Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

Engáñanos, Rajoy, pero con cifras

Contra lo que asegura el presidente del Gobierno, ha violado todos los años el tope de déficit pactado con Bruselas

Schäuble, izquierda, saluda al comisario de Economía, Pierre Moscovici.
Schäuble, izquierda, saluda al comisario de Economía, Pierre Moscovici.JULIEN WARNAND (EFE)

Gobernados y gobernantes jugamos en economía al ratón y al gato. Pero para que el juego sea algo respetuoso, debe cumplir al menos una regla: el engaño debe argumentarse con cifras, aunque sean cogidas por los pelos.

En la polémica Madrid-Bruselas-oposición sobre el presupuesto para 2016, la frase espetada el martes por el presidente, Mariano Rajoy, hiela la calculadora: “Desde que asumimos la responsabilidad de gobernar hemos cumplido siempre el déficit”, dijo desde Nueva York. Eso es falso. Y de toda falsedad: falso para todos y cada uno de los años de su mandato.

Para 2012, el compromiso de déficit presupuestario del Gobierno era del 5,8%; en julio logró pactar con Bruselas una suavización, al 6,3%; al cierre, se situó en el 6,70%, incumpliendo tanto el guarismo inicial (por casi un punto) como el revisado (por casi medio).

Para 2013, el déficit previsto en el presupuesto era del 4,5%; se pactó con la Comisión un enorme margen adicional, hasta el 6,5%; que también se incumplió, al alcanzarse el 6,58% (dos puntos largos sobre el presupuesto, una décima sobre el objetivo revisado).

Para 2014, la Comisión ofreció más flexibilidad, hasta un tope de déficit del 5,8%; el Gobierno se puso jabato y se comprometió al 5,5%; acabó también incumpliendo, al llegar al 5,78% (5,9% con el rescate bancario).

Para este 2015, el Gobierno presume que acabará en el acordado 4,2%; Bruselas calcula que también incumplirá, prevé un 4,5% (y el FMI, un 4,4%). Y para 2016 la discrepancia es aún mayor. Y por si acaso, el Gobierno pretendidamente de la nación inculpa a las autonomías nacionales de los posibles desvíos, como si estas no hubiesen afrontado el 56% del ajuste fiscal 2010-2013, por solo un 12,4% la Administración central y la SS (Cataluña no es culpable, 2 de octubre de 2014).

Al cabo, lo decisivo ahora mismo no es la diferencia de unas décimas/10.000 millones. Lo importante será cómo se cubran, cómo las cubra el próximo Gobierno, si con nuevos recortes (como los hasta ahora centrifugados a las autonomías) o con mayores ingresos.

Lo peor es la pérdida de credibilidad

Pero lo más grave es que esta pelea ha destruido credibilidad. Es cierto que la Comisión, como alega el Gobierno, puede equivocarse en sus previsiones, y ha ocurrido. Pero dudas legítimas, las hay, de entrada para este año: la devolución de la paga extra de los funcionarios o la preocupante evolución de los ingresos de la Seguridad Social amenazan los juramentos gubernamentales de que se cumplirá el presupuesto. Aunque entre el error europeo posible sobre las proyecciones hacia el futuro y la falsedad española certificable sobre las cifras del pasado media un océano.

Ocurre que el Gobierno juega en este envite al electoralismo. Atribuye al comisario Moscovici sesgo partidista “por su filiación socialista” (Rafael Hernando) en su dictamen —aunque ha sido íntegramente aprobado por la entera Comisión—. Acaba el mandato como empezó, usando el presupuesto como arma para las urnas: en 2012, esperando a anunciar los recortes (autonómicos) hasta las elecciones andaluzas; ahora, prometiendo holguras y propinas antes del 20-D. Y deja en herencia un presupuesto que su sucesor —sea él mismo u otro— deberá “actualizar”, como prescribe la Comisión. Y prescribe bastante, aunque a veces le tiemblen las piernas.

Si el Gobierno quería demostrar que su verdad era mejor que la de Bruselas tenía más armas que el reiterado “España va a cumplir” o el altivo “no vamos a modificar los presupuestos” (Luis de Guindos). Podía haber exigido que la Comisión Europea presentase y defendiese su dictamen ante las Cortes, en aplicación del reglamento europeo 473/20913, de 21 de mayo (preámbulo, 21, y artículo 7).

Una sesión así aclararía al ciudadano mucho más que las invectivas institucionales sin posible respuesta, mera propaganda para corderos. Un debate Moscovici-Guindos, por ejemplo, haría más por incrementar el control democrático en toda la eurozona que mil tomas de alcachofa radiofónica. Pero para imaginar algo así, primero hay que leer los reglamentos y luego quitarse la costra del provincianismo rampante, tan propio de los Estados-nación cursis y en declive.

Así que estamos prestos a ser engañados, si lo hacen con soltura, elegancia, hábil manejo de datos y contraste democrático. Todo lo que le falta a otra leyenda-basura pero exitosa, según la cual España sería la líder del crecimiento económico europeo. Falso en 2014: el 1,4% español fue superado por el 1,5% búlgaro; el 2% checo; el 2,3% sueco; el 2,8% rumano y letón; el 2,9% británico; el 3% lituano y esloveno; el 3,4% polaco; el 3,5% maltés; el 3,7% húngaro y el 5,6% luxemburgués (Eurostat).

Y prospectivamente falso en 2015: Irlanda (4,8%), Luxemburgo (4,4%), Chequia (4,8%) y Eslovaquia (3,2%) superarían este año el 3,1% de mayor PIB que el FMI atribuye a España.

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