 7.000 metros cuadrados en un vergel donde la mandioca, los pimientos, el hibisco y las patatas llenan cada rincón. El río Doue pasaba justo al lado, pero no tenían dinero para traer el agua. Enda les facilitó los fondos para comprar una bomba que succiona el agua y la canalización que la transporta hasta el huerto. "Antes esta tierra apenas producía; ahora míralo tú mismo, todo se da", asegura Marieta Ba, presidenta de la cooperativa. "Es una manera de que la comunidad vea sentido a explotar la tierra; un ejemplo pequeño, pero inspirador", añade Sow.

La tarde cae sobre Lerabé. De vuelta a la casa del diom Samba Diba, es el momento de hacer balance. "El Estado deja morir la actividad agrícola local para facilitar la entrada de los extranjeros", opina, "no quiere que los campesinos salgamos de la miseria y de la ignorancia". Todos asienten con la cabeza. Y cuenta una historia. "Una vez, un poderoso tubab vino hasta aquí, se dio una vuelta en su vehículo por los arrozales y, cuando terminó, con un pie en el coche ya para irse y otro en el suelo, me preguntó que cuáles eran nuestros problemas. Ni le contesté, no valía la pena. Así no se puede entender nada, hay que venir con paciencia y vivir esta tierra para saber lo que está pasando". De momento, Lerabé no se vende.

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