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El ‘boom’ de vocaciones en la carrera de Filosofía: suben un 33% en cinco años

Los jóvenes encuentran en este grado respuestas a su vida y las empresas valoran sus análisis críticos de problemas complejos, aunque su punto débil es la empleabilidad

Universidad de Valencia
Estudiantes en la biblioteca de la facultad de Humanidades de la Universidad de Valencia, en una foto de archivo. Santiago Carregui

Filosofía ha sido durante años una carrera con altas tasas de abandono, la cursaban una minoría por vocación y una mayoría porque no le daba la nota para casi nada y se accedía con un cinco en la repesca. Pero desde el curso 2015-2016 al de 2020-2021 la cifra de universitarios ha crecido de los 7.091 a 9.446 (un 33% más, solo 210 de ellos en una universidad privada). Basta mirar las notas de corte del pasado curso para confirmar que la situación ha variado sustantivamente: solo cinco de los 19 campus públicos piden un 5 para acceder. En la Universidad de Zaragoza se ingresó ―sobre un máximo de 14 puntos― con un 10 y en Valencia y País Vasco con 8,4. Y si se combina con otras disciplinas en dobles o triples grados, la nota de acceso mínima aumentó incluso más: Filosofía, Política y Economía requirió un 13 o un 12,18 Filosofía y Lengua y Literatura española.

Las carreras de Humanidades tienen peores tasas de empleabilidad que las técnicas en España. Filosofía no es una excepción. Sin embargo, las tecnológicas líderes a nivel internacional valoran cada vez más otros perfiles, con capacidad de trascender lo puramente técnico y dar soluciones a problemas éticos, por ejemplo. Algo que se valorará cada vez más en el futuro. Parece que los gustos de los estudiantes se están adelantando a este cambio en el mercado laboral.

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“Los alumnos se interesan mucho por la filosofía. Cuando en clase la aterrizas en la realidad ―problemas sociales, conflictos armados, las redes sociales...― se dan cuenta de que tiene una hondura que no tiene, con todo el respeto, la enseñanza del inglés o la lengua”, razona Carlos Javier González Serrano, profesor de Filosofía y Psicología del colegio San Gabriel de Madrid. “Y eso al margen de los problemas psiquiátricos que tienen [los adolescentes]: ansiedad, depresión, infinidad de TOCS [trastorno obsesivo compulsivo], trastornos de conducta alimentaria…”. Aunque la aproximación al pensamiento, sostiene el también orientador, es general: “La gente quiere que la filosofía dé sentido a la vida cuando una experiencia como la pandemia nos la ha robado. O ahora la guerra, el alza de los precios…”

“La gente joven, además, ha visto cómo los filósofos estamos en radio, prensa y televisión... Que hay una salida laboral que no es la docencia y la investigación, que es el desarrollo de la cultura”, prosigue González Serrano, de 36 años, con enorme tirón en redes ―53.000 seguidores en Twitter― y que participa en distintos medios. Ahora se está volcando en la docencia ―eventualmente también en la universidad―, pero durante años ha sido editor en grandes sellos de no ficción.

Como González Serrano, la filósofa Nerea Blanco cree que los jóvenes están especialmente interesados en la filosofía porque “a su edad explota la necesidad de respuestas”. Blanco, de 35 años, se matriculó en Comunicación Audiovisual, pero pronto llegó a la conclusión de que “iba a aprender poco”. “No me iba a ayudar a conocerme”, explica. Y se cambió a Filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid. Cuando terminó, tenía claro que no quería dedicarse a la docencia, sino sacar la filosofía de las aulas, convencida de que tiene que ser “algo vivo”. Montó con un socio una empresa de diseño web y ante su sorpresa triunfó con unas láminas y camisetas con eslóganes y citas filosóficas (como la de Arthur Schopenhauer “No hay ningún viento favorable para el que no sabe a qué puerto se dirige”). “Fue un grito contra Mr Wonderful [objetos con frases de refuerzo positivo]”, ironiza. Ahora las vende en la página de Filosofers, un proyecto con el que pretende “divulgar y fomentar el pensamiento crítico, porque la gente quiere acercarse a la filosofía, al sentido de la vida, pero no sabe cómo”.

Nerea Blanco, conocida por el libro Filosofía entre líneas o cómo todos llevamos un verano dentro, se ha establecido en Salamanca, más económico que Madrid ―”no soy la más rica, pero tengo la sensación de que a la gente le gusta lo que hago”, razona―, así que ya no organiza en la capital las Cañas Filosofers en las que generaba diálogo en torno a unas cervezas. Blanco no para: da charlas en centros educativos, ha coescrito manuales de instituto, ha editado un curso de breve historia de la filosofía en audios y organiza talleres.

Se amplía el abanico de salidas laborales

Las carreras de Humanidades aparecen siempre a la cola de tasas de empleabilidad en cualquier universidad ―entre el 50% y el 60% cuatro años después de graduarse están trabajando, frente al 85% en Ingeniería Eléctrica―, pero Filosofía es cada vez más valorado por las empresas punteras, pues sus titulados son capaces de hacer un análisis crítico de problemas complejos y de tomar decisiones con una visión integral en una sociedad del conocimiento que no para de reinventarse. Además, tienen un gran poder de concentración y capacidad para predecir cómo será el futuro.

El informe España 2050. Fundamentos y propuestas para una estrategia nacional a largo plazo, encargado por el Gobierno a un centenar de expertos, lo pone de manifiesto: “No sabemos con certeza cuáles serán esas necesidades en el futuro. Parece claro que crecerá la demanda de competencias STEM (Ciencias, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas, por sus siglas en inglés) y de competencias transversales (ejemplo, pensamiento crítico, creatividad, liderazgo)”. Y los filósofos bordan estas destrezas. Su creatividad explica que muchos se reciclen como guionistas o publicistas.

En España, con un tejido industrial de pequeñas y medianas empresas, no es fácil que el filósofo se abra un hueco. Un informe publicado este año por la Fundación CYD situaba la titulación como una de las que más tasa de paro presentaba. La situación es distinta en países como Estados Unidos, donde las compañías tecnológicas de Silicon Valley los contratan desde hace más de una década porque las aplicaciones tecnológicas ― de comunicación y redes sociales― conducen a dilemas éticos. Reid Hoffman, cofundador de LinkedIn y Stewart Butterfield, de Flickr y Slack, se licenciaron en Filosofía. “La filosofía te enseña a pensar con mucha claridad”, declaró Hoffman a la publicación Business Insider, y eso es “muy útil” para saber en qué invertir y ser emprendedor.

Hay espacio para los pensadores en la consultoría política, como “acompañantes filosóficos” o en el terreno científico

En el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), por el que han pasado 76 premios Nobel, los futuros ingenieros tienen que estudiar obligatoriamente créditos de Humanidades y los filósofos están integrados en los equipos multidisciplinares. En el transcurso de una entrevista reciente en este diario, su director de estrategias, el mexicano Marco Muñoz, puso el ejemplo de un proyecto propio: el diseño de nuevos tejidos más sostenibles para vestimenta o para tapizar los coches y las paredes. El equipo del MIT, de 15 personas, incluye ingenieros químicos, biólogos, politólogos o pensadores. “Necesitas filósofos para ver cuál podría ser la posición del ser humano ante el uso de una tela inspirada biológicamente. Vamos a suponer que se empieza a hacer tejidos con flores. Suena muy bonito pero, ¿y si hay manipulación genética? ¿Cómo vas a decirle al mundo que estas prendas son buenas para la humanidad?”.

Más allá de la colaboración con los ingenieros, hay espacio para los pensadores en la gestión cultural, la consultoría política, como “acompañantes filosóficos” ―que ayudan a las personas a aclarar ideas y pensar, con el peligro en que se adentren en diagnósticos psicológicos para los que no están formados― o en el terreno científico.

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Elisa Silió

Es redactora especializada en educación desde 2013, y en los últimos tiempos se ha centrado en temas universitarios. Antes dedicó su tiempo a la información cultural en Babelia, con foco especial en la literatura infantil.

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